CRÍTICA | Famélica
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Callad la revolución

Comedia de ideas en formato de vodevil laboral, ‘Famélica’ se cuenta entre las producciones mejores de una obra de Mayorga

Juanma Díez y Xoel Fernández en una imagen de 'Famélica' de Juan Mayorga.
Juanma Díez y Xoel Fernández en una imagen de 'Famélica' de Juan Mayorga.

De la edad de oro de las utopías y de su épica se han ocupado recientemente Tom Stoppard, con su trilogía magna sobre Bakunin, Herzen, Marx y compañía, y el Théâtre du Soleil (una utopía colectiva en sí mismo), con Los náufragos del Fol Éspoire, película escénica inspirada en los intentos de crear sociedades igualitarias en América. Faltan obras que hablen sobre el hoy del anhelo de un destino colectivo mejor. Famélica, de Juan Mayorga, comedia de ideas en formato de vodevil laboral, parte de una elucubración con chispa: que en esta época de mundialización del capitalismo, a falta de conciencia de clase y de movimientos internacionalistas de trabajadores, el seno de la empresa pudiera ser el lugar donde nazcan y se desarrollen movimientos asociativos que, cuales células comunistas clandestinas en tiempos de la dictadura, fueran la avanzadilla de una revolución transversal, liberadora del trabajo alienante y de la retórica (crecimiento, objetivos, liderazgo…) de psicólogos industriales y jefes de personal.

“Tenemos que hacer lo que los chinos, pero al revés. Ellos edifican el capitalismo dentro del comunismo; nosotros, el comunismo en el capitalismo”, le explica el camarada Antonio (por Gramsci), seudónimo de un miembro del consejo de administración, a Enrico (por Berlinguer), administrativo recién captado por la organización, quién (como en la escena de Cabaret en la que un joven nazi comienza a cantar el Tomorrow belongs to me), escéptico al principio, empieza a dar su brazo a torcer cuando sus captadores entonan el “…En pie, famélica legión…”.

Mayorga (que roza la parodia, sin bailar con ella) levanta su comedia sobre dos veneros: la masa creciente de personas que, por supervivencia, desempeñan trabajos cuya finalidad última contradice sus ideas, y la proliferación de círculos cerrados, sociedades secretas y asociaciones sectarias.

Más que una obra de autor, que lo es, Famélica, se revela como un singular trabajo cooperativo, como el propio Mayorga reconoce en el programa de mano. Rara vez se ven unas interpretaciones de calidad tan homogénea y tan concertadas como las de Rulo Pardo (el chófer que sigue sintiéndose tal aunque el consejero le llame camarada), Juanma Díez (el novato confuso), Xoel Fernández (el líder mesiánico) y Nieve de Medina (la mujer elástica) y una dirección tan invisible, afinada y cooperativa con la dramaturgia como la de Jorge Sánchez (no le pierdan de vista). Con pocos elementos, la escenografía de Carmen Lara Cuenca, colabora decisivamente a crear un clima vaclavhaveliano: esa empresa que tan hiperproductiva parece, pero que tiene a millares de clientes desatendidos (ejemplo de cómo la propaganda se impone a la realidad) parece inspirada en esas empresas de telefonía, que promete los traslados de número en 15 días y tiene a sus clientes esperando más de un mes sin respuesta y sin informar de que los trabajadores de sus subcontratas están en huelga indefinida.

Al cabo, esta producción tirando a modesta se encuentra entre las mejor acabadas de una obra de Mayorga, y Famélica entre lo más logrado que ha escrito desde El gordo y el flaco, espectáculo que pasó inadvertido en la pequeña Sala Triángulo (hoy Teatro del Barrio).

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