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crítica: 'UNA TARTA DE CUATRO PISOS'

Una tarta de cuatro pisos

En el arranque de Mi primera boda, segundo largometraje del argentino Ariel Winograd, una estupenda animación de Liniers detalla, en paralelo, el pasado sentimental de la pareja protagonista: el judío no creyente Adrián –al que Daniel Hendler aporta todo el refinamiento de su gestualidad desgarbada-, inmaduro impenitente paralizado por las exigencias del compromiso, y la católica no practicante Leonora Campos –la misma Natalia Oreiro que brilló en la irrepetible Miss Tacuarembó (2010)-, una pragmática sentimental, de ígneo temperamento, que el presente del relato sirve en pleno estado de ferocidad pre-matrimonial. En suma, dos polos de una ceremonia mixta en la que confluyen dos familias irreconciliables y que un incidente fortuito –la torpe pérdida de los anillos- condenará a un aplazamiento in extremis sobre el terreno, desatando progresivamente el caos coral.

MI PRIMERA BODA

Dirección: Ariel Winograd. Intérpretes: Natalia Oreiro, Daniel Hendler, Imanol Arias, Martin Piroyansky, Muriel Santa Ana, Gabriela Archer, Gino Renni, Soledad Silveyra. Género: comedia. Argentina, 2011. Duración: 102 minutos.

El prólogo animado de Liniers es sólo uno de los instrumentos que despliega Winograd para sobrecargar de carisma el primer tramo de un espectáculo más previsible de lo que prometen algunos de sus hallazgos, pero que funciona como un mecanismo de seducción engrasado con eficacia. La narración enfrentada de los dos novios en la supuesta resaca de la catástrofe nupcial, puntuada por imágenes que sacan pecho para mostrar el poderío de producción (la película, en el fondo, quiere ser la tarta de cuatro pisos que remata el banquete), así como algunas eficaces ideales visuales –la descripción de las dos familias, a través de contrastados movimientos ascendentes y descendentes de cámara sobre el edificio que acoge la celebración- invitan a pensar en un juego sofisticado alrededor de la comedia esponsalicia al modo de La boda de mi mejor amigo (1997).

La propuesta de Winograd no va tan lejos como la de P. J. Hogan y, al final, acaba neutralizando sus ecos de screwball comedy –con Hendler como respuesta uruguaya y particularmente empanada a Cary Grant- , pero Mi primera boda es bastante más que un producto digno, bastante más que metralla para multisalas: es un trabajo sobrecargado de energía, en cuyos laterales Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich, dos miembros de Les Luthiers, imparten una lección magistral de química a partir del matiz y el relajado fair play entre veteranos de guerra de la comedia, e Imanol Arias compone un personaje que trasciende la caricatura del cínico para desvelar un convincente temblor interior.