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Abedules de Birkenau

Georges Didi-Huberman viajó al campo de concentración y se lo encontró adaptado al turismo

Ceremonia en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en 2010.
Ceremonia en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en 2010.

Georges Didi-Huberman visita Auschwitz-Birkenau un domingo de junio. Bien temprano, para librarse de los guías. Es una bella mañana, con cielo plomizo. Como cualquier visitante de los campos sabe, la meteorología es crucial en estos casos. De ese viaje él saca en claro un grupo de fotografías y tres pedazos de corteza de abedul. Birkenau significa pradera donde crecen los abedules. Colocadas sobre una hoja de papel, las cortezas le parecen letras de una escritura anterior a todo alfabeto. Pero ¿qué dicen?

En Auschwitz-Birkernau, donde nunca había estado, vuelve al problema de la transmisión. Una de las barracas funciona como tienda de recuerdos, otras han sido convertidas en “pabellones nacionales” del mismo modo que existen pabellones nacionales en la Bienal de Venecia. Han tendido alambrada nueva, un muro de utilería sustituye al muro de las ejecuciones. Él se pregunta si es necesario simplificar para transmitir, mentir para decir la verdad. En el centro de ese dilema están las cuatro fotografías con las que lidia desde hace más de una década. Imágenes clandestinas tomadas allí por un recluso, en agosto de 1944. En dos de ellas, la incineración al aire libre de un montón de cadáveres. Una tercera, borrosa, muestra a un grupo de mujeres desvestidas rumbo a la cámara de gas. Alrededor hay hombres de las SS, el fotógrafo tuvo que correr un riesgo enorme. La cuarta es casi abstracta: negro de abedules contra el sol.

Una de las barracas funciona

como tienda de recuerdos,

otras han sido convertidas en “pabellones nacionales” del mismo modo que existen pabellones nacionales en la Bienal de Venecia

En todas, abedules. Didi-Huberman ha dedicado a esas fotografías un ensayo (Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto) furiosamente cuestionado por Claude Lanzmann, entre otros. De modo que en Auschwitz-Birkenau revisita la discusión en torno a esas imágenes. Allí, junto a uno de los crematorios, exponen tres de ellas. Han sido reencuadradas para hacerlas más legibles y falta la abstracta de los abedules: no queda recordatorio del peligro que corrió quien las tomara.

Los árboles son los mismos de entonces. Él se adentra en el bosque. Como en un ensayo que dedicara a las luciérnagas, la naturaleza se hace política. John Lukacs, historiador, ha evocado así el paso fronterizo sobre el Berg en la víspera del ataque alemán a la Unión Soviética: un último tren de mercancías cruzó hacia Alemania, sus luces rojas se perdieron en la oscuridad y en la paz del lugar quedó (este detalle pareció relevante a la mayoría de sus fuentes) el croar de las ranas en la noche de verano.

Kurt Vonnegut escribió en su novela más conocida: “Después de una matanza solo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda en silencio para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; ¿algo así como pío-pío-pi?”. Sensible a esta clase de pájaros y de ranas, Georges Didi-Huberman arranca tres pedazos de los abedules de Birkenau y halla en la etimología de la palabra corteza una posibilidad para la transmisión, para el libro.

Cortezas. Georges Didi-Huberman. Traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet. Shangrila. Santander, 2014. 68 páginas. 14 euros

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