Bruckner, desde la naturalidad

La Sinfónica de Londres ha actuado en 200 conciertos en España

El director de orquesta Bernard Haitink , en el festival de Lucerna de 2014.
El director de orquesta Bernard Haitink , en el festival de Lucerna de 2014.Peter Fischli

¿Un oasis? ¿Una utopía? En estos tiempos de crisis de valores morales, la cultura resiste, en el terreno musical, gracias a esfuerzos tan soñadores como el de Ibermúsica. Estamos en otra galaxia: Bernard Haitink, la London Symphony, una sinfonía de Bruckner. La sensación de espejismo se produce ya al leer el programa de mano y comprobar que la Sinfónica de Londres lleva 40 años participando en estos ciclos, lo que la sitúa como la orquesta extranjera que más veces ha actuado en nuestro país.

En sus 200 conciertos “españoles” ha sido dirigida por maestros como Abbado, ,Celibidache, Temirkanov, Chailly, Gergiev o Boulez, entre otros, pero los que más veces se han puesto a su frente en los ciclos de Ibermúsica han sido Colin Davis y Bernard Haitink. Se produce, pues, con la combinación de la Sinfónica de Londres y Haitink una primera sensación de familiaridad. El público madrileño admira a una orquesta clasificada entre las “top ten” por la gran mayoría de las encuestas, y venera a Haitink por lo que representa de plenitud musical a sus, asómbrense, 85 años. Se explica así que se oyesen algunos bravos cuando el director apareció en el escenario y se comprende la apoteosis final.

No se andan con chiquitas el maestro y la orquesta londinense. En el primero de sus conciertos madrileños optaron por la Octava, de Anton Bruckner, un compositor del que Ibermúsica tiene una larga historia detrás, sustentada por directores y orquestas de primerísima fila. La monumental Octava ha contado, entre otras, con las batutas de Barenboim, Mehta y Chailly, éste último con la orquesta que ahora nos visita. Es una sinfonía que ha inspirado respeto tradicionalmente en Madrid por su “divina longitud” (hora y media, aproximadamente). Las sensibilidades cambian y ahora se escucha con un fervor casi religioso. No sonó ningún móvil, qué bien. Más aún: en la butaca contigua a la mía, Valentina, una niña de 9 años, siguió la sinfonía con una atención ejemplar. Sin embargo en el patio de butacas, me dicen, un espectador se durmió. Se vendieron 2.200 entradas, más que para el segundo concierto de Haitink, más popular sobre el papel, con obras de Debussy, Schubert y la Cuarta de Brahms. La coincidencia con un partido de fútbol del Madrid es la posible causa. En fin, es lo que hay.

Maestro y orquesta nos brindaron una versión antológica de la sinfonía bruckneriana. Con rigor, precisión, sobriedad, dominio “arquitéctonico”, tensión dramática y cuidado por el detalle tímbrico refinado. La Sinfónica de Londres respondió a las mil maravillas a las indicaciones del maestro. Estuvo, sencillamente, espléndida. En las intervenciones individuales qué flautas, qué oboes, qué trompas y tubas wagnerianas, qué cuerda, qué concertino y en el trabajo en conjunto. Saben dialogar las diferentes secciones sonoras, trabajan sinfónicamente con naturalidad. Bruckner llegaba así con brillantez pero sin ningún tipo de retórica. Lo más difícil parecía sencillo. No hubo altibajos en los diferentes movimientos. Todos estuvieron a parecido nivel. La fluidez se imponía. Y se agradecía.

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