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CRÍTICA | ENTREMESES

Volver sobre los propios pasos

De izquierda a derecha, los intérpretes Inma Nieto, Julio Cortázar, Palmira Ferrer, José Luis Torrijo, Javier Lara, Diana Bernedo, Miguel Cubero, Elisabet Gelabert, Luis Moreno y Eduardo Aguirre de Cárcer, en un ensayo de la obra 'Entremeses', en el Teatro de la Abadía, Madrid, con dirección de José Luis Gómez.
De izquierda a derecha, los intérpretes Inma Nieto, Julio Cortázar, Palmira Ferrer, José Luis Torrijo, Javier Lara, Diana Bernedo, Miguel Cubero, Elisabet Gelabert, Luis Moreno y Eduardo Aguirre de Cárcer, en un ensayo de la obra 'Entremeses', en el Teatro de la Abadía, Madrid, con dirección de José Luis Gómez.

Dieciocho años transcurridos, los Entremeses siguen igual de frescos, en esta copia fidedigna que del antiguo montaje (de José Luis Gómez y Rosario Ruiz Rodgers, con coreografía gestual de Mar Navarro) ofrece el Teatro de La Abadía, firmada ahora por Gómez exclusivamente. Sorprende ver a otros actores replicando con exactitud los movimientos y el repertorio de tonos creado por los once de entonces, de los que repiten solo tres, aunque uno siente, no obstante, que en la representación original había un plus de autenticidad (efecto sorpresa aparte) y que los personajes son genuinos solo cuando les presta su aliento el actor que los creó, por mucho arte que le pongan sus sustitutos a sus divertidas reproducciones.

Entremeses

Autor: Cervantes. Dirección: José Luis Gómez. Madrid, Teatro de La Abadía. Hasta el 15 de febrero.

El espectáculo, tan luminoso y diáfano como lo recordaba, habla de maridos burlados, de viejos celosos pero incapaces de cumplir con sus mujeres, de gentes de mala ralea y de villanos que les siguen el aire, por miedo al estigma. Gómez y su equipo le imprimen a la farsa un movimiento limpio, rápido, inspirado en la commedia dell'arte, tan influyente en el teatro español de la época. No menor es el acierto con el que los actores entonan las coplillas originales y unos proverbios a los que Luis Delgado ha puesto músicas de tradición oral que se miden de tú a tú con el texto cervantino. La escenografía, un árbol mocho y seco como el de Esperando a Godot, establece un puente entre épocas y sugiere que no hay distancia entre las pulsiones de aquellos ancestros y las nuestras.