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OPINIÓN

Neorrealismo balcánico y prescindible cine independiente

Danis Tanovic presenta 'Un episodia en la vida de Iron Picker', un drama por la falta de dinero

Jeremy Irons y Martina Gedeck en el fotocall de la Berlinale.
Jeremy Irons y Martina Gedeck en el fotocall de la Berlinale. Reuters

Casi todo el cine que nos llega de la antigua Yugoslavia reconstruye inevitablemente la barbarie que crearon y padecieron en la guerra de los Balcanes y las cicatrices imborrables de los que sobrevivieron a ella. El director bosnio Danis Tanovic fue uno de los que hablaron con más profundidad de aquel espanto en su película En tierra de nadie. En Un episodio en la vida de Iron Picker se centra en la actualidad, en algo tan cotidiano e intolerable como que si caes seriamente enfermo y eres pobre lo más probable es que la palmes. Cámara en mano, con vocación neorrealista y actores no profesionales, Tanovic comienza hablando de los esfuerzos épicos de una familia gitana para comer todos los días. El padre recoge chatarra abandonada, corta leña para procurar a los suyos un poco de calor en un invierno temible y tiene vecinos solidarios, aunque comparta idéntica miseria. La tragedia llega cuando su mujer aborta involuntariamente y precisa una operación inmediata para intentar salvar su vida. Nadie va a hacerlo si no coloca antes en la mesa una cantidad importante de dinero. Y esta gente tampoco se ha podido permitir el lujo de disponer de un seguro.

Tanovic cuenta con dureza, veracidad y compasión la historia más triste. Es probable que Obama pueda conseguir algún avance en su desigual batalla contra el trush más poderoso para lograr que la sanidad sea accesible para la gente sin recursos económicos. Pero lo que certifica Tanovic sobre la desesperación de los parias cuando su cuerpo aúlla y necesita cura urgente no solo está ocurriendo en su país. Ya no será un problema exclusivo del subdesarrollo, sino que está amenazando en las naciones presuntamente más civilizadas de Europa. Los pobres cada vez lo tendrán más complicado para que el Estado les ofrezca gratuitamente sus cuidados médicos.

Prince avalanche, dirigida por David Gordon Green, utiliza las características del cine independiente estadounidense. En su caso solo precisa de dos actores desconocidos, el campo como único escenario y una historia pretendidamente intimista con toques de comedia y de esperpento. Se supone que en los festivales de cine los espectadores siempre aprecian un montón que con medios tan ínfimos salga adelante una historia. En fin, lo de siempre, el eterno hallazgo y la bendición permanente de la supuesta frescura, el posibilismo y la imaginación. Se han escuchado muchas risas en la sala durante la proyección y también generalizado aplauso al final. Describe la convivencia en la soledad de la naturaleza de dos frikis que se ganan temporalmente la vida pintando carreteras. Son cuñados y ambos se sienten muy perdidos. Por mi parte, no he logrado pillarle la gracia ni el lirismo a esta representación del cine independiente. La risa, esa sensación impagable, se cotiza muy cara en los festivales de cine. Qué envidia me han provocado las carcajadas de mis vecinos de butaca. Y aseguran que la risa es contagiosa, pero en mi caso no hay forma de que me diviertan las disparatadas aventuras, situaciones tragicómicas y diálogos presuntamente ocurrentes de estos tiernos perdedores.

El arranque de Tren nocturno a Lisboa, dirigida por el ambicioso pero casi siempre plano Bille August es prometedor. Un solitario profesor de Berna salva del suicidio a una chica que desaparece ofreciéndole como única pista el libro que escribió hace muchos años un señor portugués, unas páginas con aroma a Pessoa, poéticas y filosóficas, que fascinan al profesor, por lo que abandona su trabajo y su ciudad para intentar descifrar en Lisboa el misterio de ese autor y los motivos de la chica para quitarse la vida. Pero el encanto inicial no dura mucho. La obsesiva búsqueda de este hombre derivará en múltiples historias con sabor a folletín que ocurrieron en esa ciudad cuando la dictadura de Salazar estaba agonizando. August dispone del sólido Jeremy Irons y de viejas glorias del cine inglés como Tom Courtenay, Charlotte Rampling y Christopher Lee intentando otorgar matices y complejidad a sus personajes (aunque resulta extraño asociar su impecable acento inglés con lisboetas de toda la vida) aunque no es suficiente para mantenerte enganchado a una trama en la que casi todo resulta impostado y previsible.