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Enrique Herreros regresa a la montaña

Los Picos de Europa acogen el primer museo dedicado a la obra del dibujante y cartelista

Allí falleció el también cineasta y montañero en un accidente de coche, en 1977

Herreros (d) en el Naranjo de Bulnes junto en 1936. Ampliar foto
Herreros (d) en el Naranjo de Bulnes junto en 1936.

“Pintor, cineasta, humorista y montañero”. La placa que luce la madrileña calle Alburquerque casi se queda sin espacio para señalar la casa natal de Enrique Herreros (Madrid, 1903 – Áliva, Picos de Europa, 1977). Pintor seguidor de Solana, cineasta comparado con Buñuel, humorista maestro de Forges o el Roto, montañero hasta el último suspiro. Además —y esto ya debía de salirse del cartel de latón—, fue uno de los artífices de la época dorada de los cines de Gran Vía en los 30, hoy cerrados o sustituidos por grandes cadenas de ropa barata procedente de Bangladesh. Herreros dibujó los carteles de La línea general, de Eisenstein, de Cuatro de infantería, de G. W. Pabst. Herreros inventó a Sara Montiel. Herreros abrió la senda de la publicidad con la promoción de la productora y distribuidora Filmófono. Y, por si fuera poco, marcó el imaginario humorístico y político de varias generaciones con sus portadas de la revista satírica La Codorniz.

“Si tuviéramos que hacer un cuadro de la historia de la Gran Vía, allí estaría Herreros, hablando con Hemingway”, afirmaba el director José Luis Garci en el documental realizado por Javier Rioyo sobre el pintor, Enrique Herreros. Cuando Hollywood estaba en la Gran Vía. Pero el verdadero Herreros quedaba lejos de la plaza de Callao y el luminoso de Schweppes. Su mente, asegura Enrique Herreros hijo a sus 86 años, estaba en los Picos de Europa, su otra casa. “Si me preguntas qué es lo que más propio le era, yo diría que indudablemente El Quijote [del que ilustró tres ediciones] y la montaña”. Allí quedó también su cuerpo: el artista fue enterrado en Potes tras el accidente de coche que sufrió subiendo al Macizo Occidental el 18 de septiembre de 1977. Y allí está, desde el 30 de marzo, la única sala dedicada de forma permanente a su memoria. El Museo de Enrique Herreros en los Picos de Europa, en el municipio asturiano de Cabrales (con algo más de 2.000 habitantes), exhibe parte de su obra, quizás la más desconocida: 81 óleos y 30 viñetas que componen un canto de amor a la nieve y la roca.

“Mi padre era un hombre muy polifacético, y le gustaba mucho, por desgracia para mí, la montaña”. Pese al lamento, Enrique Herreros hijo narra orgulloso una de las grandes hazañas montañeras de su padre: ser uno de los primeros en dormir en el Naranjo de Bulnes, una cumbre de más de 2.500 metros de altitud. “Lo hizo con Félix Candela y Roberto Cuña, sin preparación, con camisas de verano. Y cuando bajó dijo que lo que más le había sorprendido era ver las estrellas tan cerca”. Una pasión que, aunque vivía en solitario con frecuencia, solía compartir con sus amigos. La actriz y cantante Nati Mistral, uno de los descubrimientos del también cineasta, narra con cariño un día de julio de 1947 en el que su director se empeñó en hacerla trepar por la roca. El resultado: Mistral acabó casi descalza y aterrada entre las risas y las indicaciones del maestro. “No has amado nada en este mundo, salvo a esas montañas que desafiabas”, escribe la actriz en una carta a Herreros con motivo de la inauguración del museo.

'Torre Cerredo', gouache, cera y rotudalor. Sin fecha. 67,50 x 50 cm ampliar foto
'Torre Cerredo', gouache, cera y rotudalor. Sin fecha. 67,50 x 50 cm

Que, por cierto, no ha sido fácil. En 2007 se anunció que los cuadros irían a parar a Potes, pero el proyecto quedó en suspenso hasta que Cabrales echó un capote a la Fundación Enrique Herreros, coorganizadora de la exposición. “Apareció Pedro Páramo [que es también comisario de la muestra], nativo de Cabrales y que había sido director de Tiempo. Empezamos a hablar y me dio muchas facilidades. Yo lo que quiero es que el pueblo vea su obra”, explica Herreros hijo. Por esa misma razón cedió parte de la obra de su padre al Ayuntamiento de Madrid en 1993, con la condición de que se mostraran de forma permanente. Hace 12 años que esas 50 piezas (35 dibujos y 15 aguafuertes) están guardadas en un sótano, pero el consistorio no quiere devolverlas al heredero. Hoy mismo, como sostiene Herreros, se reúne de nuevo con el Ayuntamiento para tratar de resolver el problema.

El afán divulgador de Herreros hijo no se detiene ahí. Ahora que su padre ha vuelto a conquistar la montaña, fantasea con conseguirle un hueco en ese primer hábitat suyo, el del Chicote, el bar del Palace o el Riscal. "Mi sueño sería que este país, si no fuera como es, le guardara un lugar aquí en la fachada del Palacio de la Música, donde exponer sus carteles y grabados". A Herreros se le ilumina la voz con la posibilidad de que la figura de su padre regrese a la sala que albergaba los grandes estrenos de Filmófono en la época en la que la butaca de patio costaba 25 pesetas, esa sala en la que Enrique Herreros hijo vistió pantalones largos por primera vez. La empresa resulta más difícil aún que la de abrir un museo en un pueblecito minúsculo de los Picos de Europa. El Palacio de la Música cerró en 2008 y parece que su suerte va a ser la misma que la del vecino cine Avenida, hoy convertido en una tienda H&M. "Resulta que Cajamadrid [Bankia, propietaria del edificio] está mal de dinero y va a venderlo a quien sea...".

Enrique Herreros, hijo, se despide maldiciendo el frío asturiano ("Yo soy más de la plaza Callao, ahora tengo que subir para la inauguración y no me hace ninguna gracia") y el futuro probable, un Palacio de la Música lleno de más ropa barata de Bangladesh y que no recuerda en lo más mínimo al que engrandeció Enrique Herreros, padre, con sus carteles.

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