Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OBITUARIO

Saul Leiter, el artista humilde que revolucionó la fotografía en color

Rompió con el predominio del blanco y negro con sus célebres tomas de Manhattan, a las que dio una textura casi pictórica

Saul Leiter, fotógrafo, en 2012.
Saul Leiter, fotógrafo, en 2012. AP

Antes de esbozar la vida y obra del fotógrafo y pintor Saul Leiter (Pittsburgh, 1923), fallecido el pasado martes a los 89 años, habría que pedir perdón al alma del finado, que dejó dicho lo siguiente: que no entendía el interés por su obra; que no sabía realmente si era un pionero de la fotografía en color, y que esperaba que su desaparición no fuera considerada merecedora de un obituario.

Contraviniendo pues su humildad y su voluntad de pasar desapercibido, es necesario recordar que en los años cuarenta un joven norteamericano de Pensilvania desafió los planes de su padre de formarlo como rabino, se instaló en un apartamento del Lower East Side de Nueva York con la intención de convertirse en pintor (y con la complicidad de su madre) y acabó destrozando las ideas recibidas sobre la plasticidad de la imagen.

Leiter no gozó, salvo en sus últimos años de vida, del reconocimiento concedido a otros maestros e innovadores como William Eggleston, Gordon Parks, Stephen Shore, Diane Arbus, Ernst Haas, William Klein y Helen Levitt. Pero es imprescindible citar a algunos de sus pares para encuadrar de forma fidedigna su relevancia artística. Sus fotos, plasmadas en las monografías editadas por Martin Harrison (Early Color, 2006), Agnès Sire (Saul Leiter, 2008) y Max Kozloff/Jane Livingston (Early Black and White, en preparación), todas ellas publicadas por Steidl, muestran a un artista capaz de extraer de la fotografía de calle una exquisita paleta de colores y de revelar las composiciones, formas y texturas que ofrece la realidad cotidiana para quien sepa descubrirlas.

Leiter, que recibió una cámara casi de juguete de manos de su madre a los 12 años, dio un paso definitivo hacia la fotografía profesional cuando, en 1946, decidió hacer un trueque e intercambiar copias del célebre reportaje The Spanish Village de W. Eugene Smith (amigo y mentor) por una cámara Leica. Un año más tarde, al asistir a una exposición de Cartier-Bresson en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, el rabino malogrado sintió que la fotografía, no la cura de almas, ocuparía un lugar predominante en su vida.

No por ello le sería infiel a la pintura. Nunca dejó de practicar ese arte, pero su mayor logro consistió en incardinar el poder de representación de la pintura en sus fotos: así pudo convertirlas en metáforas, a menudo difuminadas, de las sensaciones y notas cromáticas que él veía en las calles de Manhattan.

En sus primeras fotografías en blanco y negro, ahora recuperadas por Steidl, se advierte ya su maestría en la composición y, particularmente, en la combinación sujeto/entorno que centra el interés de la imagen. En 1948 el fotógrafo toma sus primeras instantáneas con negativos en color, y a partir de ahí no cesará en su búsqueda por explotar todas las posibilidades de la emulsión fotográfica.

En esa indagación contó con la complicidad de su pareja, la artista Soames Bantry (fallecida hace una década), con la que compartía su pasión por la pintura y a la que usó como modelo en varias ocasiones. Una mujer con la que pasaba horas discutiendo sobre arte, como recuerda el propio fotógrafo en el documental In No Great Hurry: 13 Lessons in Life with Saul Leiter (2012), del británico Tomas Leach.

Su búsqueda de la belleza le llevó a trabajar en la prensa especializada en moda, gracias al interés que despertó su trabajo en el editor Henry Wolf, responsable de la dirección artística de Esquire y, posteriormente, de Harper's Bazaar. En esta publicación firmó algunas de sus portadas más creativas, quizá solo igualadas por Erwin Blumenfeld.

A Leiter se le ha considerado parte de la llamada Escuela de Nueva York, aunque su intención se aleja del documentalismo. Como explica Max Kozloff en Early Black and White, la ciudad que retrata es la misma que la de William Klein o Lou Faurer, pero "sin su visión de la ciudad como entidad social".

La primera constatación de su calidad artística fue la inclusión de sus fotos en la exposición del MoMA titulada Always the Young Strangers, comisariada por Edward Steichen en 1953. Tras décadas centrado en la fotografía de moda y publicitaria, fue a finales de los noventa, y sobre todo en la década de 2000, cuando la obra de Leiter consiguió despertar a la comunidad artística internacional, hasta ese momento poco consciente de su valía. Así lo atestiguan las sucesivas exposiciones en la galería Howard Greenberg en Nueva York, la Fundación Henri Cartier-Bresson en París, el Museo del Elíseo en Lausana, la Casa de la Fotografía en Hamburgo, la Fundación Forma en Milán y, hasta esta semana, la Galería Springer en Berlín, en colaboración con Fifty One Fine Art (Amberes).

Con motivo del fallecimiento de Leiter después de una rápida y devastadora enfermedad, el que fuera su galerista y amigo personal, el neoyorquino Howard Greenberg —que ha tratado a algunos de los más importantes fotógrafos del siglo XX—, difundió una nota personal en la que lo califica de "único". Un genio humilde de la fotografía que, "cuando le llegaron la fama y la fortuna, no supo qué hacer con ellas".