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Un arquitecto que construye lenguajes

El chileno Cruz Ovalle, premio Nacional, propone “refundar” su disciplina dando de nuevo importancia a las palabras

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José Cruz Ovalle, arquitecto chileno.

El arquitecto José Cruz Ovalle (Santiago de Chile, 1948) firmó, con Germán del Sol, el pabellón que representó a su país en la Expo sevillana de 1992 y, mucho más recientemente, el singular hotel Explora que, asentado en el territorio perdido de la Isla de Pascua, se mezcla con la tierra “para refundar una idea de la arquitectura”. El año pasado en su país le concedieron el Premio Nacional de Arquitectura por la Universidad Adolfo Ibáñez de Santiago, un espacio con rincones pensado con múltiples recorridos y una circulación, “para poder ir siempre y no tener que ir unas veces y regresar otras”.

 

Ovalle estuvo recientemente en la ETSAM (Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid) invitado por la Bienal Iberoamericana, que seleccionó esa universidad entre los proyectos latinoamericanos más destacados de los últimos dos años. En una sala con, sorprendentemente, casi más profesores que alumnos, este arquitecto-escultor cuenta que “no hay lugares sino potencia de lugar”.

En su juventud estudió en Barcelona, donde conoció al filósofo Eugenio Trías, con quien entabló amistad. “Pensamos con el lenguaje, sin él no podemos pensar. Que el pensamiento avance, se vuelva y se revuelva es propio de la filosofía, y sin eso estamos cojos”, razona para explicar la importancia de la filosofía “para crear una estructura de pensamiento”. “Una obra es cómo se ha pensado. Las cosas pueden destruirse, pero el pensamiento permanece”.

Según Ovalle, el gran problema actual es que “los oficios perdieron sus lenguajes, y careciendo de lenguaje no pueden pensar”. Sostiene este arquitecto que todas las profesiones no pueden compartir un mismo léxico y atribuye ese empobrecimiento a la importancia de la imagen. “Una imagen no vale más que mil palabras. Las palabras también son necesarias. Explican el mundo”.

Frente al culto a la inmediatez, él habla de las ventajas de empezar a construir tarde: “Hoy parece que cuanto más rápido, mejor será todo. Con la transparencia que genera Internet parece que uno pueda acceder a todo, pero no: eso no queda impreso en nuestra vida”, advierte. Y considera que lo que fácil llega, fácil se va: “Muchas cosas en la vida suceden porque uno vacila: si uno se da un tiempo puede pasar de la mera ansiedad por ponerse a construir a entender todas las dimensiones que construir tiene”. Sin embargo admite que esa espera es cara. ¿Hasta los 40 años de qué vivió? “Hice algunas obras, preparatorias, menores, cuando estaba en España. Vivía de eso”.

El arquitecto chileno asegura además que “la arquitectura es un arte capaz de volver favorable lo desfavorable”. También que “es concepción del mundo y no simplemente edificación”. ¿No podría ser ese el gran reto para el siglo XXI? ¿Dejar de diferenciar entre arquitectura y construcción y llevar el pensamiento, el cuidado y la intención arquitectónica a todo lo que se construye? ¿Continuará la arquitectura teniendo más que ver con la educación, el arte y el dinero que con la sociedad? “Hoy es imposible definir los límites de las cosas. En el mundo moderno todos pueden acceder a todo mientras en el mundo antiguo el conducto para acceder a las cosas y a las personas era uno. Hoy alguien sin ningún talento puede llegar a ser pintor de éxito porque el mundo no tiene una medida única de las cosas. La medida es múltiple. Puede haber tantos arquitectos como modos de hacer arquitectura. No hay modelos. La masa llega a todo. Todo es masivo. El gran drama de la educación de hoy es que tenemos que pasar de una educación pensada para la individualidad a la multiplicidad de individuos que la reciben”.