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CRÍTICA | BLIND

La ceguera interior

El filme invita al espectador a una experiencia sensorial fascinante, pues lo coloca en un lugar incómodo

Ellen Dorrit Petersen, en 'Blind'.
Ellen Dorrit Petersen, en 'Blind'.

En una de las mejores secuencias de la espléndida Oslo, 31 de agosto (Joachim Trier, 2011), los anónimos personajes terciarios que acompañaban al protagonista en una cafetería iniciaban en su cabeza y en su mirada una serie de diálogos que describían sus deseos y sus carencias, sus odios y sus anhelos, como una suerte de voz en off proyectada hacia sus conciudadanos que acababa conformando el colectivo emocional de una época asociada al fracaso y a las carencias. Aquella secuencia estaba escrita por Skil Vogt, guionista habitual de Trier, que en Blind debuta en la dirección con una obra que hace de este gran momento de cine su código dramático esencial al narrar, más que la existencia de una mujer que se acaba de quedar ciega, sus proyecciones mentales y sus pasiones reprimidas a través de una voz en off casi perpetua.

BLIND

Dirección: Skil Vogt.

Intérpretes: Ellen Dorrit Petersen, Henrik Rafaelsen, Vera Vitali, Marius Kolbenstvedt.

Género: drama. Noruega, 2014.

Duración: 96 minutos.

De narrativa poco convencional, saltando una y otra vez de la realidad al deseo, con sucesivas minielipsis en el continuo de la secuencia y una puesta en escena que se aparta de los habituales encuadres, dejando recorrer el objetivo de la cámara por los lugares alrededor del cuerpo de la invidente del modo más insólito, Blind invita al espectador a una experiencia sensorial fascinante, aunque nada fácil, pues lo coloca continuamente en un lugar tan incómodo que puede sentirse incluso a un paso del desvarío.

Una sensación en la que incide Vogt acudiendo a diversos juegos de sonido que articulan el tránsito vital entrecortado de la mujer, desplegando así fuera de la pantalla algo que no es explicable ni palpable: la ceguera. Y, como en Oslo, 31 de agosto, el relato no habla únicamente de la soledad de un ser humano, sino de una cierta tristeza límpida alojada en una sociedad en apariencia feliz e impoluta pero en realidad aislada.