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CRÍTICA | ORÍGENES

Aquellos ojos cósmicos

Michael Pitt y Brit Marling, en un fotograma de 'Orígenes'. pulsa en la foto
Michael Pitt y Brit Marling, en un fotograma de 'Orígenes'.

En una secuencia de Otra Tierra (2011), ópera prima de Mike Cahill, se escuchaba: “En la vida nos hemos maravillado cuando los biólogos han podido ver cosas cada vez más minúsculas. Y cuando los astrónomos han visto cada vez más lejos (…). Pero quizá lo más misterioso de todo no sea lo pequeño ni lo grande. Somos nosotros, de cerca”. Pese a algunos manierismos irritantes —esa estética de reencuadres, languidez axiomática y cámara inestable—, la película aplicaba con rigor esa mirada humanista al poner en relación lo íntimo y lo cósmico, haciendo de la necesidad —un espartano modelo de producción indie—,virtud —el reflejo de una nueva sensibilidad colectiva que privilegia lo subjetivo a lo objetivo—.

ORÍGENES

Dirección: Mike Cahill.

Intérpretes: Michael Pitt, Astrid Bergès-Frisbey, Brit Marling, Steven Yeun, Charles W. Gray.

Género: ciencia-ficción. EE UU, 2014.

Duración: 106 minutos.

En Orígenes, Cahill repite la jugada, pero el resultado deja menos espacio a la ambigüedad, el estilo fuerza el manierismo hasta encontrar la afectación y el discurso se escora hacia lo esquemático. Aquí, un biólogo molecular —Michael Pitt, una de esas elecciones de reparto que son toda una declaración de principios— intenta demostrar la verdad evolutiva mientras cae bajo la atracción romántica de una enigmática chica con un iris singular. Las cartas que juega Cahill son demasiado obvias: el pulso entre los hallazgos irrefutables de la Razón y las resbaladizas creencias de los integristas del Diseño Inteligente.

Tan distintas en su escala, Interstellar y Orígenes responden a la necesidad de resolver un debate que adopta las formas del pulso entre lo conservador y lo progresista. Nolan decide racionalizar lo emocional y Cahill toma el atajo de irse por las peteneras de una espiritualidad new age.

En Orígenes —ganadora de la última edición del certamen de Sitges— Cahill sigue demostrando personalidad y capacidad de contar, pero, si en Otra Tierra formulaba un discurso abierto, aquí plantea una débil película de tesis, que se cree más inteligente de lo que realmente es. Al director ni se le habrá pasado por la cabeza hasta qué punto ha firmado una película conservadora al desafiar la tiranía racional.