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crítica | purgatorio

Terror de supervivencia

Contradiciendo a McLuhan, el medio no es el mensaje. Al menos en determinadas propuestas cinematográficas

Oona Chaplin, en 'Purgatorio'.
Oona Chaplin, en 'Purgatorio'.

Contradiciendo a McLuhan, el medio no es el mensaje. Al menos en determinadas propuestas cinematográficas. Y Purgatorio, debut en el largo del hasta ahora cortometrajista y director de segunda unidad Pau Teixidor, lo demuestra. Un trabajo que viene rodeado (y eso es fantástico) de la aureola de las nuevas posibilidades del cine como producto transmedia, con nuevos modelos de explotación, además de haber sido realizado con poquísimo dinero (apenas 200.000 euros), lo que vendría a demostrar que, como en Stockholm, lo importante no es la pasta gastada, sino la calidad del contenido, pero que al final, unos cuantos escalones por debajo de la propuesta de Rodrigo Sorogoyen, se queda corto en su esencia: la película en sí misma. A Purgatorio, digna pero limitada, profesional, pero poco brillante, le falta eso que diferencia algo pasajero de algo que deja poso. Y eso que no tiene, quizá sea el mal rollo.

PURGATORIO

Dirección: Pau Teixidor.

Intérpretes: Oona Chaplin, Andrés Gertrudix, Sergi Méndez, Ana Fernández, Marc Costa.

Género: terror. España, 2014.

Duración: 85 minutos.

Con una estupenda alegoría como base (el purgatorio sería vivir eternamente en una urbanización del extrarradio, tipo Seseña, comiendo sándwiches de pavo, montando muebles de Ikea, entre cajas, un garaje inhóspito y sin apenas vecinos), el relato se queda sin embargo en el mínimo, a pesar de que el notable trabajo de Oona Chaplin la engrandece por momentos. Al guión de Luis Moreno le faltan dos, tres secuencias, giros, subtextos, diálogos, sorpresas, que, más allá del buen manejo de la cámara y de la tensión de Teixidor, conviertan a la película en algo verdaderamente aterrador. En un ejercicio quizá más alargado que minimalista, se demuestra un cuidado del detalle (los sonidos de los timbres, alarmas, móviles) y juega bien con la combinación de la maldad infantil y el peor drama que pueda existir, pero a esa unión de semilla polanskiana y de giallo en piso de gotelé y aglomerado le falta algo de complejidad para cuajar. Quizá una dosis mayor de perversidad, que la hubieran hecho llegar en esa lucha niño-adulto adonde sí lo hacían Birth, de Jonathan Glazer, y La huérfana, de Jaume Collet-Serra. O ser directamente Polanski, capaz de sobrecoger simplemente con el plano de una pared en blanco.

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