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Viaje en libertad a ninguna parte

Una exposición en Burdeos analiza la presencia de la carretera en la fotografía estadounidense

Una de las imágenes en la exposición en Burdeos, (sin título, 1988). Ver fotogalería
Una de las imágenes en la exposición en Burdeos, (sin título, 1988).

Un día dieron un portazo, metieron la llave en el contacto, hicieron rugir el motor y desaparecieron en busca de horizontes lejanos. Se encontraron con llanuras y acantilados, quedaron fascinados ante soles radiantes, lunas llenas y desiertos existenciales, descubrieron la disimulada belleza de aparcamientos y billboardspublicitarios. Y, de manera inconsciente, redefinieron el mito del oeste estadounidense como tierra de libertad única en el planeta.

Fotógrafos como Ansel Adams, Edward Weston, Robert Adams, Dorothea Lange, Ed Ruscha, Lee Friedlander, Dennis Hopper o Joel Meyerowitz recorrieron la costa del Pacífico documentando ese supuesto hecho diferencial, como vagabundos en búsqueda de una cualidad vernácula de su cultura. Por ese territorio asfaltado nos conduce Road Trip, exposición del Museo de Bellas Artes de Burdeos, con la que se clausuran las celebraciones del 50º aniversario de la hermandad entre la ciudad francesa y Los Ángeles. La excusa permite visitar, hasta noviembre, la portentosa colección fotográfica de Los Angeles County Museum of Art (LACMA), donde figuran los grandes nombres de la imagen del último siglo.

La muestra documenta cómo se introdujo en la fotografía la figura del road trip, institución profundamente arraigada en EE UU desde principios del siglo pasado. En 1903, un tal Horatio Nelson Jackson aceptó cruzar el país en automóvil a cambio de 50 dólares. El objetivo era demostrar que el coche no iba a ser solo una moda pasajera, sino el medio de transporte del futuro. No tenía experiencia conduciendo, ni mapas, ni tampoco una meta precisa. Pero ese viaje por carretera hizo historia. El road trip no tardó en convertirse en imagen recurrente en las artes, tal vez porque condensaba varios mitos. Por ejemplo, la celebración de un paisaje tan bello como pavoroso y el extraño atractivo de su industria, que presagiaba la futura riqueza del país. Pero también la posibilidad de escapar y volver a empezar en alguna parte, ese relato vigente desde que los padres fundadores desembarcaron en Nueva Inglaterra.

“Ese road trip largo e improvisado es la quintaesencia de lo estadounidense”, ha dicho el escritor Paul Theroux. El poeta Philip Larkin lo calificó como “la importancia del elsewhere”, ese término intraducible que alude a cualquier lugar distinto al que uno se encuentra (y a sus posibilidades infinitas para la reinvención). En literatura, F. Scott Fitzgerald, Henry Miller, John Steinbeck, Jack Kerouac o Hunter S. Thompson se inspiraron en sus propios viajes en coche para escribir algunas de sus obras más célebres. En todos los casos, sobresale un mensaje que luego reciclaría toda road movie que se preciara, de Easy Rider a Thelma y Louise: lo importante no es el destino, sino el camino.

Ed Ruscha, Dennis Hopper, o Dorothea Lange figuran en el recorrido

A causa de su poder icónico, la fotografía fue un elemento central en esa glorificación. Desde el siglo XIX, fotógrafos como Carleton Watkins se desplazaron por todo el país para reflejar la construcción de asentamientos en lugares como Utah y Oregón. Gracias a las imágenes de Watkins, el Congreso clasificó Yosemite como parque nacional. Fue la fotografía la que lo erigió en emblema patriótico. “La fotografía reproduce lo real, pero también lo transfigura. Es capaz de construir mitos, pero también de derribarlos”, apunta la directora del museo, Sophie Barthélémy.

La exposición recoge el trabajo de los fotógrafos contratados por el Gobierno para dar fe de las virtudes del New Deal de Roosevelt, de Walker Evans a Dorothea Lange, cuyo poderoso retrato de una madre coraje junto a la carretera preside la muestra. Las gloriosas estampas de Robert y Ansel Adams, que magnificaron hasta lo indecible el paisaje estadounidense, acabaron originando un contrapunto necesario durante los sesenta y setenta, a través del llamado nuevo estilo topográfico, que se origina con la célebre serie The Americans de Robert Frank, pensado como un road trip por la nueva realidad de la geografía estadounidense. Algunos fotógrafos empezaron a mostrarse hechizados por lugares tan impredecibles como las zonas de estacionamiento (Ed Ruscha), las señales de tráfico (Lee Friedlander), los moteles con piscina interior (Garry Winogrand), los centros comerciales (William Eggleston) y los suburbios residenciales (Bill Owens). “La corriente descubrió la belleza en espacios banales que maestros como Adams o Weston seguramente habrían ignorado”, dice la comisaria Eve Schillo, del LACMA.

La retórica del road trip suele sumar la narración ancestral originada en el viaje, existente desde los tiempos en que los hombres se sentaban junto a la hoguera para contar sus peripecias, y la fascinación por la máquina propia del industrialismo. La fotografía no dudó en recoger ese embrujo. “El coche se acabó convirtiendo en paisaje”, apunta Schillo.

Da fe de ello la imagen de Dennis Hopper que abre la muestra, firmada en 1961 en el interior de un coche, frente a una gasolinera que llena depósitos de galones de petróleo y esperanza de una vida mejor en algún lugar remoto. El subtexto parece claro: cómprate un coche y dirígete hacia él. Pero hay algo que chirría cuando se le presta atención. En la muestra figuran un puñado de mujeres fotógrafas, como si fueran reencarnaciones del mito decimonónico de la frontierswoman que encarnó Calamity Jane. En cambio, no hay ni un solo fotógrafo negro. Si estos brillan de su ausencia, tal vez sea a causa de las llamadas sunset laws, que les obligaban a desaparecer de numerosos pueblos antes de que se pusiera el sol. El mito y la realidad siempre circulan por carreteras distintas.

 

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