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CRÍTICA | TED 2

Humanizando a la bestia

Para Seth McFarlane, la incorrección política es un juego de superficie, un acto reflejo cuando se vive en perpetuo estado de inmadurez

Fotograma de 'Ted 2'.
Fotograma de 'Ted 2'.

El 11-S, la redacción de Charlie Hebdo el día del atentado y la cabina del fatídico vuelo de Germanwings son algunos de los posibles escenarios para un chiste que el procaz osito de peluche Ted y su dueño proponen a un cómico debutante en una escena de esta secuela, acusadamente desigual, del primer largo de Seth MacFarlane. Es un momento fugaz, pero que aporta una buena clave para descifrar la película y para entender el manejo de la provocación por parte del cineasta: para él, la incorrección política es un juego de superficie, un acto reflejo cuando se vive en perpetuo estado de inmadurez. La comedia agresiva, en el mejor de los casos, también sirve para formular preguntas incómodas y para desestabilizar certidumbres colectivas, pero eso no entra en su agenda: el motor narrativo de la película es la lucha del osito Ted por sus derechos civiles, con la meta última de gestionar su paternidad. El tema podría inspirar más de una incursión en zonas delicadas, pero MacFarlane, aquí un poco Bartleby, prefiere no hacerlo… quizá porque le gusta más su posición en el mainstream que a un tonto un lápiz, quizá por una legítima inquietud de explorar otros registros que aquí, en el tramo final, desemboca, de modo sorprendente, en cierta emotividad de fórmula.

TED 2

Dirección: Seth MacFarlane.

Intérpretes: Mark Wahlberg, Seth MacFarlane, Amanda Seyfried, Giovanni Ribisi, Jessica Barth, Morgan Freeman, John Carroll Lynch, Sam J. Jones.

Género: Comedia. Estados Unidos, 2015.

Duración: 115 minutos.

El número musical introductorio y la discusión entre Ted y su esposa choni –concebida como una improvisación a lo Robert De Niro en “Toro salvaje” (1980)– se erigen en los momentos más enérgicos de una película que, entre otras cosas, desaprovecha una visita a una Comic-Con –temiendo, acaso, soliviantar a su público natural– y acaba encarnando algo que debería odiar: es, en suma, una peli simpática.

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