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John Eliot Gardiner, medio siglo de rigor y fantasía en la música

El director británico recala en España para conmemorar sus 50 años de carrera

Concierto Xacobeo con John Eliot Gardiner al frente, en el teatro Colón de A Coruña, en 2010.
Concierto Xacobeo con John Eliot Gardiner al frente, en el teatro Colón de A Coruña, en 2010. EL PAÍS

Si le hubieran dicho hace cinco décadas, cuando fundó en Cambridge el Coro Monteverdi, que después vendrían otras orquestas como los English Baroque Soloist o la Revolucionaria y Romántica, 25 años más tarde, hubiese torcido el gesto amable y delicadamente, como lo hace John Eliot Gardiner (Fontmell, 1943), en señal de escepticismo.

Y si le hubieran profetizado que tras medio siglo seguiría debutando en algunos países, como ha sido el caso de México la pasada semana, este músico, historiador y arabista, cabeza prominente, alma de sensibilidad exquisita y referencia sobre todo del repertorio barroco, pero también de todo lo que le venga en gana desde Monteverdi a Benjamín Britten, se hubiera reído a la cara del prójimo. “Para mí era una prueba, un estimulante laboratorio que ha ido creciendo y consolidándose hasta hoy”, asegura.

Pero de México llegó para actuar ayer en Oviedo y mañana en Zaragoza, donde recala Gardiner en esta gira de sus 50 años sobre los escenarios. Lo hace con un programa dedicado a Beethoven —Overtura de Leonora y Quinta Sinfonía— además de Berlioz, con sus Noches de Verano, al frente de la Orquesta Revolucionaria y Romántica.

Doctor en Bach, explorador de archivos, Gardiner ha desarrollado buena parte de su carrera en torno al compositor alemán y también al barroco español. Resulta un músico que al rigor une su carga de festiva y gozosa espontaneidad, muy rara entre sus compatriotas en cuanto a algunos repertorios se refiere. “Los ingleses solemos ser preferentemente solventes, pero más bien fríos, sin esa chispa o fantasía que debe acompañar a la música en algunos casos”.

Se ha adentrado en terrenos desconocidos con sus inconvenientes metodológicos. Luchando contra una iglesia aun medieval, que le impedía hurgar en los archivos u organizar a veces conciertos en sus templos, algo que le ha ocurrido más de una vez en España. “No creo que el clero entienda el valor de la música. Hay lugares donde no nos han dejado cantar en ese lugar central que es el coro de las iglesias y luego permiten que se llene de gente haciéndose fotos en las bodas, como nos ocurrió en León. Absurdo. En siglos anteriores se comprendía mejor la fuerza que tenía la música para fomentar la fe, mucho más que la oración o los sermones. Pero, en fin, también le ocurría lo mismo a Bach en Leipzig. Lo tenían ahí, apartado como el último mono”.

Sin embargo no todo han sido malos momentos en relación a la historia de Gardiner y sus formaciones con respecto a las iglesias. “Haber podido ensayar en la catedral de Santiago vacía mientras hicimos esa gira por el camino, en pleno Xacobeo, interpretando a los barrocos españoles o renacentistas como Victoria, Cabezón, Morales… O ese momento que tuvimos en San Marcos en Venecia, también quedándonos a trabajar de madrugada hasta que vimos colarse la luz del amanecer por las vidrieras, sólo por eso, merece la pena todo”.

Para el intérprete, ejecutar la música en los lugares para los que fue concebida es crucial. Sobre todo en los casos más antiguos, donde es preciso otorgar al arte todo el significado de su auténtico ritual. “Como es también el caso de su propio repertorio. Este año del medio siglo lo lleva conmemorando con varios programas especiales. Volvieron a Cambridge para interpretar, como en su debut, el Vespro della beata Vergine, de Monteverdi. “Fue emocionante porque, pese a que llevamos tres generaciones, asistieron y cantaron algunos de los fundadores”. También ha resucitado, como quien dice, un Stabat Mater, de Domenico Scarlatti. “Lo escribió en su etapa española y se notan los claroscuros de esa influencia más que su procedencia italiana: es como un cuadro de Velázquez al que se le ha puesto música”, asegura Gardiner.