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AYER Y HOY / 2

Desde el campo de regatas

Para el almuerzo le llevaron una paella en la que el cocinero había escrito: ‘Viva Franco. Arriba España’ con pimiento rojo

Franco, junto al almirante F. S Thomas Combs, de la sexta flota norteamericana, a bordo del portaaviones Coral Sea, en Valencia, en 1954. Ampliar foto
Franco, junto al almirante F. S Thomas Combs, de la sexta flota norteamericana, a bordo del portaaviones Coral Sea, en Valencia, en 1954. efe

AÑO 1954. Antes de iniciarse la primera regata de la Copa América de Vela en el puerto de Valencia, sentado en la terraza del espléndido edificio Veles e Vents, entre gorilas y perros policías, recordé que en ese mismo lugar, en 1954, un viejo vendía cucuruchos de cacahuetes tostados. Ante su tenderete se le había formado una cola de marines de la Sexta Flota, parecidos a Popeye, que acaban de desembarcar. El viejo estableció un doble precio de forma automática: a cada Popeye le cobraba un duro por el cucurucho; en cambio a los clientes autóctonos, parejas de novios, niñeras y criadas les pedía solo un real, lo de siempre. Cuando la Policía Militar Norteamericana se dio cuenta de la trampa, se produjo un grave altercado entre la primera potencia del planeta y un resistente ibérico. “Vosotros os creéis los amos del mundo, pero a mí me tocáis los cojones”, gritaba el viejo mientras los polizontes yanquis forcejeaban con él para derribarle a patadas el negocio.

En aguas de la Malvarrosa se hallaba fondeado el acorazado Coral Sea de la Sexta Flota y el general Franco había llegado a Valencia solo para subir a bordo de aquel imponente navío de guerra, vestido de almirante como un niño en el día de su primera comunión. A la hora del almuerzo le llevaron en una cañonera hasta el acorazado una paella de pollo y conejo. Sobre la extensión del arroz el cocinero había escrito Viva Franco, Arriba España en letras mayúsculas formadas con tiras de pimiento rojo, que brillaban al sol de mediodía. Aquella paella pareció sellar el Pacto de las Bases, puesto que fue degustada en cubierta por el Caudillo y el embajador norteamericano Cabot Lodge, rodeados por los oficiales del navío, bajo los acordes de los respectivos himnos nacionales.

Como símbolo de aquel tiempo destruido, en la Malvarrosa se hallaba la residencia del escritor Blasco Ibáñez en estado de ruina, sin puertas ni ventanas, los cristales rotos, las cariátides decapitadas, el jardín a merced de las culebras y alacranes. Después de la guerra había sido incautada por las Flechas Navales de Falange y, abandonada luego a su suerte, fue tomada por vagabundos y drogadictos. De los cuatro leones mesopotámicos que soportaban la mesa de mármol travertino de la terraza donde Blasco Ibáñez escribió Sónica la Cortesana, tres de ellos fueron utilizados como trébedes para guisar paellas en un chiringuito.

No todo estaba perdido. En la playa de las Arenas quedaba en pie el balneario con el pabellón de baños a modo de Partenón pintado de azulete, la piscina con el trampolín modernista, el cine de verano, la pista de baile al aire libre, los chiringuitos y restaurantes donde servían comidas bajo el sonido de acordeones. Aquel espacio contenía una felicidad preternatural, pero era un paraíso del que uno podía ser expulsado sin haber mordido la manzana. Un día el propio Jehová, bajo la forma de capitán general de la región militar, llegaba con una formación de soldados y mandaba desalojar a punta de bayoneta la playa y el balneario para bañarse a sus anchas y tomarse una paella con sus amigos, protegido por una erección de fusiles. Luego, a media tarde, semejante Jehová regresaba a Capitanía, ahíto de arroz.

AÑO 2007. En ese mismo espacio, en los últimos días de abril de 2007 se disputó en Valencia la Copa América de Vela en el campo de regatas en aguas de la Malvarrosa. Fue el año en que este país alcanzó la cima del falso esplendor económico. La codicia lo podía todo, hasta el punto que la divisa olímpica, más fuerte, más alto, más rápido, había sido sustituida por más joven, más rico, más guapo. La Copa América de Vela se convirtió en el paradigma de la fascinación. Cochazos de alta gama con los cristales tintados cargaban a los peces gordos que acababan de hacer negocios redondos en la popa de los yates de 70 metros de eslora. La corrupción se había convertido en una manera de ser.

Las bases de los equipos de regatistas, instaladas alrededor de la dársena, estaban plagadas de pijos y por los bares de diseño y tiendas náuticas cruzaban chicas galácticas, de cuerpo muy ondulado, acompañadas de narcisos que se creían dioses, porque flotaban agarrados como a un salvavidas a la marca de su ropa y se reflejaban en el dorado estanque, de un lujo increíble, de las embarcaciones, el Luna Rossa de los italianos, el BMW Oracle Racing, el Areva de París, el Team New Zealand, el Alinghi suizo, el Desafío Español, el de los Emiratos Árabes. Después vendría el despilfarro de la Fórmula I. De pronto reventaron a la vez las cuatro ruedas de la economía y todo se fue al diablo.

A punto de iniciarse la primera regata de la Copa América recordé a aquel viejo, que hace 50 años, vendía cacahuetes y cobraba un duro a aquellos Popeyes y un real a quien le daba la gana. ¿Fue aquel viejo el germen de la corrupción o era solo un resistente? También pudo ser una premonición del remedio que el futuro reserva a los españoles para salir de todas la crisis: empezar de nuevo por abajo vendiendo cacahuetes.