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Ignatius Reilly y nosotros que nos reímos tanto

Un documental, un libro y una fiesta en Madrid reviven al personaje de ‘La conjura de los necios’ de Kennedy Toole

Ilustración de Paul Sahre, en la portada de 'La conjura de los necios'.
Ilustración de Paul Sahre, en la portada de 'La conjura de los necios'.

“¡Cómo voy a haber olvidado eso! Es imposible. Creo que todos los que amamos el libro recordamos vívidamente la primera vez que lo leímos”, Cory McLauchlin, autor de Una mariposa en la máquina de escribir: La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de ‘La conjura de los necios’ (Anagrama), biografía con vocación definitiva del autor y su obra, casi se indigna ayer cuando le preguntamos sobre ese acto iniciático que, para muchos, ha sido enfrentarse por primera vez a esta novela.

Epítome de obra de culto, desternillante ejercicio de ironía dramática y ejemplo paradigmático de relato maldito y polarizador —se ama o se odia—, el libro ha despachado casi dos millones de ejemplares en todo el mundo y ayer vivió una jornada de reivindicación y celebración en la Casa del Lector de Matadero (Madrid).

Fue el Ignatius Day, el día de Ignatius, el esperpéntico, entrañable e irritante protagonista del volumen. Una mezcla entre Holden Caufield y Falstaff. Un Quijote con cuerpo de Sancho Panza. Mi primera experiencia fue en un café. A mi lado se ubicaron los miembros de un grupo que había llegado para comentar pasajes de la Biblia. A la quinta página, ya estaba riendo como un loco. Entonces, me di cuenta de que estos señores me miraban fatal: estaban discutiendo sobre el apocalipsis y yo, ahí, partiéndome de risa. No fue hasta años más tarde, al empezar a investigar la figura de John Kennedy Toole, cuando me di cuenta de lo mucho que le hubiese gustado a él esta historia. Me dio pena no poder comentársela”. No se la podía comentar porque el novelista, nacido en Nueva Orleans en diciembre de 1937, se suicidó a los 31 años asfixiándose en su coche en la localidad de Biloxi. No soportaba más que su obra fuera descartada por el gran editor del momento, Robert Gottlieb. “Tu novela no trata de nada”, llegó escribirle.

Gracias al empecinamiento de su madre —siempre quiso que su vástago fuera el artista que ella no pudo ser—, la novela finalmente vería la luz.

Pasaría más de una década desde su fallecimiento hasta la publicación de su obra en 1980. Gracias al empecinamiento de su madre —siempre quiso que su vástago fuera el artista que ella no pudo ser—, la novela finalmente vería la luz. Fue el autor Walker Percy, quien, casi forzado por la señora a leer el manuscrito que esta había recuperado de un cajón en la habitación de su hijo, se convertiría en el valedor del volumen, proponiendo su edición a la Universidad de Nueva Orleans y redactando el prólogo.

Todo esto fue recordado el jueves. 250 personas acudieron al Auditorio de la Casa del Lector. En la puerta, además de la biografía formada por McLauchlin y la edición número 40 de la novela en español, se podía adquirir La consolación de la filosofía, de Boecio, lectura de cabecera de Ignatius. El acto arrancó con la proyección del documental John Kennedy Toole: The Omega Point, de Jon Sanford, acompañado por unas imágenes rodadas en exclusiva para el acto por el director David Dubos y en las que se mostraron imágenes de lugares de Nueva Orleans frecuentados por John Kennedy Toole y comentados por algunos de los que le conocieron. Después, McLauchlin ofreció una deliciosa conferencia titulada Inventando a Ignatius Reilly: destino y fortuna de John Kennedy Toole.

Juro que la primera vez que lo leí no daba crédito. No había terminado el primer capítulo y ya me dolía el pecho de tanto reír”

Jorge Herralde, editor de Anagrama

Sostiene el biógrafo que Kennedy Toole era un tipo que se parecía mucho menos al protagonista de su novela de lo que muchos han querido ver. En realidad, el personaje está moldeado a imagen y semejanza de Rob Byrne, un errático y excéntrico profesor que tuvo el escritor en la Universidad.

Hilarante obra maestra

El autor era, a la vez, capaz de salir a bailar casi cada noche con su novia y de dejar de escribir por la enorme pesadumbre que le provocó el asesinato de Kennedy. “Lo que más me molesta es que no se considera la novela como el clásico que realmente es. En EE UU, un clásico debe ser algo trágico, un Shakespeare. En cambio, por lo que estoy viendo en Madrid, en España sí sois capaces de ver esta pieza de este modo”. Una broma que no hace gracia, irrita, Una muerte que no se entiende, inquieta. El éxito de Juego de Tronos es el ejemplo de esto.

“Juro que la primera vez que lo leí no daba crédito. No había terminado el primer capítulo y ya me dolía el pecho de tanto reír”, recuerda Jorge Herralde. El editor de Anagrama fue quien el 25 de abril de 1980 ofreció mil dólares por los derechos de La conjura de los necios.

El libro terminaría siendo uno de los más vendidos de la historia de la editorial. “En 1982, meses después de su lanzamiento”, recuerda Herralde, “sucedió un fenómeno increíble en las playas de España. Había miles de personas en bañador leyendo este libro y partiéndose de risa”. En septiembre ya se había agotado la primera edición. Ayer, Herralde charló con los lectores sobre ese libro del que ha lanzado 40 ediciones y que, “junto a las obras de Bukowski es el único de nuestro catálogo que no sufre los vaivenes de las modas, no para nunca de venderse”.