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Voz del insomnio

Desde la primera frase, el primer párrafo, se comprende que 'Sleepless Nights' es otra cosa, aunque al principio no se sabe lo que es. Es una novela, una memoria, una confesión

Fotografía de la escritora Elizabeth Hardwick, en 1978.
Fotografía de la escritora Elizabeth Hardwick, en 1978.

Uno sueña libros que le gustaría escribir como si atisbara músicas que le llegan de lejos y a rachas, rumores de voces que se vuelven claras aunque uno no las puede identificar y luego se pierden, como se pierden o se quiebran los hilos de los pensamientos y las obsesiones del insomnio. Y también sucede que esos libros que a uno le gustaría escribir los encuentra ya escritos por otros, sueños realizados que uno no supo que albergaba hasta que los tuvo delante, casi siempre por azar, entre las manos, reconociéndolos de inmediato con la sabiduría del tacto, como los reconoció la mirada al encontrarlos en la mesa o en los anaqueles de una librería.

Son libros particulares. No se parecen a otros. No hay un género preciso en el que se les pueda etiquetar. No son extremadamente célebres. Se han escrito en un trance de metamorfosis permanente: ensayo, confesión, diario, relato de viajes, collage de citas, apuntes. En su formato ya suele haber algo que invita a la confidencialidad y a la lectura errante: libros que caben en cualquier bolsillo, que pueden abrirse por cualquier página y permiten breves secuencias de lectura completa, como la de un poema o la de un epigrama. Algunas veces ni siquiera obedecen a un proyecto de su autor: libros póstumos nacidos de borradores que nunca se publicaron en vida, ordenados de manera conjetural y variable por distintos editores; materiales acumulados durante años para libros que no llegaron a existir, porque el autor murió o se desanimó.

Con egoísmo de lectores nos alegramos de que Pascal no pudiera llevar a cabo el gran tratado de teología del que habrían formado parte sus Pensamientos: sueltos, desordenados, relámpagos de agudeza o terror, nos interpelan con una urgencia muy superior a la de cualquier volumen de argumentación teológica o filosófica, que a estas alturas nos sería tan ajeno como un monumento funerario. Porque Pessoa no dio fin al Libro del desasosiego nos parece que está más vivo todavía y que sigue escribiéndose, barajándose y desbarajándose, una forma fluida que nunca se calcificará en la rigidez de lo definitivo. Dice Virginia Woolf en uno de sus diarios: “¿Te imaginas que se pudiera mantener la incertidumbre de un borrador en la obra terminada?”.

Hay en el libro de Hardwick un fulgor de escenas aisladas en el tiempo: un aborto, un encuentro avergonzado de antemano con un hombre…

Un libro así sueña uno. Como The Unquiet Grave, de Cyril Connolly, y Watermark, de Joseph Brodsky, como Dirección única, de Walter Benjamin, o El ‘spleen’ de París, de Baudelaire, o El monstruo ama su laberinto, de Charles Simic, o los libros misceláneos tardíos de Czeslaw Milosz o Marguerite Duras: prosas muy contenidas y a la vez extraordinariamente volubles, prosas escritas por poetas o en ese estado de máxima concentración y temblor de entusiasmo del que nace la poesía; y sin la necesidad y el peso de una trama sostenida, de una argumentación contumaz, esa pasión de la mente europea por organizar secuencias compactas y cerradas, con principio y medio y final, planteamiento, nudo y desenlace, como nos explicaban en las clases de literatura del instituto: novelas, sinfonías, dramas, óperas, películas, el inicio, la ascensión, el cierre, el arco narrativo, la servidumbre de lo completo.

