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sábado, 25 de marzo de 2006
Reportaje:FUERA DE RUTA

Una flor para Emily Dickinson

Viaje a Amherst, en Massachusetts, en busca de la misteriosa poeta

Alta densidad literaria con una mujer maravillosa. El 10 de diciembre pasado se celebró el 175º aniversario de su nacimiento. Su casa natal, en la calle ancha del pueblo, sigue recibiendo a los devotos.

Se regalará una rosa a los primeros ciento setenta y cinco invitados". Con esa breve promesa, cordialmente, la acogedora ciudad de Amherst, en el Estado estadounidense de Massachusetts, anuncia tantas flores como años acaba de cumplir su más venerada poeta. Conocida como La Bella de Amherst, Emily Dickinson quizá reviva en uno de sus trajes blancos o puede que toque el piano para ustedes o que les obsequie con su famoso pan de jengibre y su vino de arándanos. No se lo pierdan, pues sólo el viajero que se adentre en The Homestead y The Evergreens, las casas de los Dickinson (hoy, Museo de Emily Dickinson), de una a cinco de la tarde, sentirá el súbito duende, con todas las puertas, una tras otra, abiertas.

Sepan de antemano que encontrar el Museo de Emily Dickinson no resulta tarea fácil cuando uno acceda a Amherst por la carretera 9 desde Spencer. Si piensan que The Homestead y The Evergre

ens, con sus tres acres de terreno, están muy visibles o predispuestas a recibir turistas en grupo o peregrinos en pack, jamás lo encontrarán. Busquen señales, recodos, diminutos rastros. Recaben pistas que anticipen que, entre los grandes secretos de esta localidad del Pioneer Valley repleta de estudiantes, volcada a la industria educativa y renombrada por sus prestigiosos colleges (Amherst College, Hampshire College y la Universidad de Massachussets), se resguarda, a pequeñas voces, con cuidado, el entorno privado y la misteriosa memoria de Emily Dickinson.

Cultivos biológicos

"Y como Techo eterno / los Ladrillos del Cielo", escribió la poeta. Así, cuando llegamos a Amherst un sábado otoñal, con las tenues luces de la mañana, encontramos un primer rastro en la plaza principal de la localidad, a cielo abierto. En ese espacio rectangular, conocido como The Commons, se organiza cada semana un mercado de granjeros venidos de los pueblos de la comarca. Sobre el despliegue de mazorcas gigantes de cultivo biológico y de jabones artesanales con especiadas fragancias, vemos ondear las dos banderas sui géneris de Amherst: la bandera multicolor del arco iris y una bandera azul claro con la imagen centrada del mundo en blanco, que bien puede recordar al primitivo emblema de las Naciones Unidas. En efecto, Amherst se jacta de ofrecer un espacio de tolerancia y convivencia para las distintas comunidades étnicas e identitarias. De bagaje ecologista, se conoce tanto por su mayoritaria adscripción al Partido Verde como por su apoyo a las actividades de la Iglesia Unitaria Universalista. Esta última fue frecuentada en tiempos por escritores trascendentalistas como Emerson o Thoureau, a cuya tradición se unió la poeta que nos ocupa. No es de extrañar, entonces, que el viajero en busca de la estela de Emily Dickinson se tope en la calle con un grupo de manifestantes variopintos "en contra de la pobreza en el mundo", "a favor de los derechos de los animales" o con pancartas de eslogan como "en democracia, la disensión es un acto de fe".

Seguimos a la comitiva multicultural que ahora declama en North Pleasant Street, la calle más comercial del Downtown (www.amherstdowntown.com). Una manifestante, que luce un pin antibomba nuclear, nos muestra que estamos ante The Jones Library, construida en 1744, una de las bibliotecas más antiguas y curiosas del país, sede hoy de la Sociedad Histórica de Amherst. Y una segunda manifestante, profesora gay del college, nos remite a visitar sin falta la mundialmente renombrada colección de libros en yídish que alberga el National Yiddish Book Center, en la ruta 116. Poco después, esa misma profesora se detiene ante la única gasolinera de la calle e indica: "Miren. Ustedes buscan a Emily Dickinson y deben saber que en esta gasolinera se asentaba una de las casas en las que vivió. Tras los surtidores, al fondo, encontrarán el cementerio con su tumba".

Un campo verde con estelas

Amherst es uno de los pocos lugares del mundo que ha elegido un cementerio para conmemorar la historia de su comunidad. En enero de 1730, los miembros de la antigua plantación británica colonial de Hadley votaron para ofrecer a sus colonos "libertad para establecer un lugar para enterramientos". El enclave elegido, que pronto se convertiría en el Cementerio Oeste, conserva casi intacto su paisaje originario; es un campo verde de pequeñas estelas de piedra casi simétricas en el que encontramos a los primeros colonos enterrados junto a granjeros, siervos, soldados, empresarias, profesores y poetas. Muchos de ellos aparecen retratados a colores vivos en el emocionante mural que circunda el cementerio. Como una más de la comunidad, Emily Dickinson ocupa un nicho en esa tierra y un fragmento de ese mural. Es una figura que surge en una enorme flor blanca, rodeada de otras flores blancas, de su hermana Lavinia y de su gato, y que reproduce, enaltecida, la única imagen-daguerrotipo que se conserva de la poeta.

Si ustedes han disfrutado hasta aquí de las peculiaridades locales, es el momento de reponer fuerzas. Mientras esperan la apertura de The Homestead y The Evergreens a la una de la tarde, pueden dirigirse al Amherst Brewing Company, también en la calle de North Pleasant, y elegir cualquiera de sus deliciosas cervezas artesanales. En ese pub se degustan, asimismo, sándwiches y hamburguesas de suficiente calidad. También pueden interesar el Fresh Side Cafe (a quien guste de las sopas y los noodles), o el Black Sheep Cafe, en Main Street, que congrega, gracias a su varied

ad de tartas y cafés, a entusiastas del entorno académico.

Esta última opción les situará directamente en la calle de Emily Dickinson. Vía principal de Amherst durante siglos, Main Street se caracterizó, con el advenimiento de la industrialización, por embellecerse con casas señoriales de variados estilos arquitectónicos. Fíjense en el templo masónico y la grandiosa casa azul de los Kingman, hoy convertida en un bed and breakfast familiar y poblado de antigüedades. Frente a ellas encontrarán el último rastro de la poeta. Esta vez es su silueta, recortada en metal pesado, casi como una sombra erguida en forma de escultura de arte público que conversa a pocos metros con la silueta de Robert Frost. Ambos escritores nunca departieron en vida. Sin embargo, la comunidad de Amherst, día a día, hace posible esos diálogos y los revive como un secreto. Acérquense ya a la única casa de ladrillo de la calle, la que vio nacer a Emily Dickinson en 1830. Llamen a la puerta, con cuidado, y no se olviden de escuchar su voz: "La Naturaleza es una Casa Encantada -el Arte-, una Casa dispuesta a que la encanten".

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Julia Piera es autora del libro de poemas Conversaciones con Mary Shelley, que aparecerá esta primavera publicado por Icaria

Emily Dickinson, en el Mural de la Historia de la Comunidad de Amherst, que pintó David Fichter en el Cementerio Oeste. / JULIA PIERA

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