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IDA Y VUELTA

Imaginando lo que existe

'Watergate' es una novela sobre lo que apenas se ha enfriado en las galerías de la historia

La trama son los hechos históricos y no hay protagonistas ficticios

La trama de la novela de Thomas Mallon son los hechos históricos.
La trama de la novela de Thomas Mallon son los hechos históricos.

A veces el cuerpo le pide a uno leer una novela, tan perentoriamente como le puede pedir una cerveza fresca o un plato barato y sabroso de pasta, un viaje o una caminata: una novela con varios centenares de páginas y rica en personajes y episodios, una novela en la que sumergirse varias horas al día como un buzo o un espeleólogo, una novela tren en la que acomodarse durante las travesías en metro y los tiempos en blanco que se presentan a diario en la vida; una novela que sea como una película en una sala de cine o como ese capítulo extra de una gran serie que uno se concede después de la media noche, venciendo el sueño y malogrando el sueño, sacrificándolo al sagrado impulso primitivo de saber un poco más de la historia; una novela en la que se quiere avanzar como sea y al mismo tiempo no quiere uno que se acabe; una novela, además, que no esté escrita hace mucho, que no haya sido desfibrada por generaciones de lectores y críticos, que le ofrezca a uno ese cebo y esa tentación tan poco apreciadas por los expertos, la intriga del desenlace.

Cada vez estoy más convencido de que uno solo debe escribir una novela cuando lo que tiene que decir no pueda ser contado de otro modo —cuántas novelas mediocres hay en las que se desperdicia un material con el que habría podido construirse una magnífica historia de no ficción—. Del mismo modo, y aunque paso largas temporadas en las que no leo ficciones, hay ocasiones en las que siento una necesidad lectora que no satisface ni los libros de historia, ni los de divulgación científica, ni los de memorias personales. Igual que el cuerpo agotado pide a veces proteínas o platos de cuchara, la imaginación pide esa sustancia nutritiva que por algún motivo solo está contenida en las novelas. Cuando era joven esa hambre no se me pasaba nunca. Saltaba de una novela a otra, o del final de una novela de regreso al principio, como esos viajeros compulsivos que no se fatigan conectando vuelos o bajando de un tren después de muchas horas de viaje y apresurándose para no perder otro que los llevará todavía más lejos. Con los años me he ido aficionando a una dieta más variada, y a todos los efectos más saludable, pero cuando noto que vuelve la antigua urgencia, la propensión al entusiasmo ante el descubrimiento de lo nuevo —novela, novedad— me dejo llevar por ella con una ilusión impaciente en la que no cuenta para nada el oficio, en la que no hay lugar para la fatiga desganada de lo ya muy conocido, y menos aún para el resabio un poco cínico que tiene efectos tan esterilizadores sobre quienes piensan que están dentro del círculo de lo literario.

Leer da más felicidad que escribir. Escribir es una afición, una vocación, un trabajo incierto. Leer, una medicina sin contraindicaciones

Leer da más felicidad que escribir. Escribir es una afición, una vocación, un trabajo incierto, que lo mismo da grandes alegrías que grandes disgustos, y que en el mejor de los casos siempre lo deja a uno vulnerable ante sí mismo y ante los demás: ante la incertidumbre que no cesa nunca de minarlo por dentro, aunque se le aplique con grados diversos de dedicación y eficacia el bálsamo de la vanidad; ante los juicios favorables o negativos, halagadores o insultantes, sinceros o fingidos. Leer, cuando se disfruta a fondo la lectura, es un deleite que no viene con efectos secundarios, una medicina sin contraindicaciones, un vicio sin castigo, según la exacta puntería de la definición de Valéry Larbaud. Ni siquiera la envidia cuando se lee algo que uno no sería capaz de emular malogra la satisfacción del descubrimiento, porque será siempre más poderosa la simple gratitud de que exista algo tan hermoso: quien no agradecerá, como en el poema de Borges, “que en la tierra haya Stevenson”.

Yo agradezco estos días una novela que está saciando mi hambre aguda de novelas, Watergate, de Thomas Mallon, un escritor americano del que hasta hace unos días no sabía nada, aunque leí una reseña del libro cuando salió en tapa dura el año pasado, y lo anoté en una lista de posibles lecturas. Era prometedora una novela histórica sobre lo que apenas se ha enfriado aún en las galerías de la historia, lo que forma parte de los recuerdos de quienes empezamos a leer periódicos y a tener conciencia política en los primeros años setenta, el escándalo Watergate y la caída lenta y tortuosa del presidente Richard Nixon, que para nosotros tenía sobre todo el reverso épico y algo peliculero de la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward en el Washington Post, o más exactamente de Dustin Hoffman y Robert Redford haciendo de Bernstein y Woodward con esa incomparable desenvoltura americana para convertir en material narrativo de alta calidad lo que casi no ha terminado todavía de suceder.

En 'Watergate' de Mallon, la intriga no es menos poderosa porque sepamos el final. Ese conocimiento acentúa la sensación maléfica de lo inevitable

Thomas Mallon no usa los hechos históricos como fondo de una trama inventada, ni crea protagonistas ficticios para mezclarlos directa o indirectamente con personas reales. La trama son los hechos históricos. Quienes los vivieron son los mismos que actúan en la novela con sus nombres y sus apellidos. El reparto es alucinante: Richard Nixon, su mujer, Pat, la hija nonagenaria y ya casi momificada de Theodore Roosevelt, la secretaria personal de Nixon, el insidioso Henry Kissinger, los periodistas y los políticos, los espías ineptos que se dejaron atrapar cuando se habían colado como rateros en las oficinas electorales del Partido Demócrata, los veteranos de las conspiraciones contra Fidel Castro y de las guerras sucias contra los Gobiernos legítimos en América Latina. Un tono entre tragedia y farsa atraviesa la novela, entre chisme e intriga de política sórdida y maleficio gradual del destino. Los diálogos tienen la rápida trivialidad de conversaciones verdaderas, de confidencias mezcladas con las vulgaridades y las repeticiones del habla común e interceptadas en el teléfono o grabadas en aquellas cintas que estaban siempre girando en secreto en el despacho de Nixon. La intriga no es menos poderosa porque sepamos el final. Precisamente ese conocimiento acentúa la sensación maléfica de lo inevitable.

Algo parecido hizo Don DeLillo en Libra con la historia de Lee Harvey Oswald y el asesinato de Kennedy. Pero ese Oswald, siendo una creación literaria tan alta, no nos dejaba olvidarnos nunca de que era, sobre todo, un personaje de Don DeLillo, moviéndose por los lugares de la realidad pero más aún por los mundos sonámbulos de la imaginación de su autor. Thomas Mallon tiene mucha más desvergüenza, o elige con más convicción volverse invisible, dejando sin embargo huellas sutiles de observación, empatía y sarcasmo, invisible y ubícuo a la manera de Flaubert. Su Nixon no es una máscara ni una caricatura, sino un ser humano entre penoso y deleznable, que sin saber bien cómo presencia atónito su propia ruina, envuelto en una maraña confusa de corruptelas y banalidades, con el fondo espantoso de la carnicería en Vietnam. Decía el Nobel de Física Richard Feynman que se requiere un esfuerzo mayor de la imaginación para vislumbrar lo que existe de lo que no existe. Quizás ese es el esfuerzo que demandan, y que alimentan y premian, las mejores novelas.

Watergate. A Novel. Thomas Mallon. Pantheon Books. Nueva York, 2012.

www.antoniomuñozmolina.es