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EN LA MUERTE DE FRANCISCO MÁRQUEZ VILLANUEVA

Un maestro de maestros

El autor de ‘Personajes y temas de El Quijote’ era uno de los mayores hispanistas

Era especialista en la la literatura española y gran conocedor de la obra de Cervantes

Francisco Márquez Villanueva, gran maestro de hispanistas, en 2003. Ampliar foto
Francisco Márquez Villanueva, gran maestro de hispanistas, en 2003.

Abarcar en unas pocas líneas una obra de la magnitud de la de Francisco Márquez Villanueva es una tarea tan imposible como la de intentar apresar con redes el agua del mar. ¿Cómo dar cuenta de su ingente labor investigadora, de la riqueza y variedad de sus fuentes, de la profundidad y agudeza de sus análisis? Nadie conocía mejor que él la literatura española desde sus orígenes hasta su decadencia a finales del siglo XVII. Mi deuda con él es inmensa. Su lectura asidua me abrió nuevos caminos y orientó mi curiosidad hacia temas que sin él no hubiera tenido la posibilidad de tratar. Decir que era el maestro de varias generaciones de hispanistas se ajusta exactamente a la verdad. Recuerdo que al leer una selección de ensayos de autores muy diversos sobre lo raro (queer) en la literatura castellana del siglo XV y del llamado Siglo de Oro, le dije que solo cuatro de ellos me habían interesado, y sonrió: los cuatro habían sido discípulos suyos.

Pero esta maestría, reconocida por cuantos examinan nuestro pasado sin anteojeras, es decir, en toda su riqueza constitutiva, suscitó lamentablemente el rechazo o, por mejor decir, favoreció la ignorancia voluntaria de quienes se aferraban y se aferran al canon literario de una España únicamente cristiana y occidental, sin componentes árabes ni judíos.

Abierto a todas las fuentes del saber, Francisco Márquez Villanueva emprendió su vasta obra desde un prisma integrador de cuantas corrientes convergían en el rico caudal de nuestra literatura. Desde sus primeros ensayos de la década de los sesenta de la pasada centuria, establecido ya en Estados Unidos, abordó el tema de la españolidad conflictiva del siglo XVI con una amplitud de miras, en la estela de Américo Castro, que atrajo inmediatamente mi atención. Durante mis años de profesor visitante en California, Boston y Nueva York tuve ocasión de frecuentarle y admirar su labor. Sus ensayos sobre Cervantes, desde Personajes y temas de El Quijote (1975) a Moros, moriscos y turcos de Cervantes (2010), pasando por Trabajos y días cervantinos (1995) son de obligada referencia para quienes calan en la obra de nuestro primer escritor. Nadie se ha aproximado a ella con tal variedad de enfoques y ha hondado en sus estructuras narrativas y semánticas con tanta lucidez y erudición. Desde su cátedra de Literaturas Románicas de la Universidad de Harvard ejerció su magisterio mediante una metodología interdisciplinaria fundada en su bien asentada convicción de que el medievalismo español debería comprender tanto lo románico como lo semítico y que no podía ni debía ignorar la tarea investigadora de los arabistas y hebraístas.

Como mostró a lo largo de sus trabajos, la situación vivida por una importante minoría de españoles privados de la facultad de expresarse a cara descubierta fomentó la creación de estrategias creadoras defensivas de autores tan dispares como el del Lazarillo y Fray Luis de León, de Mateo Alemán y Cervantes, una disidencia de fondo enfrentada a los escollos del Santo Oficio y a la opinión mayoritaria de quienes lo sostenían. Márquez Villanueva no fue nunca un heterodoxo ni se propuso serlo. Buscaba tan solo ampliar las bases y ajustar los criterios historiográficos en beneficio de los amantes y estudiosos de nuestra literatura. Sus Orígenes y sociología del tema celestinesco, que releí recientemente, me cautivó tanto por sus conocimientos en la materia como por su claridad y rigor expositivos.

Mientras redacto apresuradamente estas líneas, conmovido por la noticia de su fallecimiento, examino la buena docena de libros que tengo al alcance de la mano y no sé a cuál remitirme. Su obra, como dije, nos desborda y me resisto a hablar de ella en pretérito puesto que sigue vigente y seguirá siéndolo para cuantos consideramos la literatura española sin apriorismos de ninguna índole. Como escribí hace ya algunos años, subrayar a estas alturas la importancia de su obra en el campo de la literatura e historiografía hispanas desde la España “alegre” de Juan Ruiz a la de la “fúnebre conmemoración del vacío” posterior a Cervantes, Góngora y Quevedo sería a todas luces superfluo si el tenaz e incorregible desconocimiento por parte de nuestro país de la obra de sus mejores hijos no nos obligara a ello. Su postura valiente y esclarecedora, en las antípodas del conformismo predominante en nuestro Parnaso, ha alentado la conspiración de silencio que premia en España a todo lo perturbador y fecundo. Pero tarde o temprano, la valía de una obra se abre paso y la de Márquez Villanueva aguarda su hora sin prisas. El futuro le pertenece y volverá caducos los argumentos de quienes abiertamente o con sigilo se enfrentaron a ella.