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CRÍTICA | MATTHIAS GOERNE

El único argumento

El recital del cantante en La Zarzuela demuestra que conserva la belleza de su timbre

Una imagen del barítono Matthias Goerne, en 2008.
Una imagen del barítono Matthias Goerne, en 2008.

Si se otorgaran premios a los programas de concierto mejor concebidos de esta temporada madrileña que ahora agoniza, uno de ellos tendría que ser, sin duda, para el de este recital de Matthias Goerne que ha cerrado una nueva edición del Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. Para muestra, un botón: la primera canción, de un joven Alban Berg, se abre con el verso ¡Dormir, dormir, nada más que dormir!, mientras que la última, de un Dmitri Shostakóvich ya herido de muerte, concluye con la pregunta “¿Por qué despertarme?”. Entre medias, y sabiamente desordenados, Liederde Schubert, modelo de Brahms y éste, a su vez, espejo del primer Berg. Como corolario, canciones de Hugo Wolf y Shostakóvich con un nexo común: tomar como inspiración poemas y sonetos de Miguel Ángel, el artista renacentista. Y todo el conjunto sobrevolado de principio a fin por una sombra que anuda y da sentido a todo el programa: la cercanía, el presentimiento o la certidumbre de la muerte.

Otro gran acierto de Goerne fue plantear el recital como un solo bloque unitario de algo más de una hora, sin aplausos, un reto tremendamente exigente para él, porque la música no da respiro y demanda a los intérpretes máxima concentración, pero que redobla así su potencia expresiva para los oyentes.

Aunque más moderado que otras veces en ademanes y aspavientos, el cantante alemán no sabe lo que es el hieratismo: a veces dibuja las melodías en el aire, otras las danza levemente o parece divisarlas a lo lejos, y en no pocas ocasiones las anticipa, como en el segundo de los Cuatro cantos serios de Brahms, cuyo verso inicial (Me giré y vi a todos los que padecen injusticias bajo el sol) vino precedido de un súbito movimiento de su cuello antes de observar fijamente al público y empezar a cantar. En lo vocal, su voz ha perdido parte de la contundencia de antaño y su menor fiato le obliga a partir frases en puntos en que sería preferible no hacerlo, pero a cambio conserva la belleza de su timbre y la facilidad de su falsete, que le hizo asemejarse casi a un contratenor al referirse a los “poderes celestiales” al final de la primera estrofa de la segunda de las tres Canciones del Arpista. Compositor (Schubert) y poeta (Goethe) regresarían luego en An den Mond, ofrecida fuera de programa.

El punto más alto se alcanzó quizás en Oh, muerte, qué amarga eres, de Brahms, en la que la modulación al modo mayor, cuando el amargor de la muerte desaparece y hace exclamar “¡qué bien haces al necesitado que es débil y viejo!”, sonó casi como una transfiguración. Apoyado en el piano impecable y detallista de Alexander Schmalcz, Goerne consiguió incluso que nos olvidáramos del terrible calor y que, también él, nos pareciera fútil y accidental en comparación con aquello que nos enseñó el verso memorable de Jaime Gil de Biedma: Envejecer, morir, es el único argumento de la obra.