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crítica | SOBRE LA MARXA (EL INVENTOR DE LA SELVA)

En el espacio interior

Es el primer largo realizado en el marco del Grado de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra

Fotograma de 'Sobre la marxa (el inventor de la selva)'
Fotograma de 'Sobre la marxa (el inventor de la selva)'

Premiada en Trento y en el festival D’A de Barcelona, Sobre la marxa (El inventor de la selva) de Jordi Morató es el primer largo realizado en el marco del Grado de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra en calidad de trabajo de fin de carrera, dato significativo por dos razones de peso. Por un lado, por dar testimonio de la precocidad con que su director ha elaborado una ópera prima que parece un trabajo de madurez, debido al tacto, la habilidad y la inteligencia con que maneja su delicado objeto de estudio, al que otros creadores se hubiesen acercado o bien con condescendencia, o bien con la mirada fría del entomólogo o con el morbo intrusivo del catalogador de rarezas.

Por otro lado, el contexto (académico) en el que nace la película adquiere una especial relevancia en un momento en que producción cultural y estructuras docentes sufren las consecuencias de una cuestionable gestión política: nuestro cine debe a la universidad Pompeu Fabra el impulso, desarrollo y fortalecimiento de cierto modelo de documental de autor que ha dado un significativo número de obras clave en las últimas décadas. Sobre la marxa desciende de esa idea de documental de creación, pero no hay ningún rastro de mimetismo.

SOBRE LA MARXA (EL INVENTOR DE LA SELVA)

Dirección: Jordi Morató.

Género: documental.

España, 2014.

Duración: 77 minutos.

La película de Jordi Morató habla de Josep Pugiula, alias Garrell, un habitante del municipio rural de Argelaguer, en la provincia de Girona, que podría encarnar a la perfección el concepto de artista outsider: creador sin formación académica, en las zonas de exclusión de todo círculo cultural, capaz de crear siguiendo un impulso visceral, con el motor de la obsesión pero sin un plan previo. Pugiula construyó en un bosque una suerte de jungla imaginaria, la selva de su inconsciente, un laberinto privado que era un decorado para rodar películas —singulares apropiaciones del mito del Tarzán—, pero también una trinchera frente a la hostilidad del mundo. Pugiula construyó y destruyó su Arcadia privada en tres ocasiones, en un juego cíclico que Morató describe sin retóricas, pero con una generosa e infrecuente carga de empatía. Como un Edward James local, Garrell cumple el sueño surrealista de convertir su espacio interior en el hábitat de su innegociable libertad individual.