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Un juez para una obra de teatro

Sólo en la capital del mundo de la política se podría estrenar una obra dedicada exclusivamente a retratar a un juez del Tribunal Supremo

El actor Edward Gero interpreta al juez Scalia.
El actor Edward Gero interpreta al juez Scalia.

Sólo en la capital del mundo de la política se podría estrenar una obra dedicada exclusivamente a retratar a un juez del Tribunal Supremo. En Washington sus habitantes trabajan cada día pegado al entramado del gobierno estadounidense, ya sea desde la política, la burocracia o las relaciones internacionales. Esta primavera, la oferta de ocio incluye una extensión de ese mundo. The Originalist, una obra con tintes de William Shakespeare sobre el juez conservador Antonin Scalia, hace honores al magistrado que más división causa entre los ciudadanos y el único que ha logrado que sus detractores y seguidores reaccionen a sus sentencias con la misma pasión.

El escenario de las audiencias del Supremo, en una gran sala envuelta en una columnata, y la solemnidad de la aparición de los jueces en el podio enmarcado con un telón de terciopelo rojo, es equiparable al comienzo de una obra de teatro. En The Originalist, el actor Edward Gero es Scalia. Su parecido físico -ambos descienden de padres italianos- contribuye a que el espectador sienta desde la tribuna la misma ira, o devoción, que causa el juez durante las audiencias.

Scalia es uno de los magistrados más conservadores de la Corte. Fue nombrado en 1986 por Ronald Reagan y logró el respaldo del Senado en una votación histórica, con 98 votos a favor y ninguno en contra. Su título de “originalista” se lo ha ganado defendiendo que la Constitución de EE UU es un documento imperturbable y que no necesita ser reinterpretado -“solía ser un trabajo solitario, ahora me los encuentro por todas partes”. La Constitución es igual que la obra de Mozart que da comienzo a la obra y que tanto adora el juez: “Sus acordes son los mismos hoy, hace 100 años y lo serán dentro de otros 100”.

“Me gusta rodearme de progresista de vez en cuando porque me recuerda cuánta razón tengo”.
“Me gusta rodearme de progresista de vez en cuando porque me recuerda cuánta razón tengo”.

El trabajo del director John Strand, con amplio repertorio de obras de tinte político, sitúa a Scalia enfrentado con una joven asesora elegida por su opinión totalmente opuesta desde el concepto de la Constitución hasta sus contenidos: “Me gusta rodearme de progresista de vez en cuando porque me recuerda cuánta razón tengo” -una de sus mejores amigas en la vida real es Ruth Ginsburg, la juez más liberal de la corte. Junto a su asesora, Scalia elabora en la ficción la decisión del caso que declaró inconstitucional la ley que define el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer y que dio un respaldo histórico al derecho a la igualdad de los homosexuales en EE UU.

Y ese choque justifica un repaso a los asuntos sociales en los que Scalia se ha ganado más enemigos. Este juez, casado desde hace 54 años, con nueve hijos y 33 nietos, rechaza la discriminación positiva para el acceso de estudiantes de minorías raciales a la universidad como “un elemento de culpa intergeneracional” tras décadas de segregación, la despenalización del aborto que inauguró la sentencia Roe v. Wade al reconocer el derecho a la privacidad de la mujer es un “sinsentido” y la objetividad de cualquier juez está “sobrevalorada”.

Lo que sobrevalora la obra de Strand es quizás la capacidad negociadora de Scalia. El protagonista lleva a su asesora a un campo de tiro, donde uno dispara sus ideas sobre la libertad de portar armas y la otra acusa al juez de escudarse en del inmovilismo de la Constitución “para no tener que juzgar con el corazón” y no arriesgarse nunca a caer en el error. Pero la equivocación es una utopía para Scalia.

El guión de la obra es una ficción de sus discursos con algunos fragmentos las sentencias que le han dado fama. Gero da vida a un juez con aspiraciones políticas y capaz de definir su sesión de confirmación en el Senado como “la ópera más grandiosa que se haya escrito nunca”. El conservador vio frustrada su ascensión, sin embargo, cuando la guerra de Irak cortó su camino a la presidencia del Tribunal. Bush consideró desde la Casa Blanca que estaba perdiendo apoyos y no podía permitirse un giro más a la derecha. The Originalist pone el dedo en el orgullo herido de un juez que en la vida real se muestra satisfecho con su papel. Desde el teatro político del Supremo, sigue sirviendo a los intereses de su país, como prometería cualquier candidato a la presidencia.