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Festival Cannes 2014

Un retrato interesante (y alargado) del pintor William Turner

Tratándose de Mike Leigh sabemos que no habrá ningún tipo de maquillaje tratando de embellecer o hacer cálida la historia

El director británico Mike Leigh, ayer en Cannes. Ampliar foto
El director británico Mike Leigh, ayer en Cannes. Getty Images

Toda la filmografía del director inglés Mike Leigh posee su inconfundible sello y la seguridad de que no obedece a proyectos alimenticios. Hace las películas que desea hacer (tal vez por ello su obra no es extensa) y su lenguaje para contar historias de gente común aquejada por sobresaltos o tragedias es tan personal como reconocible. Admitiendo su permanente autoría hay veces en las que me ha conmovido, como en Secretos y mentiras, Todo o nada, El secreto de Vera Drake y Another year y otras en las que tiene un don especial para alterarme los nervios, habitadas por personajes que me resultan insoportables y que solo deben de tener interés para su creador, como en el caso de Topsy-Turvy y Happy, un cuento sobre la felicidad.

En Mr. Turner, Mike Leigh permanece fiel al tono de su obra pero en esta insólita ocasión no hace un retrato de gente anónima sino que se centra en J. M. W. Turner, aquel pintor extraordinario del siglo XIX cuyos paisajes mantienen intacta su maestría y su capacidad de fascinación. Tratándose de este director sabemos que su homenaje no será académico ni convencional, que Turner y su época serán tratados con realismo extenuante, que no habrá ningún tipo de maquillaje tratando de embellecer o hacer cálida la historia. Turner es un hombre gordo que parece gruñir en vez de hablar, se desentendió hace tiempo de su esposa y de sus hijas, tiene una sirvienta contrahecha a la que trata desdeñosamente y que también es su amante, mantiene una relación extraña con las putas de los burdeles, solo parece amar a su exótico padre que le cocina cabezas de cerdo y le sirve de ayudante. Turner también está convencido de que el único dios que existe para él es el Sol, al que persigue incesantemente en todo tipo de paisajes y de geografías para captar con sus pinceles su nacimiento y su crepúsculo. Igualmente es capaz de exponerse a pillar la peor bronquitis al empeñarse en ser atado en la popa de un barco en medio de la tormenta para que su mirada y sus sentidos capten con absoluta intensidad y fidelidad ese paisaje que después recreará en sus cuadros. Es pudiente, es famoso, su maestría es reconocida, pero en algún momento perderá el favor de los reyes. Los últimos años de este hombre extraño y misógino serán bendecidos por su mutuo amor hacia una viuda sesentona con la que no se siente asfixiado, que otorga paz al perpetuo torturado.

Durante gran parte del metraje Mike Leigh sabe mantener el interés del espectador hacia un personaje que crea curiosidad y desasosiego, pero como ya le ha ocurrido en otras ocasiones alarga innecesariamente lo que pretende contar. Nadie parece haberle convencido en el montaje de que conviene aligerar. A esta película le sobra más de media hora. Y es una pena. La desmesura de Leigh tampoco me sirve de consuelo psicológico para prepararme adecuadamente ante los 200 minutos que dura la película turca que veremos mañana. Aunque los metrajes muy largos también pueden hacerse cortos cuando te apasiona lo que estás viendo. En mi caso, entré con temores y prejuicios en la pasada edición de Cannes ante las tres horas intimistas que duraba La vida de Adèle y salí emocionado.

Cualquier persona con un mínimo de racionalidad y de corazón se siente horrorizada ante el rapto de cientos de niñas en Nigeria que ha perpetrado un fundamentalista tan bárbaro como zumbado. La película Timbuktu, dirigida por el mauritano Abderrahmane Sissako, describe las salvajadas que impone el nuevo poder de los integristas religiosos a los habitantes de un convulsionado pueblo. Jugar al fútbol, oír música o fumar un cigarrillo son causas suficientes para ser lapidados. Parece tenebrosamente surrealista pero es lamentablemente real. Lo que cuenta Timbuktu puede erizarte el cabello pero su lenguaje no posee la misma fuerza que la atrocidad que denuncia. Es una película en la que valoras más sus intenciones que su arte.

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