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El hombre que fue jueves

Ensayos

la mayoría de los directores/as actuales coloca la sensatez y el sentido del humor por encima de todo

Ensayo de la obra  'El discurso de El Rey', dirigida por Magüi Mira en el Teatro Español, con Ángel Savin, Ana Villa y Adrián Lastra ( desde la izquierda) , y detrás, Lola Marceli y Roberto Álvarez.
Ensayo de la obra 'El discurso de El Rey', dirigida por Magüi Mira en el Teatro Español, con Ángel Savin, Ana Villa y Adrián Lastra ( desde la izquierda) , y detrás, Lola Marceli y Roberto Álvarez.

En los lejanos setenta, unos cuantos iluminados proclamaron que los ensayos tenían que ser un cruce entre psicodrama y campo de batalla. Y que la verdad escénica solo se alcanzaba a través del conflicto, las lágrimas y el retortijón emocional. Eran años en los que se veía al director como un demiurgo: cuanto más divo y más despótico, más prestigioso. El primer día, para dejar bien claro quién mandaba, elegían al eslabón más débil y le sometían a un régimen de broncas feroces y arbitrarias. La primera semana (o más) se les iba en interminables análisis teóricos que pocos comprendían, y en indicaciones abstrusas que nadie en su juicio podía cumplir, como “relaciónate con la ventana” o “sé más atractivo”. Empujaban a los actores a improvisar para luego increparles, siempre a gritos, por su ineptitud. Y cortaban de raíz cualquier posibilidad de equipo.

La noche del estreno era fácil localizarles. Mientras la compañía, en un extremo del bar, celebraba haber llegado viva hasta el final, ellos estaban solos, emborrachándose en una mesa del fondo. ¿Exagero? Puede que sí, pero no demasiado: hay muchos supervivientes que lo ratificarán.

Por suerte, las abundantes excepciones marcaron el camino a seguir.

Lo que impera ahora, felizmente, es el director como entrenador de una band of brothers (and sisters) que busca crear en los ensayos una atmósfera propicia para el trabajo, que encauza y hace brillar el talento de sus cómplices, y que logra que todo el mundo quiera volver a la mañana siguiente. Por lo que llevo visto, la mayoría de los directores/as actuales coloca la sensatez y el sentido del humor por encima de todo.

Saben que han de contar una historia lo mejor posible, y sus objetivos son la comunicación, la claridad y la hondura. Saben pedir lo que quieren, y cuando no lo consiguen esperan a que se produzca, o conducen sutilmente a los actores sin que lo perciban como una imposición. He escuchado muchas risas, jubilosas, colectivas, en los ensayos de hoy en día.

Mi modelo de director es aquel cuyo trabajo no se nota y que da indicaciones concretas y prácticas. A uno de ellos le pregunté qué consejos daría a un director bisoño y me dijo: “Nunca remontes escenas durante un ensayo técnico. Y si no sabes beber, no bebas con tus actores”.

A propósito de ensayos. Una actriz veterana me comentó: “El gran problema es que siempre son pocos y siempre mal pagados. Son la piedra angular del teatro y se abonan a precio de arenisca. ¡Y suerte que ahora se pagan! En los setenta me harté de hacerlos, a las tantas de la noche, después de una doble función, y sin cobrar un duro. O sea que algo hemos mejorado”.