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Ser médico en Belchite en 1937

Sento Llobell presenta el segundo cómic de la trilogía sobre las memorias de guerra de su suegro

Imagen de 'Atrapado en Belchite', el cómic de 140 páginas de Sento Llobell.
Imagen de 'Atrapado en Belchite', el cómic de 140 páginas de Sento Llobell.

Pablo Uriel pudo contar lo de Belchite. En el verano de 1937 sobrevivió a las bombas republicanas que caían sobre la iglesia donde atendía heridos, a enlazar días con noches sin dormir, a la torridez de agosto sin agua, a las moscas que sobrevuelan infecciones, a la desesperación. Cuando los republicanos conquistaron el último ladrillo de Belchite, sólo quedaban heridos incapacitados para caminar y los jóvenes doctores Uriel y Estefanía.

Uriel, que había estado a punto de morir fusilado por los franquistas por sus simpatías republicanas en 1936, se salvó de milagro de ser fusilado por los rojos por hacer la guerra con los sublevados en 1937. Salió del asedio a Belchite, pero una parte de él siguió atada allí. Años después, cada vez que el radiólogo Pablo Uriel pasaba a una distancia razonable, acababa desviándose hacia Belchite para recorrer las ruinas que él había visto en pie. El sábado lo hicieron también tres de sus hijas, Cecilia, Elena y Berta, durante la presentación de Atrapado en Belchite, el cómic de 140 páginas donde Sento Llobell (Valencia, 1953) recrea aquellos días interminables del médico —que acabaría siendo su suegro— en los que amputaba brazos con cuchillo y sierra, mientras los soldados combatían casa por casa. “Belchite fue como una bisagra en su vida. Lo que vivió aquí, le dejó una huella muy honda”, contaba el sábado en el pueblo el dibujante, que ha decidido autoeditar esta segunda entrega.

El dibujante Sento Llobell, con tres hijas del médico Pablo Uriel, el sábado en las ruinas de Belchite.
El dibujante Sento Llobell, con tres hijas del médico Pablo Uriel, el sábado en las ruinas de Belchite.

De lo vivido en Belchite, antes y después —la guerra no acabó allí para el médico—, Pablo Uriel dejó constancia en unas memorias, tejidas con absoluta discreción en jornadas en las que se evadía de casa para centrarse en los recuerdos. La prudencia era obligada. Cada verano, recordó su hija Berta, la policía registraba el piso de la familia, frente a la bahía de A Coruña, donde fondeaba el Azor, para recomendar la exhibición de fervor hacia el Caudillo por la vía de la bandera y detectar desafecciones peligrosas por la vía de la inspección de la biblioteca. Lo quisiera o no Uriel, Franco siempre le trastornaba los planes.

Aquel manuscrito semiclandestino acabó en 1988 en una edición familiar de mil ejemplares, prologada por un impactado Ian Gibson. Uriel falleció en 1990, sin ver la edición profesional de sus memorias de título berlanguiano: No se fusila en domingo (Pre-Textos, 2005). Ni tampoco la traslación al cómic de la mano de su yerno. “Cuando leí las memorias me quedé impresionado. Siempre pensé que tenía que hacerlo”, comentaba el sábado, en una plaza del nuevo Belchite, antes de recorrer junto a un centenar de amigos y familiares lo que queda en pie (poco) del viejo, incluida la iglesia de San Martín, donde su suegro montó aquel hospital de desahuciados.

Pablo Uriel es otro de esos seres de vida épica —el escritor Jesús Ferrero dice que la Guerra Civil es “nuestro Far West” y “nuestra guerra de Troya”—, que sin pretenderlo se encontró a menudo con la historia. Lo singular es que también supo contarlo. “Nosotros tratamos de prolongar la vida a sus palabras, que no tienen ninguna voluntad de revancha”, destaca Llobell. “Quiso contar lo que pasó. Y lo que vivió él aquí le sigue pasando a mucha gente”, señala Elena Uriel, una de sus hijas.

Para la conversión gráfica, Sento ha previsto una trilogía, que se inició con Un médico novato (Salamandra Graphic), donde cuenta cómo el estallido de la guerra sorprende al médico en su primer destino en La Rioja tras licenciarse en la Universidad de Zaragoza y su paso por una prisión militar franquista debido a su señalamiento como rojo. Ahí se libra de su primer fusilamiento, pero se siente tan amenazado en la capital, en manos rebeldes, que se ofrece voluntario para ir al frente. Llega a la guerra en autobús.

 

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