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Revista de verano

Las muchas vidas de un perro verde

Robin Williams fue subestimado por escoger trabajos que no estuvieron a la altura de su talento

Robin Williams, con el Oscar a mejor actor por 'El indomable Will Hunting', el 23 de marzo de 1998. Ampliar foto
Robin Williams, con el Oscar a mejor actor por 'El indomable Will Hunting', el 23 de marzo de 1998. AFP

En una escena de El mejor padre del mundo (2009), de Bobcat Goldwaith, uno de los trabajos más brillantes de Robin Williams, su personaje, Lance —escritor que alcanza el éxito falsificando el diario de su indeseable hijo adolescente fallecido en sórdidas circunstancias—, es entrevistado en un late-show de la televisión local. En el curso de la entrevista chocan sentimientos encontrados: por un lado, la desolación por la pérdida —espoleada por una presentadora que recurre a todos los golpes bajos de su oficio en busca del sentimentalismo mediático—; por otro, la incontenible burla por la impostura que le ha convertido, por fin, en foco de atención y beneficiario de un inmerecido éxito editorial tras una vida de humillaciones y manuscritos rechazados.

Robin Williams logra en esa escena algo casi imposible: reír y llorar a la vez, en una auténtica cumbre de la comedia incómoda. Por sí sola, esa escena podría dar medida del gran calibre de un actor que, a menudo, fue subestimado por su facilidad para escoger trabajos que no estuvieron a la altura de su talento —hay quien consideró a Williams un paradigma de lo baboso en el seno del Hollywood mainstream—. Desde su mismo título, la película de Goldwaith jugaba de manera perversa con esa imagen pública de Williams y demostraba que, bajo ese aparente Mejor Padre del Mundo, podían discurrir turbulentas corrientes subterráneas. Lo complejo bajo lo engañosamente amable.

Nacido en Chicago en 1951, Williams destacó en el circuito de clubs de comedia en los 70 como un auténtico castillo de fuegos artificiales encarnado en un solo hombre: un tipo capaz de desplegarse en una polifonía de voces y registros, atómico recital de continuos golpes de efecto, disparando referencias culturales como una ametralladora sin freno. Perteneció a la generación de cómicos que, con figuras como George Carlin y Richard Pryor como modelos tuterales, introdujo una sensibilidad contracultural en el monólogo humorístico norteamericano. Se cuenta que la temprana muerte de su amigo John Belushi fue la señal de alarma que le hizo abandonar tempranos flirteos con la cocaína, pero ese modelo de comicidad cocainómana —estructurada bajo el aparente caos del desplazamiento de un foco de atención a otro— sería su gran seña de identidad en esos años de iniciación. Su avasalladora técnica de improvisación y su facilidad para pasar, a la velocidad de la luz, de una imitación a otra captó la atención del medio televisivo, que le dio su primer papel inmortal en la telecomedia Mork y Mindy, en la que encarnó, de manera bastante significativa, a un extraterrestre en estado de perpetua sorpresa frente a lo humano.

Williams fue el imposible Popeye de Robert Altman, pero, en los trabajos cinematográficos que le reportaron mayor fama en el primer tramo de su carrera —Good Morning, Vietnam (1987) y El club de los poetas muertos (1989)—, la pirotecnia expresiva de sus orígenes sobre el escenario de los clubes de comedia se imponía a las exigencias dramáticas de sus respectivos personajes. No obstante, cuando dobló al flexible y polimórfico genio del Aladdin (1992), ese registró conquistó el cielo: su voz capaz de funcionar como un sintetizador posmoderno de posibilidades infinitas dio pie al equipo de animadores —del que formaba parte el español Raúl García— a forjar insólitas soluciones visuales, obteniendo una auténtica obra maestra en torno a las posibilidades expresivas del cuerpo animado.

El Oscar por su papel en El indomable Will Hunting (1997) fue el reconocimiento oficial a su solvencia como actor dramático, pero aún quedaba un Robin Williams muy interesante por descubrir: el actor contenido, ensimismado, capaz de sugerir una letal perturbación tras su físico de hombre común. Retratos de una obsesión, de Mark Romanek e Insomnio, de Christopher Nolan, ambas de 2002, muestran su dominio de la sutileza, revelando a un inesperado Williams que lucha, con éxito, contra su imagen previa y contradice los prejuicios de quienes consideraban que una película como Patch Adams (1998) podía ser la unidad de medida para rebajar, sistemáticamente, el nivel de un intérprete excepcional. Su último trabajo en la gran pantalla ha sido el de ponerle la voz a un perro en Absolutely Anything, película de Terry Jones donde los miembros supervivientes de los Monty Python doblan a un grupo de extraterrestres. Un broche final a la altura de una trayectoria capaz de poner en cuestión todos los lugares comunes y las miradas condescendientes que se apliquen sobre ella: un perro (¿verde?) entre alienígenas como Mork, su primer personaje perdurable.

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