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Lesley Gore, una voz aterciopelada que se enfrentó al dilema femenino

La cantante estadounidense fallece debido a un cáncer

Célebre en los sesenta, publicó su último disco en 2005

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Lesley Gore toca el piano en una imagen de enero de 1966. AP

Algunos músicos explican mejor el ADN de un país que todos los tratados escritos y por escribir. Algunas canciones influyen más en la psicología de una sociedad que cualquier proclama política. Con su timbre aterciopelado y su estética impoluta de eterna adolescente, Lesley Gore, fallecida este lunes a causa de un cáncer en Nueva York a los 68 años, no sólo fue una cantante sobresaliente de la época más brillante del pop norteamericano sino que, a partir de sus propios dilemas internos, se erigió como un icono femenino de sus tiempos, los trascendentales años sesenta.

Nacida en el barrio neoyorquino de Brooklyn, aunque criada en Nueva Jersey, Gore alcanzó el número uno de las listas de éxitos en 1963 con It’s my party, cuando apenas tenía 16 años y compaginaba su carrera de cantante con los deberes del instituto. El productor Quincy Jones, un gigante de la música norteamericana, que por entonces trabajaba codo con codo con Frank Sinatra y más tarde lo hizo con Michael Jackson, la descubrió para Mercury Records. Con su cara de niña buena y su llamativo pelo rubio, esplendorosamente cepillado, aquella chica inocente puso voz e imagen a una canción épica. De un día para otro, It’s my party se convirtió en un himno juvenil, cuando los jóvenes, a diferencia de sus padres, disfrutaban de cierta independencia económica y moral para tener sus lugares de recreo en una sociedad estadounidense que ya glorificaba sin aspavientos el ocio.

La canción no sólo hizo famosa a Gore, sino que se introdujo en la realidad estadounidense de los primeros sesenta. It’s my party, radiada hasta la saciedad de costa a costa, contaba en primera persona el sentimiento de una chica que veía cómo otra le robaba el novio en una fiesta. Con esos metales efusivos, que creaban el ambiente idóneo de lo que podía ser una típica juerga de instituto, y su voz dulcemente tristona, la composición captaba toda la angustia adolescente del rechazo amoroso. Pero, como las mejores obras de Phil Spector, la pareja Leiber & Stoller o la factoría Brill Building, que en esos años llenaron de joyas los diales estadounidenses, era un artefacto pop de primerísima categoría, tanto que sus primeros versos -“It’s my party and I'll cry if I want to (Es mi fiesta y lloraré si quiero)- se han incrustado en la psicología de varias generaciones y todavía se dicen como una broma caprichosa de querer salirse uno con la suya (como en España más o menos sucede desde mediados de los noventa al decirse la célebre frase “es mi Scattergories y me lo llevo”, que hizo famosa un anuncio de televisión). Su gran éxito obligó a Gore a grabar una segunda parte de su trama sentimental llamada Judy’s turn to cry, que también tuvo muy buena acogida y en la que su protagonista, orgullosa y feliz, recuperaba al novio tras ponerle celoso besando a otro chico.

En el fondo, estas dos estupendas composiciones incidieron aún más en el estereotipo de la chica de entonces, sirviente y abnegada, que sólo anhelaba un chico con el que casarse, pese a que Gore se declaró lesbiana hace unos años. Eran cantos al ideal de ángel del hogar, tan arraigado durante toda la era Eisenhower, entre principios de los cincuenta hasta la llegada de los sesenta, período en el que a las escolares se les recetaba la lectura de Mujercitas en su itinerario educativo e instructivo. Pero Gore, hija de su tiempo, terminó por enfrentarse a su propio dilema, que, desde su posición de estrella, convirtió en el dilema de toda una generación que defendió los derechos de las mujeres en una sociedad machista.

En un tiempo de agitaciones por la conquista de los derechos de los afroamericanos y de otras minorías, fue John F. Kennedy quien, a principios de los sesenta, hizo del papel social de la mujer un tema clave de la agenda política. Y Gore, a la que la gran mayoría de las adolescentes del país rendían pleitesía, se subió a ese carro. En 1964, la cantante, lejos de ser una agitadora feminista, cambió radicalmente el discurso con su siguiente éxito: You don’t own me. “Soy libre y quiero amar libremente, para vivir mi vida del modo que yo quiero”, rezaba una de las estrofas más célebres de la canción. De nuevo en la parte alta de las listas de éxitos estadounidenses, Gore se introducía con su pop luminoso y melancólico en la psicología generacional más que cualquier teoría o consigna, como sucedió en otros momentos de la historia con Bob Dylan, The Beatles, James Brown o The Sex Pistols. Una canción, que apenas superaba los dos minutos y se grabó en unos días, hizo tanto, o más, por la transformar la mentalidad femenina, como los cientos de páginas del éxito literario de entonces Mística de la feminidad, que Betty Friedan tardó en escribir cinco años.

Gore, que trabajó con productores y compositores de primer nivel que dieron lo mejor de sí mismos para Frank Sinatra, Four Seasons o Antonio Carlos Jobim, llegó a participar en el histórico espectáculo T.A.M.I. Show de 1964 en Santa Mónica, junto a pesos pesados de la música popular de todos los tiempos como Chuck Berry, James Brown, Marvin Gaye, The Rolling Stones o The Beach Boys. Al igual que tantos grandes compositores y cantantes de la edad dorada del pop estadounidense de los primeros sesenta, sus canciones ya anticiparon esa independencia emocional tan crucial para la construcción de la sociedad de los sesenta, que luego terminaría por ser un terremoto histórico con la llegada de la Invasión Británica, encabezada por The Beatles, The Rolling Stones y The Animals.

Llegó a dar el salto a la televisión para participar en la serie de Batman y compuso parte de la banda sonora del musical cinematográfico Fama mientras sus canciones, que resistieron la sacudida del rock de los sesenta en las listas de éxitos, no dejaron de ser versionadas por todo tipo de músicos e incluidas en varios anuncios, películas y series de televisión. De hecho, la magnífica Sunshine, lollipops and rainbows' cierra uno de los mejores capítulos de la segunda temporada de Mad men, la atractiva y notable serie de época en la que, tanto o más que los líos de faldas y la crisis existencial de Don Draper, se despliegan con elegancia los dilemas y las luchas cotidianas a las que se enfrentaban las mujeres en los sesenta. Gore, que nunca abandonó los estudios y se licenció en Literatura Inglesa y Estadounidense pese al brutal éxito como cantante, puso su trascendente grano de arena e hizo de ese dilema una bella y contagiosa música para la posteridad.