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ANÁLISIS

La sombra de Rodwell

Prácticamente todas las web dedicadas a Tintín por admiradores y estudiosos han cerrado

Hergé en su estudio, trabajando en una página de Tintín en 1979.
Hergé en su estudio, trabajando en una página de Tintín en 1979.

Durante años, la gestión de los derechos de Tintín y otras obras de Hergé era controlada por Les Studios Hergé, una sociedad formada por el mismo dibujante que servía tanto para la administración de la obra como para el apoyo a la creación, actuando como estudio artístico con un nutrido grupo de colaboradores.

Tras la muerte del autor en 1983, la sociedad se dividió en dos: por un lado, la Fundación Hergé, una institución mantenida por su viuda, Fanny Remi, y algunos de sus antiguos colaboradores para la conservación y estudio de la obra de Hergé; por otra, Baran International Licensing (más tarde reconvertida en Tintin Licensing TL), una empresa dirigida por el secretario personal del dibujante, Alain Baran, para la gestión y explotación de los derechos.

Ambas sociedades coexistieron y trabajaron sin problemas hasta la aparición en escena de Nick Rodwell, un polémico hombre de negocios, dueño de la primera tienda dedicada a Tintín en Inglaterra, que se convirtió en segundo esposo de Fanny Remi en 1993. La viuda de Hergé tomó el nombre de Fanny Rodwell y cedió la dirección de las sociedades a su nuevo marido, que transformó TL en Moulinsart SA y comenzó una carrera tan exitosa en lo económico como discutida en sus métodos.

Con la máxima de que la obra de Hergé es “el Rolls-Royce del cómic”, el británico se ha hecho famoso por su férreo control de la obra del dibujante. Su gestión al frente tanto de la Fundación (reconvertida de nuevo en Studios Hergé) como de Moulinsart SA ha dado lugar a conquistas tan evidentes como la inauguración del Museo Hergé de Lovaina o la venta de los derechos de la adaptación al cine del personaje a Steven Spielberg. Pero también a momentos dudosos: desde las acusaciones de censura de documentales sobre la herencia de Hergé a la persecución extenuante de cualquier intento de reproducir un dibujo de Tintín sin permiso (y sin pasar por caja).

El acoso de Rodwell ha sido tal que prácticamente todas las páginas web dedicadas al personaje por admiradores y estudiosos han cerrado y las asociaciones de devotos de Tintín miden sus actividades con meticulosidad para evitar las iras de Moulinsart, siempre presta a acudir a los tribunales, como bien sufrió en carnes el autor español Antonio Altarriba por su “herética” revisión de Tintín en El loto rosa (Ed. De Ponent). La sentencia de un tribunal holandés es de consecuencias impredecibles, pero podría generar una de las batallas legales del siglo.

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