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La decisión de Pascaline

Primer largometraje de Joël Vanhoebrouk, realizador firmemente instalado en el medio televisivo. Brasserie Romantic es una película belga, hablada en holandés, que parece soñar con ser una película francesa hablada en el lenguaje del tópico sentimental y la farsa rosa de baja graduación para espectadores más afines a la caricia que al sobresalto. La película nace con cierta vocación de postal para enamorados: su acción se ambienta en un pequeño restaurante el Día de San Valentín y su distribuidora española ha decidido, con buen tino, estrenarla en el umbral de esa fecha, igual que hizo su distribuidora francesa en 2014 —la película tiene tres años a sus espaldas— e igual que estará haciendo hoy su distribuidora alemana. He aquí, pues, el paradigma de aquello que los anglosajones denominan date movie: la película ideal para ver en pareja, especialidad que, en el cine británico, ha sabido renovar con mayor éxito de público que beneplácito crítico el guionista y director Richard Curtis.

BRASSERIE ROMANTIC

Dirección: Joël Vanhoebrouk

Intérpretes: Sara de Roo, Koen de Bouw, Filip Peeters, Barbara Sarafian, Anemone Valcke. Género: comedia. Bélgica, 2012.

Duración: 102 minutos.

Podemos imaginar un interesante juego de espejos: una platea repleta de parejas de todas las edades contemplando una pantalla donde están puestas las mesas para una velada especial que solo acepta clientes de dos en dos, porque esta es la noche de la cena romántica por excelencia. Cabe esperar, no obstante, que la fortuna sentimental de dichas parejas de espectadores no corra la misma azarosa suerte que la de aquellas que, en la ficción, hacen su reserva en la Brasserie del título.

Hay algo en la película de Vanhoebrouk de película de sketches a la italiana, cuyas piezas se han desplegado al mismo tiempo en el espacio unitario de un comedor. Dominan bastante el tópico y la situación manida: desde la mujer madura que descubre —según parece, mucho más tarde que el espectador— que lleva años casada con un cretino integral, hasta el solitario impenitente, que lidia con sus fantasmas en el tiempo de descuento de una cita a ciegas. No obstante, hay por lo menos tres cosas que salvan a la película de la rutina: son, esencialmente, una historia, un personaje y una actriz. En otras palabras, la soberbia Sara de Roo, en la piel de Pascaline, la propietaria del restaurante, enfrentada al desafío que le presenta un amor del pasado. Fragilidad, nervio y actitud lidiando en un cuerpo más expresivo que la mansa película que lo contiene.

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