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La censura no silencia a los creadores saudíes

El Reino del Desierto vive un despertar artístico a pesar de la inexistencia de una educación específica y de reconocimiento social de la plástica

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La censura se da por hecho en Arabia Saudí. Los artistas saben que no pueden jugar con la religión ni con el desnudo. Incluso la figura humana es un tema arriesgado cuando hay fanáticos que consideran tabú su representación. A pesar de esas limitaciones y, sobre todo, de la falta de una cultura artística de referencia, un puñado de creadores saudíes está empezando a abrirse paso no sólo en su país sino internacionalmente. Su base de lanzamiento está en Yeddah, donde acaba de celebrarse la primera Semana del Arte, un acontecimiento inusitado en el país.

“En los años ochenta [del siglo pasado] ya había galerías aquí, pero nunca salieron fuera”, asegura Maya el Khalil, la directora de Athr Gallery, uno de los espacios pioneros de esa reciente apertura al exterior.

Sin embargo, mucho ha cambiado en el mundo del arte local desde el primer viaje al país de esta corresponsal hace cinco lustros. Entonces, lo más destacado que se ofrecía al visitante era una exposición de pinturas de temática equina de un príncipe aficionado a los pinceles. Hoy, una diversidad de artistas utiliza la pintura, la escultura o las instalaciones de todo tipo para cuestionar, criticar o simplemente abrir un debate sobre el mundo que los rodea.

Todos los consultados mencionan como momento clave la exposición Edge of Arabia que se llevó a cabo en Londres en septiembre de 2008. Esa plataforma había sido fundada cinco años antes por los saudíes Ahmed Mater y Abdulnasser Gharem y el británico Stephen Stapleton para promover el reconocimiento del arte contemporáneo en el Reino del Desierto. A lo largo de esta década Gharem y Mater se han convertido en dos de los nombres más relevantes del panorama artístico saudí.

“¿Hay censura? Sí. ¿Pueden expresarse? También, porque sus intereses son distintos [que en Occidente]; no se trata del desnudo, que no es posible, sino asuntos sociales y políticos”, manifiesta El Khalil. “Encuentran formas para comunicarse sin ser ofensivos; su mensaje no es sobre [hacer] la revolución sino sobre el cambio constructivo”, explica.

La propia localización de Athr, abierta en enero de 2009, resulta una metáfora de las dificultades que afrontan los creadores ante los límites que impone una sociedad a los dictados de la religión. Situada en el quinto piso de un centro comercial, la galería tiene unas vistas espectaculares sobre Yeddah, pero a la vez está al abrigo de miradas indeseadas.

“Nos instalamos aquí porque uno de los socios disponía de este espacio”, trata de quitar importancia la directora, quien no obstante reconoce que así sólo acude quien lo desea y se evita el escrutinio de las mentes más cerradas. Mentes que podrían enfadarse ante la figura humana que se aprecia entre los hierros retorcidos de una escultura de Saddek Wasil (nacido en La Meca), o el puñado de estatuillas de colores que representan a una mujer cubierta con la abaya (la capa negra obligatoria para las mujeres en Arabia).

El Khalil no rehúye las cuestiones delicadas, pero insiste en el potencial artístico saudí y el interés que está suscitando en la región y en el mundo. “La oposición [a las artes] viene de gente estrecha de miras y del fanatismo que se promueve, tal vez con fines políticos”, señala.

Estamos hablando de un país en el que las escuelas no dan educación artística, ni hay museos de Bellas Artes. Quienes han tenido una formación plástica digna de ese nombre es porque han viajado fuera. “Hay un déficit de apreciación porque esta generación no ha sido educada para las artes y la sociedad no las valora. No sólo faltan las estructuras sociales sino que el concepto mismo del arte está ausente”, admite El Khalil. De ahí que las galerías hagan también las veces de centros de arte, organicen conferencias o den becas a los artistas.

Además, se está viviendo un efecto contagio. “ArtDubai, la bienal de Sharjah, los museos [que se están inaugurando en la región], las apertura de casas de subastas… todo repercute en Arabia Saudí”, apunta. Y en una época en la que el éxito se cuantifica monetariamente, no ha pasado desapercibido que la instalación Message/Messenger de Gharem se vendió en Dubái en 2011 por 600.000 euros, una cifra sin precedentes para un artista saudí.

“El talento está ahí, sólo necesita que alguien lo guíe y lo dirija”, declaraba durante una reciente entrevista Gharem, un militar de profesión cuyas obras cuestionan las ideas de autoridad y obediencia. El Khalil está de acuerdo. En su opinión, el principal reto ahora es desarrollar una base de coleccionistas. “Tenemos los artistas, pero falta implicar a la gente, sobre todo a las instituciones, para que aprecien y apoyen las artes, y empiecen a fundar colecciones”, afirma. “Ya están siendo reconocidos fuera, por ejemplo en el Museo Victoria y Alberto de Londres. Necesitan lo mismo en casa”, concluye.