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‘IN MEMORIAM’

Manuel Garrido, introductor en España de la filosofía analítica

Especialista en lógica, en su última etapa sus intereses se centraron en el estudio de la inteligencia artificial

El profesor Manuel Garrido, en 2001.
El profesor Manuel Garrido, en 2001.

Mi perspectiva y mis recuerdos del filósofo Manuel Garrido Jiménez (Granada, 1925) no son los de un compañero de profesión, sino solamente los de un antiguo estudiante de filosofía de la Complutense profundamente marcado por su magisterio. Tuve trato con Garrido durante los cinco años de carrera y aprendí inmensamente de él y con él. Se daba además una cierta conexión personal, pues Garrido había contratado a mi padre en el departamento de Valencia a mediados de los sesenta.

Garrido fue el principal introductor en España de la lógica matemática y la filosofía analítica. Son innumerables los jóvenes que se han iniciado en el estudio de la lógica gracias a alguna de las múltiples ediciones de su manual Lógica simbólica (Tecnos). Practicó siempre una filosofía académica de gran rigor intelectual, alejada de la voluntad de estilo, la frase brillante y el originalismo a ultranza.

Constituyó en la Universidad de Valencia el primer Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de España y fundó en 1971 (con Fernando Montero) la revista Teorema, un ejemplo de publicación científica en la que participaron numerosos filósofos españoles y extranjeros. Su labor como editor y traductor fue inmensa. Y también como organizador de congresos a los que invitaba a grandes figuras de la filosofía mundial. Gracias a aquellas jornadas, tuve la suerte de ver en acción a pensadores como Popper, Chomsky, Searle y Habermas. Fue además colaborador frecuente de este periódico.

Sus conocimientos eran enciclopédicos, aunque nunca hacía ostentación de los mismos. Era un verdadero sabio. Tenía una biblioteca personal enorme, poblada por muchos miles de volúmenes. Por desgracia, escribió poco y en general fue reacio a publicar sus ideas más personales. Prefería la divulgación y el compendio, como atestiguan las dos grandes obras colectivas que dirigió en 2005 (El legado filosófico y científico del siglo XX) y en 2009 (El legado filosófico español e hispanoamericano del siglo XX). Sus intereses cubrían la filosofía toda, la ciencia, la tecnología y en su última etapa el pensamiento de Jorge Santayana de forma destacada.

Garrido era un hombre de una personalidad compleja y difícil. Tenía un aire misterioso, por la distancia que imponía en el trato. Y daba la impresión de ser una persona atormentada. En clase siempre parecía incómodo y con ganas de huir. Reducía todo lo que podía la lección, que solía limitarse a la presentación de algún problema específico y a dar algunas pistas someras sobre cómo abordarlo. No obstante, a aquellos que quisieran prestarle atención les forzaba a pensar en profundidad y sin mediaciones sobre la cuestión planteada.

Su actuación universitaria siempre estuvo rodeada de controversia, entre otras razones porque muchos nunca le perdonaron que en 1962 ganara la cátedra frente a Manuel Sacristán, a pesar de que posteriormente, durante toda la fase final del franquismo, Garrido tuviera una trayectoria académica sobresaliente.

A partir de los ochenta, su interés máximo se centró en la inteligencia artificial. A un grupo reducido de estudiantes nos enseñaba los principios básicos de la computación: nos introducía en la idea de “máquina universal de Turing” y de ahí pasábamos a los sistemas expertos artificiales, compuestos por dos elementos, un motor inferencial y una base de conocimientos. Recuerdo su análisis del ser humano como un sistema experto. Se lamentaba en clase de que cuando el motor inferencial dejaba de funcionar, la base de conocimientos se disipara al instante después de años y años de paciente acumulación. Para él eso no tenía sentido y por eso especulaba con la posibilidad de que algún día los humanos pudiéramos volcar todo lo aprendido en una máquina antes de que la muerte se llevara aquel enorme bagaje. Así, la desaparición de un sabio de la talla de Garrido, que murió el pasado 8 de enero a los 89 años, no es sino una dolorosa confirmación del absurdo último de la vida.

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.