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ANALES CERVANTINOS

Lectores y detractores del ‘Quijote’

Una reflexión irreverente a partir del reciente dato del CIS que dice que uno de cada cinco españoles ha leído la obra

Ilustración para una edición londinense de 1738, incluida en la exposición ‘Leer y leer. Lecturas de Cervantes y Lectores del ‘Quijote’ en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid. Ampliar foto
Ilustración para una edición londinense de 1738, incluida en la exposición ‘Leer y leer. Lecturas de Cervantes y Lectores del ‘Quijote’ en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid.

Según una recentísima encuesta del CIS y la versión que de ella da la prensa, “sólo el 21,6% de los españoles ha leído entero el Quijote”. ¿Sólo, uno de cada cinco? Si fuera verdad tanta belleza, nos las habríamos con un porcentaje más que respetable, sospecho que superior al que alcanzan los libros análogos en otras literaturas nacionales.

Yo, sin embargo, me atrevería a cocinar ese resultado con otros datos de la encuesta. Por ejemplo, que únicamente el 16,6% sabe que en la vida real don Quijote se llama Alonso Quijano. (O tal es la explicación corriente, por más que no se desprenda sino del último capítulo de la novela y en términos dudosos: también podría apellidarse Quijana.) Por otro lado, el 21,3 ha leído “algunos capítulos”. ¿Cuántos? El Quijote es el libro ideal para acometerlo fragmentariamente, a capricho, porque lo hace posible que sus protagonistas y los grandes rasgos de su trama son generalmente conocidos; muchos de sus buenos lectores y casi todos sus fieles relectores proceden de esa manera, que tan bien condice, por otro lado, con los hábitos que Internet viene imponiéndonos. De modo que “como haya muchas truchuelas –diría nuestro caballero–, podrán servir de una trucha” (I, 3).

Con una cocina así, estimando en un mínimo del 15% quienes conocen entera o fragmentariamente el Quijote, el resultado sigue pareciéndome, si no ideal, harto satisfactorio. ¿Qué más se puede pedir, si quienes no lo han abierto no lo hacen por una aversión especial, sino –responden al CIS– “porque no les gusta leer o no les interesa la lectura”?

No deja de tener su intríngulis el 14,8% que no lo ha leído por considerarlo aburrido. Si no lo ha hecho ¿cómo sabe que lo es?

El problema está ahí, no en el libro de Cervantes. No existen entre nosotros una cultura y unos usos de lectura que cobijen al Quijote adecuadamente. Faltan los apoyos institucionales y sociales que realcen la dignidad y el valor de las humanidades, con particular atención al papel irremplazable de los escritores clásicos. A un 10,4% no le gustan porque “prefiere libros más recientes”. ¿Se concibe que nadie medianamente educado desdeñara a Velázquez aduciendo una excusa similar?

No deja de tener su intríngulis el 14,8% que no lo ha leído por considerarlo “aburrido”. Si no lo ha hecho, ¿cómo sabe que lo es? La opinión sólo puede haberle llegado de alguien que tampoco lo ha leído, porque no estoy al tanto de que nadie se haya asomado a sus páginas sin juzgarlas enormemente divertidas. Pero asimismo me deja un tanto perplejo la porción que le toque dentro del 54,1% que dice haber apechugado con la novela “por motivos de estudio” en el colegio o en el instituto. Algunos la cuentan en primera persona, pero la especie de que el Quijote ha tenido que leerse obligatoriamente en los grados preuniversitarios no pasa de una leyenda urbana.

La Ley Moyano (1857) prescribía ya el empleo de “libros de texto para ejercicios de lectura en la primera enseñanza”; una Real Orden de 1920 disponía dedicar un cuarto de hora diario a una “edición abreviada” del Quijote que debía hacerse y nunca se hizo. Pero ni en esas ni en otras instrucciones o recomendaciones semejantes se trató jamás de exigir que los alumnos leyeran la obra íntegramente: de lo que se habla es siempre de utilizarla, modernizada y resumida o a trozos, para los “ejercicios de lectura”, es decir, para la práctica de esa habilidad que los alumnos iban haciendo en voz alta turnándose cada pocas líneas.

Hasta ser preguntado al respecto, el 54,3 no tenía noticia de que estuviéramos celebrando el cuarto centenario de la publicación de la Segunda Parte. Con larga anticipación, el 26 de junio de 2001, José Luis Rodriguez Zapatero propuso en el Congreso de los Diputados, entre la rechifla de la bancada popular, “hacer del 400 aniversario [de la aparición del Quijote, en el 2005] el gran arranque cultural del nuevo siglo”. De ese impulso vino, junto a otras muchas iniciativas, que Castilla-La Mancha encargara un Quijote esencial que, reproducido luego por la Real Academia Española, vendió a un precio casi simbólico cerca de tres millones de ejemplares en el mundo hispánico. En abril del año que corre el Gobierno creó una suntuosa Comisión Nacional para la conmemoración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. No consta que hasta la fecha se haya constituido ni celebrado una sola reunión. Ni cuáles de sus miembros entrarían en cada uno de los casilleros de la encuesta del CIS.