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Lección de batería con Álex, ‘el animal’

El baterista de Maná imparte un taller de percusión antes de un concierto en Bilbao

Álex González, durante la clase impartida a niños.
Álex González, durante la clase impartida a niños.

Lo llaman el animal, por su dominio entre mágico y salvaje de baquetas y tambores, pero tiene un tacto de flautista de Hamelín con los chavales. Álex González, miembro de Maná, para muchos el mejor baterista del mundo, prestó ayer su instrumento cuatro horas antes de salir a escena para que 11 niños y adolescentes de entre 9 y 16 años, alumnos del conservatorio Juan Crisóstomo Arriaga, se ejercitaran con sus consejos en Bilbao, en un acto organizado por EL PAÍS.

Entre los asientos rojos y vacíos del recinto donde ayer Maná concluyó su gira española, los mandobles solitarios de Álex González retumbaban sobre el techo del Bilbao Exhibition Center como redobles de entrega a la causa de despertar vocaciones. Quizás porque fue autodidacta, probablemente empujado en su pericia por aquellos que le dijeron durante años que ni él, ni su grupo, llegarían a nada, en el ánimo de este músico bravo e iconoclasta quedaron marcados los ecos de sus duros comienzos. “Yo nunca tomé clases. Comencé dándole a unas cajas de cartón y a unos tambores que me regaló una vecina antes de tirarlos a la basura”, les dijo.

Que quería ser baterista fue algo que se le metió en la cabeza tras observar a Ringo Starr. “Tenía cinco años y me dije: yo quiero ser como él”. Al poco tiempo empezó a practicar. Solo. Hoy, según Lander Bilbao, profesor del conservatorio bilbaíno, a González se le estudia en las escuelas de música como un referente forjado a golpes y a oído: “Donde no lleguéis con la técnica, echarle oreja”, les decía, el baterista de Maná y De la Tierra, su grupo latino de metal.

Primero se interesó por los músicos de referencia que les habían despertado hambre por el instrumento. Luego se presentó ante aquella banda de alucinados escolares que traían cada uno sus palos en la mano. Les contó su vida, les explicó en pocas palabras lo que era Maná, cómo viajó a caballo de diversos estilos entre la génesis del pop parida por The Beatles hasta Van Halen pasando por Kiss. “Yo los veía en VHS, ahora tienen ustedes una herramienta fantástica que es YouTube…”.

Trató de contagiarles pasión: “Yo escuchaba discos —¿quién ha visto alguna vez un disco?, inquiría— y trataba de imitar lo que oía, nos dijeron muchas veces que en la vida seríamos nada, pero ahí seguimos, dándole a cada ejercicio y venciéndolo por muy difícil que fuera, hasta tapar la boca de muchos”.

Luego dejó que uno por uno probaran su batería sobre el escenario. Antes se la desmenuzó: su bombo, sus tarolas, sus toms de aire y de suelo, sus 12 platillos, su gong, todos a una, dominados por él como un pulpo en sus solos de batería de 10 minutos por cada show.

“No sé por dónde empezar”, comentaba Jone, una de las asistentes al taller. La niña se sentía intimidada en medio del instrumento al que Álex González, aparte de lo ya mencionado, agrega cencerros para aderezar su punto rockero y pequeños tambores con los que aclimatarse en el reggae. “No os penséis que yo empecé con tantas cosas. Tres tambores y dos platillos me sirvieron para comenzar. Luego he ido adaptando la batería a mi estilo y a las necesidades del grupo. Pero lo principal es que no os sintáis incómodos”.

A cada una de las cinco chicas les enseñaba un truco. Los seis chavales, más tímidos, necesitaban algo de fuerza extra en los brazos comparados con sus compañeras féminas. “Me encanta que hayan venido chicas, yo tengo tres hijas y una de ellas toca la batería”. A su pupila le transmite en casa una total ausencia de complejos y su todo se puede adaptar a un estilo propio si es bueno. “Mente abierta, probar, intentar, disfrutarlo…”. Lo mismo la furia del metal que el delicado acompañamiento de cualquier ritmo caribeño. Cócteles que Álex González domina como un superdotado sentado en el epicentro del escenario.