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En el bosque de un libro

Pájaros, lombrices, ardillas, salamandras, hormigas, mariposas, abejas, avispas, tallos de hierba, mínimas flores silvestres, abundan en las páginas de David George Haskell tanto como en los versos de Emily Dickinson, que fue quizás pionera en incluir en un poema la palabra microscopio.

'Newton (1795'), obra de William Blake Ampliar foto
'Newton (1795'), obra de William Blake

Cada día, durante todo un año, a diferentes horas, un hombre se interna en un bosque y busca la roca que eligió en su primera exploración, lo bastante plana como para sentarse confortablemente en ella, con la espalda erguida y las piernas cruzadas, en la actitud budista de meditación. La roca domina un pequeño espacio irregular en el suelo del bosque, un círculo imaginario de un metro de radio, el tamaño aproximado de una mesa de comedor. No hay nada de particular en esa localización precisa. La razón de elegirla es que está al pie de la roca, y que el hombre sentado en ella puede observarla cómodamente de cerca, algunas veces arrodillándose o hasta tendiéndose en el suelo para ver más detalles. Lleva una lupa de bolsillo, un cuaderno y un lápiz. Procura permanecer tan quieto como le es posible y no alterar ni con sus pisadas ni con sus manos esa fracción del bosque a la que llama “el mandala”, usando un término de la cultura budista tibetana.

Emily Dickinson, en el Mural de la Historia de la Comunidad de Amherst,
Emily Dickinson, en el Mural de la Historia de la Comunidad de Amherst,

Un mandala es un círculo de arena en el que está contenido simbólicamente el universo. Monjes muy adiestrados le dan forma, usando arena de diversos colores para trazar dibujos abstractos que confluyen hacia el centro y suelen sugerir un marcado ritmo giratorio. El trabajo es complicado y puede durar varios días. Una vez culminada la obra, los monjes la deshacen, casi con la misma meticulosidad reverencial con que la completaron, para recordar la impermanencia de todo, el hacerse y deshacerse perpetuo de la vida y de la naturaleza.

Pero ese hombre que va al bosque cada día a examinar una parcela mínima de su extensión, David Haskell, no es un monje, ni un místico, sino un profesor de biología en una universidad de Tennessee. Su proyecto es simultáneamente espiritual, literario, científico. Quiere continuar la tradición del retiro contemplativo en la naturaleza, inspirado por los meditadores taoístas y budistas y también por el ejemplo americano de Thoreau. Quiere aplicar el método de la observación empírica ciñéndose a un campo experimental muy limitado: cómo es la vida orgánica en el suelo de un bosque, la trama visible e invisible en la que participan los insectos, las hojas de los árboles, los pájaros, los gusanos, los líquenes, las ardillas, la claridad solar que dispara en cada hoja el mecanismo secreto de la fotosíntesis, el viento, la lluvia, la nieve. Y quiere contar todo lo que ve y explicarlo a la luz de todo lo que sabe, y también dejar testimonio de sus espacios en blanco y sus incertidumbres, y del efecto emocional que el hábito de acudir al bosque cada día va teniendo sobre él.

The Forest Unseen es un diario íntimo y es un libro de divulgación científica. Es una narración literaria y el cuaderno de notas de un experimento

Estamos tan acostumbrados a las etiquetas y a las disyuntivas binarias que casi no hay manera de encontrarle en la estantería un sitio adecuado al libro que David Haskell ha ido escribiendo a lo largo de su año en el bosque, The Forest Unseen. Es un diario íntimo y es un libro de divulgación científica. Es una narración literaria y el cuaderno de notas de un experimento. Tiene algo de guía espiritual sin rastro de vaguedades místicas y de guía práctica para salir al campo, para fijarse en todas y cada una de las cosas que habitualmente uno no ve, ni escucha, ni imagina que existan, no porque pertenezcan a esos reinos embusteramente fértiles y oscuros de la fantasía sino porque están aquí mismo, delante de nuestros ojos, accesibles a los oídos si prestáramos un poco de atención, latiendo literalmente debajo del suelo que pisamos.

