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AYER Y HOY / 4

Aquel aroma de los héroes

En Sueca en verano nos divertimos viendo desayunar a Puchades en el bar y cuando termina, aplaudimos

Puchades, con la camiseta del Valencia. Ampliar foto
Puchades, con la camiseta del Valencia.

1950. Hay algunos aromas primordiales que estructuran el alma de un niño, el olor de la caja de los gusanos de seda, el almidón del armario ropero, el polvillo en suspensión del desván mucho tiempo cerrado, el de la alacena y la despensa con los sucesivos estratos entreverados de salazones, dulces y conservas, el de los lápices de Alpino, el de la goma de borrar con sabor a coco, el de solución de pegamento en el taller de bicicletas. Entre todos aquellos aromas había uno que perfumaba a los héroes: el olor a linotipia de los cromos de futbolistas, que el niño barajaba, compartía y cambiaba con los compañeros. Ese aroma queda alojado en su cerebro como un vástago de la memoria hasta el final de la vida.

A cualquier niño el futbolista del cromo le parece un hombre muy mayor. Esa diferencia de edad constituye un abismo que permanece inalterable durante mucho tiempo. Aquella imagen del cromo se convierte en una categoría platónica en su imaginación hasta que un día le asalta la sensación contraria. De repente, cuando uno está a punto de cumplir cuarenta años, se da cuenta de que los futbolistas son unos chavales, sobre todo si los ve de paisano. Esa revelación es la primera señal de que te estás haciendo viejo.

Guardo todavía en la memoria la emoción de aquel día en que al rasgar el sobre que contenía cinco cromos de futbolistas, por fin, me salió Puchades, el medio centro del Valencia, el que más se resistía para completar al equipo. Antes de pegarlo al álbum, su aroma a linotipia todavía fresco, pasó directamente desde el fondo de mi nariz a la circulación de la sangre para instalarse en el cerebro. Allí permanece todavía intacto Puchades, rubio, con la trencilla de cordones sobre el esternón, la frente alta, como un héroe inasequible. Se decía que había sido segador de arroz, que calzaba el 46 de zapatos, lo que le permitía dormir de pie cuando en la mili hacía guardia de noche en la puerta del cuartel. Un día lo sorprendí de paisano paseando por el jardín de Viveros. No lo acompañaba ningún halo que lo distinguiera de los demás mortales, incluso me pareció que su delgadez no se correspondía con la fortaleza que exhibía en el campo. Pero durante mucho tiempo permaneció en mi mente como un ideal de fuerza e integridad moral.

Rafael Nadal, tras ganar la final de Roland Garros en París, en 2011.
Rafael Nadal, tras ganar la final de Roland Garros en París, en 2011.

Puede que el fútbol fuera entonces el hueso que el franquismo daba a roer a las masas para que olvidaran el grado de humillación en que vivían, pero Puchades era la síntesis de esa teoría de Platón de que a este mundo hemos venido a recordar las ideas celestes que ya sabíamos antes de nacer. Un día le pregunté a un compañero de colegio, natural de Sueca, el pueblo natal del futbolista, cómo se divertía en verano. “En Sueca en verano nos divertimos viendo desayunar a Puchades en el bar y cuando termina, aplaudimos”, me respondió.

2013. Hoy en este país descoyuntado el patriotismo huele a linimento, puesto que, al parecer, el sentimiento de unidad solo lo vertebran mediante una pasión colectiva algunos héroes del deporte. Sus victorias obligan a izar una y otra vez la bandera española al compás del himno nacional en cualquier parte del mundo, hasta el punto que la política parece un oficio innoble si se compara con la estética del triunfo deportivo en las canchas. Hace poco Pep Guardiola se presentó en rueda de prensa ante cientos de periodistas y cámaras de televisión como entrenador del Bayern de Múnich. Sin darle demasiada importancia respondió con toda naturalidad a las preguntas que le formulaban. Lo hizo correctamente en cinco idiomas, alemán, inglés, italiano, catalán y castellano. Poco después Rafa Nadal, al ser eliminado en el primer partido del torneo de tenis de Wimbledon, se limitó a decir que perdió porque había jugado peor que el adversario. No echó la culpa a la hierba ni a la lesión de la rodilla. Tampoco puso excusas el entrenador Vicente del Bosque al ser derrotado en la final de la copa de Corporaciones en Maracaná.

Si se compara esta actitud con la de nuestros políticos se llega a la conclusión de que algunos deportistas de elite son el único ejemplo moral que le queda a este país. Como los anteriores presidentes del gobierno, también Rajoy se presenta en Bruselas y en Berlín sin saber idiomas, incluso balbuciendo en castellano. Ante cualquier dificultad económica echa la culpa a la herencia recibida o comienza a buscar una gatera para escapar. Las ráfagas de Pedrosa, Marc Márquez y Lorenzo en las curvas del circuito a 300 por hora, la naturalidad con que se levantan después de las caídas para subirse de nuevo a la motocicleta y seguir compitiendo, he aquí el espejo. Según Platón, aprender consiste en recordar. Entonces aquellos cromos envolvían a los héroes con el perfume de linotipia. Los niños establecen ahora los mismos ritos para los nuevos mitos bajo la luz iridiscente, magmática del plasma en tabletas y consolas. Solo que los héroes hoy en el plasma ya no tienen aroma.