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Cornelius Gurlitt legó sus cuadros al Museo de Arte de Berna

Muere el dueño de las obras de arte supuestamente expoliadas por los nazis

Cornelius Gurlitt, en Múnich, en noviembre de 2013.
Cornelius Gurlitt, en Múnich, en noviembre de 2013. contacto

Cornelius Gurlitt, heredero de una fastuosa colección de arte en parte expoliada a los judíos, murió ayer en Múnich a los 81 años. Durante más de medio siglo, este hombre vivió una plácida existencia, rodeado en su piso por algunos de los cuadros más destacados de la primera mitad del siglo XX. Pero en los últimos años de su vida obtuvo un protagonismo que nunca deseó.

“No soy Boris Becker. ¿Qué quiere esa gente de mí? Solo he querido vivir con mis cuadros. ¿Por qué me fotografían esos periódicos que solo sacan a gente mundana?”, dijo al semanario Der Spiegel en una inusual entrevista. El motivo de ese interés del que tanto se quejaba es que una parte de su obra procedía de los negocios que había hecho su padre con Adolf Hitler.

Tras el acuerdo al que llegó hace un mes para devolver las obras que se demuestre que fueron robadas, la muerte de Gurlitt no tendrá un efecto inmediato en el destino de la colección. Las pinturas y grabados seguirán en el lugar donde los tiene guardados el Gobierno hasta que se determine quiénes son sus legítimos dueños.  El coleccionista alemán expresó en testamento su voluntad de que sus cuadros, entre los que hay obras expoliadas por los nazis, recaiga completa en el Museo de Arte de Berna, según Der Spiegel.  El diario Süddeutsche Zeitung y la radio pública regional NDR han difundido que Gurlitt dictó recientemente testamento debido a su delicado estado de salud y expresó su última voluntad con respecto a su colección, cuya existencia no se hizo pública hasta el año pasado.

Las 1.280 obras, entre las que se cuentan piezas de Picasso, Chagall,  Matisse, Beckmann y Nolde, deben permanecer juntas en esa fundación —-cuyo nombre no se ha hecho público— y no quedar en manos de alguno de los escasos familiares de Gurlitt, incluido un primo lejano que reside en España.  El testamento lo redactó un abogado del anciano coleccionista en la habitación del hospital en que se encontraba Gurlitt ingresado antes de una operación de corazón a la que fue sometido recientemente.

El portavoz de Gurlitt dijo que el anciano, ya muy debilitado, había decidido en los últimos días volver a su piso de Múnich, donde recibía los cuidados de un médico y de una enfermera. La responsable gubernamental de Cultura, Monika Grütters, valoró que, al llegar a un acuerdo para devolver las obras “había asumido su responsabilidad moral”. “Será debidamente reconocido y respetado por haber dado este paso”, aseguró la ministra.

La última fase de la vida de Gurlitt, aquella en la que se hizo famoso muy a su pesar, comenzó en septiembre de 2010, a bordo de un tren de Múnich a Zúrich. El descubrimiento por parte de la policía de que viajaba con una gran cantidad de dinero en efectivo dio inicio a una investigación fiscal. La sorpresa mayúscula llegó a principios de 2012, cuando en un registro de su apartamento de 100 metros cuadrados en el barrio muniqués de Schwabing, los agentes hallaron una fabulosa colección, con 1.280 obras de arte. Entre muchos otros, allí había pinturas de Pablo Picasso, Marc Chagall, Henri Matisse, Otto Dix o Max Ernst. El descubrimiento del tesoro se mantuvo un año en secreto hasta que en 2013 lo destapó la revista Focus. El Gobierno alemán recibió muchas críticas por un silencio tan largo.

La polémica remitió cuando el anciano llegó a un acuerdo con el Gobierno federal de Alemania y del land de Baviera para devolver las obras que tuvieran una procedencia ilegítima. Se estableció para ello un comité de expertos que dispone de un año para seleccionar las pinturas y grabados que habrá que restituir a los herederos de los expoliados.

Pese a tener un botín valorado en unos 1.000 millones de euros repartido entre su piso de Múnich y una casa en Salzburgo (Austria), Gurlitt llevaba una vida sin grandes lujos. De vez en cuando vendía alguna obra para mantener sus dos casas o pagar a los médicos.

Pese a la condena generalizada a la que se enfrentó al final de su vida, consideraba que lo único que había hecho era cuidar aquello que más quería, el legado que había recibido de su padre. Hildebrand Gurlitt, historiador de arte, director de museo y marchante, fue de los primeros en comprender la importancia de representantes del expresionismo alemán como Max Pechstein. Tuvo problemas con el régimen nazi, que le consideraba demasiado “amigo de los judíos”, pero años más tarde Hitler le encargó la venta de unas obras que el régimen nacionalsocialista consideraba “degeneradas”. Gurlitt padre acabó lucrándose gracias al saqueo sistemático a los judíos, pese a que él mismo tenía antepasados judíos.

La muerte de Cornelius Gurlitt cierra la historia familiar. “Podrían haber esperado [a confiscar las obras de arte] hasta que me hubiera muerto”, había dicho a finales del año pasado en la entrevista que concedió a Der Spiegel. Desde aquel día de hace dos años en el que los agentes entraron en su casa, nunca volvió a ver esos cuadros que tanto quiso.

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