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Toque de atención de Eduardo Gallo

La crisis se lleva por delante muchas costumbres. Lo que hasta hace poco era norma, se convierte cada vez más en excepción. Como ejemplo sirve la temporada venteña. Todo aficionado tenía en mente el calendario de la temporada en la primera plaza del mundo: del primer domingo de marzo al último de octubre. Al margen de festejos extraordinarios, todos los domingos había toros. En el pliego actual la temporada comienza el Domingo de Ramos. En consecuencia desaparece de las citas madriñas un clásico como el día de San José y se abre el portón de cuadrillas por primera vez en 2013 con ganas de toros y un público más numeroso de lo habitual en esta fecha.

Domingo de resurrección
Más de un tercio de entrada.
Toros de Torrestrella y dos remiendos de Torrealta (4º y 5º). Los dos primeros nobles y de bonita estampa. Protestado el tercero por su escaso trapío. Soso el sexto. Destartalados y fuera de tipo los de Torrealta.
Diego Urdiales: Silencio tras aviso y silencio tras dos avisos
Eduardo Gallo: Saludos tras aviso y saludos
Antonio Nazaré: Vuelta al ruedo y silencio

Dado que era la primera corrida del año, que hay excedente de reses en las ganaderías —cosas de la crisis también—, que había televisión y los toreros que se anunciaban no son de los que ejercen presión sobre la presentación del ganado, no tiene mucha justificación que se lidiase un encierro tan dispar y de dos hierros. Mal que pase el octubre, cuando la empresa se esmera en limpiar los corrales antes de echar el cierre, ¿pero en marzo? Por haber, hubo hasta desfile en el reconocimiento veterinario. Solo pasaron cuatro de la ganadería titular, Torrestrella, y se añadieron dos remiendos, destartalados de defensas y hechuras de Torrealta.

Las consecuencias las pagaron la afición y los toreros. Es difícil tener una visión amplia de la tarde cuando hay un cambio de ganadería inesperado. Para rematar, el festejo mantuvo el interés hasta que llegó la lluvia insistente en el cuarto. Tuvo mucho mérito seguir en la plaza ante toros parados y escasa emoción artísticas.

Con el primer toro, Veranito, un jabonero sucio, muy en veragua, Diego Urdiales dio una sensación muy distinta a la habitual. Se le notó falto de ideas, mecánico, insistente pero escaso de convicción, como si estuviera obligado. No parecía el mismo Urdiales que se recrea toreando con gusto los hierros que ponen a correr a muchos de sus compañeros.

Eduardo Gallo recibe con verónicas al segundo de la tarde. ampliar foto
Eduardo Gallo recibe con verónicas al segundo de la tarde.

En el cuarto fue todavía peor. Por el portón de los sustos no salió lo habitual, un toro, sino un bicho de la familia de los paquidermos de la ganadería de Borja Prado. 647 kilos no parece lo más adecuado para un toro de lidia, teóricamente un animal pensado para el combate, ágil y armonioso. Anduvo como pudo con un animal cuyo lomo le llegaba al pecho y no cabía en la muleta. Si embarcaba la embestida, se le vencía a mitad de viaje. Si citaba fuera para poder sacárselo, incomprensión por parte del público. Quizá la peor actuación que se le recuerde.

Eduardo Gallo dio muestras de su progresión. El charro pasó de novillero figura a aspirante marchito. Suele ocurrir cuando un chaval deslumbra, cae en manos de una gran empresa y deja pasar oportunidades. Su actitud ahora es totalmente distinta. Encuentra faena en casi todos los toros y mantiene uno de sus valores, que la línea más recta hacia el triunfo es el clasicismo. Recibió a su primero ganado un paso hacia el centro del ruedo en cada paso hasta rematar con una ajustada media. Esa fue solo la tarjeta de visita. Después llegó un quite por chicuelinas galleando y una firmeza en el cite que solo se ve en algunas figuras. Entendió el animal que tenía enfrente y no lo obligó. Al contrario, le dejó sitio, con una faena entre las rayas, con el trapo siempre delante pero sin obligar. Se ganó la confianza de un ejemplar noble y soso, hasta conseguir cuatro tandas, dos al natural, llenas de pureza y toreo sin fecha de caducidad. Concluyó la faena con circulares de espaldas por ambos pitones. Un lance que evidencia dominio completo, muy apreciado en América Latina, tanto como se ignora en Madrid. Ese cierre y errar en el primer intento con el estoque le impidieron cortar una oreja. Este toque de atención le tiene que servir para rematar en la próxima feria de San Isidro.

El salmantino apuesta por el clasicismo y le valen casi todos los toros

De vez en cuando a los que mueven el cotarro taurino les da por destapar un torero. ¿Que Sevilla necesita una novedad? Pues se inventa. Solo así se explica el caso de Antonio Nazaré. Bueno, hay un caso similar, Luis Vilches. Pintureros y preciosistas pero justos de valor y recursos, salvo tardes de gran compromiso. Hizo el esfuerzo, con su primero, un torero de escaso trapío y protestado hasta que lo arrastraron las mulillas, y se notó pero no es suficiente. En cada tanda sucedía lo mismo: bien el primer pase, regular el segundo y atropellado el tercero. En el cuarto, sí llegaba pero no evitó que anduviera despegado, sin cruzarse. Salía de la cara del toro a merced del animal, atropellado y con cara de apuro.

Lo grave es que dio una vuelta al ruedo por su cuenta, aprovechando la confusión de la lluvia, como quien no quiere la cosa, pero con menos méritos que el único triunfador del estreno de la temporada, Eduardo Gallo.