La casa de Emily Dickinson (1830-1886) en Amherst, Massachusetts,
La casa de Emily Dickinson (1830-1886) en Amherst, Massachusetts,

William Blake destestaba el racionalismo científico tanto como el humo de las fábricas que oscurecía y envenenaba el aire en los comienzos de la Revolución industrial, pero su imaginación poética le permitió intuir la naturaleza misma de la ciencia: se puede ver un mundo en cada grano de arena, y abarcar el infinito en la palma de la mano. En su modesto jardín de Amherst, Massachusetts, Emily Dickinson miró los reinos de la naturaleza con una percepción no menos aguda que Charles Darwin en su travesía de cinco años por los océanos, las cordilleras y las islas de casi toda la Tierra. En la meditación zen se mira sin parpadear una pared desnuda. Sentado en su roca, sin más instrumental de observación que su propia mirada, su oído alerta, su lupa, su cuaderno, su lápiz, David George Haskell asiste al tránsito de las horas y de las estaciones. El círculo del año se corresponde con el del espacio observado, y cada día se borra más la distinción entre la conciencia que investiga y el campo de su estudio, entre la figura inmóvil y alerta y el bosque y sus criaturas. Un pájaro o un mapache se acercan a él y se lo quedan mirando, y entonces el animal es el observador y el científico la criatura sometida a escrutinio. Con el calor húmedo de la primavera el aire se llena de insectos. Un mosquito hembra se posa en el antebrazo y Haskell lo ve, agigantado en la lupa, mientras le taladra la piel y le chupa la sangre y el abdomen se le va hinchando con ella.

Como comprendió sombríamente Darwin, naturaleza no es un paraíso, y no hay una providencia que ampare ni a los seres humanos ni a ningún otro ser vivo, grande o pequeño. La fertilidad es inseparable de la corrupción y la muerte es el alimento de la vida. Microorganismos incesantes van transformando en abono durante el otoño y el invierno las plantas y las hojas que crecieron durante la primavera y los excrementos y los cadáveres de todos los animales que se nutrieron de ellas. La avispa ichneumon deposita sus larvas en el interior de un gusano vivo y las larvas se van alimentando de él y van matándolo muy lentamente mientras se hacen adultas. El gusano pelo de caballo, apenas visible sobre una hoja seca, ha crecido en el intestino de un grillo que se lo tragó cuando sólo era una larva. Cuando el gusano ha crecido tanto que ya casi no cabe dentro del organismo del que se alimenta como un ínfimo vampiro, segrega una toxina que enloquece al grillo y lo empuja a arrojarse a una charca o a una corriente de agua: el gusano se desenrosca reventando el cadáver del grillo ahogado, nada hasta la orilla y empieza en tierra su vida adulta, apareándose en marañas convulsas de centenares de gusanos idénticos a él.

Emily Dickinson miró los reinos de la naturaleza con una percepción no menos aguda que Charles Darwin en su travesía de cinco años por los océanos, las cordilleras y las islas de casi toda la Tierra

Pájaros, lombrices, ardillas, salamandras, hormigas, mariposas, abejas, avispas, tallos de hierba, mínimas flores silvestres, abundan en las páginas de David George Haskell tanto como en los versos de Emily Dickinson, que fue quizás pionera en incluir en un poema la palabra microscopio. Delimitar un espacio y un tiempo es quizás el primer paso en una invención literaria, igual que en la ciencia es prioritario determinar el ámbito y la duración de un experimento. Y después es preciso guardarlo todo, como en una caja, en las páginas de un libro, que ahora que lo pienso también suelen tener su origen en la madera, en el bosque.

The Forest Unseen. A Year’s Watch in Nature. David George Haskell. Viking Books. Nueva York, 2012. 265 páginas. 20 euros (electrónico, 14 euros). Poemas. Emily Dickinson. Traducción de Silvina Ocampo. Tusquets. Barcelona, 2006. 384 páginas. 9,95 euros.

www.antoniomuñozmolina.es