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OPINIÓN

Cabezas sin formatear

He visto con mis hijos, una película propia de nuestro tiempo, rabiosamente actual. No en vano se titula Fast & furious 6. No tenía yo idea de que se hubiera concatenado una secuela de tantas entregas pero al ver la cinta supuse que rebobinada podría dar lugar a otra y montada de una u otra manera acabaría por engendrar hasta seis o más.

Efectivamente no entendí nada y me parece que no sólo porque el asunto es peliagudo sino porque unos personajes y otros, los buenos y los malos, los redentores y los condenados, poseen una apariencia tan súbita como demasiado igual. Pero ¿qué importará el rostro del bien y el mal en este escenario de acelerada ficción y de sólo ficción? Llevada la ficción a su extremo no debe ser otra cosa que una irrealidad y ,de hecho, por si acaso algunos espectadores pensaran que las secuencias de coches y aviones explotando tuvieran que ver con lo verosímil, la cinta termina advirtiendo que las escenas se han rodado con especialistas y mediante efectos ajenos a todo lo vulgar.

No trata, en fin, Fast & furious, de nada verdadero sino que con ella el cine alcanza el punto cero de lo real y el infinito de lo fantástico. ¿Con esta nota conclusiva de la pantalla nos quedamos pues en paz? No del todo. Las películas de dibujos animados nos animan a pensar en un universo ideal pero estas películas de tantos choques, muertes y armas tremendas nos abren paso a una secuencia sin correlato en nuestra experiencia particular. ¿No existe en ella el odio? ¿No existe la venganza? ¿No existe el deseo de posesión? Claro que sí. Pero, al cabo, esta película y cuantas se le parecen no tratan de vicios o virtudes sino de acción. La acción puede engendrar un concepto pero incluso el concepto se halla privado de alguna idea nuclear. No hay idea en el núcleo de su célula y de ese modo pueden deglutirse al compás de las chuches que se llevan a la sala. De otra parte, la carencia de núcleo proporciona la oportunidad de que el argumento opere por partogénesis y, por tanto, no se pueda contar ni resumir.

Muchas de las películas de la nouvelle vague en los sesenta eran capaces de prolongar un plano hasta el mayor tedio pero nunca lo tomábamos a mal. Esas películas, como Desierto Rojo de Antonioni o El año pasado en Marienband de Resnais, nos llevaban a una tensión cognitiva muy intelectual. La suma del argumento con su asíntota cero llevaba a la plenitud. Eran por tanto películas sin traducción, películas que como Fast & furious se necesitan ver para creer. Ni el principio ni el desenlace tenían vida propia porque todo se hallaba en el nudo. De ese modo cada uno de esos filmes nos inducía a reflexionar y nos llevaba, uno a uno, al arte de la devoción o la devoción del cine.

Frente a ese tiempo, pues, en que debíamos pensar como burros para sacar la aguja del pajar, se alza este cine “veloz y furioso” que nos lleva a trescientos por hora a un lugar sin destino ni predicación. No hay mensaje, no hay argumento, no hay nada de qué hablar. Fast & furious es el epítome de un mundo fenecido y el inicio de algo sin pertinente enunciación.

Que los padres se queden pues tranquilos. Sus hijos les asesinarán sin sentir culpa. O los padres más jóvenes estrangularán a los niños sin el peso negro de la religión. La moralidad, o lo que sea, ha adquirido una velocidad transparente que odia la contrición. Entender estos filmes con una mentalidad formada en el libro es como pedir luz al ciego total. Lo importante, en suma, es lo peristáltico. Películas que no pasan ya por la cabeza sino que se dirigen enseguida al intestino. Órgano de una época en la que el influjo del tracto digestivo conforma -como denota la moda gastronómica- el artefacto mental. ¿Que no la entiende usted? ¿Que no entiendo yo Fast & furious? Eso es prueba de que se pertenece a un tiempo ya defecado y un futuro propio aún sin formatear.