Me acuerdo de cuando encontré Watermark, Marca de agua en la traducción española. Conocía a Brodsky solo de nombre. Alguien con quien estaba citado en una esquina de Bleecker Street tardaba en llegar, y como hacía mucho frío me refugié en una librería de segunda mano, hace tiempo desa­parecida. Se llegaba a ella bajando unas escaleras. Había tantos libros y tan poco espacio que costaba moverse entre las estanterías. Ahora es una tienda de Gap. Abrí el libro por pura curiosidad, sin saber de qué trataba, y no he dejado de admirarlo y envidiarlo desde entonces, veinte años volviendo a él y agradeciendo que exista, de esa manera discreta en la que perduran las mejores obras no evidentes, dibujos o acuarelas más que grandes lienzos al óleo, cuadernos de apuntes que examinamos inclinándonos sobre la vitrina de un museo.

Parece que los libros llegan cuando quieren a la vida de uno. A la mía acaba de llegar Sleepless Nights, de Elizabeth Hardwick, aunque podía haber aparecido mucho antes en ella, porque un amigo muy certero en sus recomendaciones me lo regaló hace unos años y yo lo guardé y lo olvidé, apurado por otras lecturas. He visto que la editorial Duomo lo publicó en 2009, traducido por Marta Alcaraz, Noches insomnes. Elizabeth Hardwick estuvo casada con el poeta Robert Lowell y perteneció a la generación irrepetible de escritores y críticos que fundó en 1963 The New York Review of Books. Desde la primera frase, el primer párrafo, se comprende que Sleepless Nights es otra cosa, aunque al principio no se sabe lo que es. Es una novela, una memoria, una confesión, un diario, una secuencia de rememoraciones inconexas y de aforismos, una galería de retratos, casi todos de desconocidos, aunque en el centro de ella está el retrato admirable y escalofriante de Billie Holiday, vista muy de cerca, en los clubes de la calle 52 y en los hoteles de luz lívida y moquetas sucias de aquella zona en aquellos años.

Hardwick empezó a escribir Sleepless Nights hacia finales de los setenta, poco después de la muerte de Robert Lowell, a quien había amado y cuidado y perdonado y protegido

Hardwick empezó a escribir Sleepless Nights hacia finales de los setenta, poco después de la muerte de Robert Lowell, a quien había amado y cuidado y perdonado y protegido y abandonado y vuelto a acoger en el curso de sus trastornos mentales, sus borracheras y sus aventuras amorosas. Empieza uno a leer y le parece que está viendo surgir en el papel, quizás en la máquina de escribir, el proceso mismo de la invención, el juego caprichoso de los recuerdos, la inmediatez del diario, el vaivén entre el pasado y el ahora, entre las regiones diversas del pasado, la adolescencia de una señorita de provincias con ilusiones sentimentales y literarias en el Sur, los cócteles literarios y alcohólicos en el Nueva York de los sesenta, los viajes por el mundo, la afición a la música, Billie Holiday grande y carnal, soñolienta en sus adicciones, con el pelo teñido de un rojo muy fuerte, los rizos caídos sobre la frente, dice Hardwich, como chorros de sangre.

Por los mismos días he leído también El amante, de Marguerite Duras, y he encontrando resonancias entre un libro y otro que me ayudan a admirar y envidiar más cada uno de los dos. Como Duras, Hardwick es al mismo tiempo desvergonzada y pudorosa, y se concede a sí misma la libertad de seguir un hilo continuo de tiempo, y de borrarse de la narración o retirarse a un segundo plano para dejar que las cosas parezcan suceder ante los ojos del lector sin mediación de una conciencia. Hay un fulgor de escenas aisladas en el tiempo, con una vinculación difusa al antes y al después: un aborto, un encuentro temeroso y avergonzado de antemano con un hombre en una habitación desconocida, un despertar de resaca y ropa tirada por el suelo, unos músicos de jazz fatigados de insomnio en el vestíbulo de un hotel, a las cuatro de la madrugada.

El libro avanza y uno sigue sin saber lo que es, a qué se parece. Se llega al final y se empieza de nuevo, y cuanto más atentamente se lee más perceptible se vuelve, como en la poesía, el espacio en blanco entre las palabras y las resonancias del sentido.

Noches insomnes. Elizabeth Hardwick. Traducción de Marta Alcaraz. Duomo. Barcelona, 2009. 115 páginas. 14 euros.