PURO TEATRO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Liquidación por fin de existencias

'Aventura!', de Alfredo Sanzol, es un cuento moral sobre el “estado de crisis”, una comedia arriesgada, divertidísima, tristísima, levantada con mano maestra y soberbiamente interpretada por el equipo de T de Teatre

Escena de 'Aventura!'.
Escena de 'Aventura!'.David Ruano

Aventura!, la nueva comedia de Alfredo Sanzol, por segunda vez con las/los T de Teatre, se estrenó en Temporada Alta y acaba de recalar en el Lliure. Es su segunda obra “larga” (es decir, no episódica): la primera fue Cuscús y churros, en sus comienzos, en Cuarta Pared. Sanzol sigue trabajando con escenas muy cortas, pero la estructura es plenamente clásica: planteamiento, nudo, desenlace. Aventura! es una comedia agridulce (más agri que dulce) sobre el “estado de crisis” y los fantasmas que detona. Un mundo que se hunde y la crónica de su desintegración moral. Sí, una “comedia moral”, en el mismo sentido que le daba Rohmer.

Seis socios de una firma indeterminada han decidido vender el negocio a un empresario chino. Crisis general, crisis personal, crisis de la mediana edad. “Estamos en mitad del puente: no podemos dar marcha atrás y nos asusta avanzar”, dice uno de ellos. Son, escribe Sanzol (y es muy buen resumen), “personajes paralizados por el miedo, que acaban haciendo cosas que no harían nunca”. La traducción al catalán, impecable, es de Sergi Belbel. Un universo que ha de resultarle conocido, porque no está muy lejos de Después de la lluvia. En el primer tercio, empapado por un creciente sentimiento de deriva, vamos a conocer las relaciones entre ellos. Dudas, pequeñas conspiraciones, movimientos sin éxito. La venta inminente genera planes de huida: la posibilidad de comenzar una nueva vida. Huidas hacia atrás, hacia la juventud perdida. “¿Últimamente no tenéis la sensación de que bebéis más?”, pregunta Àngels. “Yo me lo tomo como un relajante muscular”, dice Núria. Fantasías campestres. Ligues de dos noches, sin demasiado impulso: la mortuoria excursión al dolmen de Marc y Elisa. Por hacer algo, por no decir que no. Nuria dice: “Necesito creer que todavía puedo sorprenderme a mí misma”. Tranquila, guapa, no tardarás en comprobarlo.

La monda en patinete sería una buena definición, y cuando la vean sabrán por qué lo digo

De Aventura! lo único que no me acaba de convencer es su título: todo lo demás que me lo envuelvan, que me lo llevo. Sanzol ha corrido el riesgo de la sutileza, del avance lateral, del atreverse a huir de lo esperado, y lo esperado parece ser la trepidación sin tregua que parece exigírsele hoy a la comedia. La función es divertidísima, vaya eso por delante, porque Sanzol siempre lo es. La monda en patinete sería una buena definición, y cuando la vean sabrán por qué lo digo. Siguen también, inoxidables, su capacidad para la observación, para la detección de las turbulencias subterráneas: la conversación en Ibiza, cuando advertimos que ellas están dispuestas a lo que sea con tal de seducir al chino, o la escena, brevísima, aparentemente “de transición”, en la que se infiltra una pérdida (la distancia con los hijos) mientras, en la superficie, Marc poda un bonsái.

Escena de 'Aventura!'.
Escena de 'Aventura!'.David Ruano

Aventura! me recuerda mucho a las novelas de los sesenta de García Hortelano. Burgueses en tiempo muerto (verano, preferiblemente), tiempo de espera, mientras el cielo se carga de tormenta. Lasitud, deriva. Parejas que se tambalean. Todo en sordina, sin grandes tragedias. Un poco también el tono de En la ciudad, de Cesc Gay, tan próximo al universo de T de Teatre. Todo juega a la hora de alzar la atmósfera de Aventura! El despacho cinemascópico en vías de desmantelación, ese gran espacio vacío, emblema de las vísperas de cierre, soberbiamente creado por Alejandro Andújar e iluminado por Carlos Lucena, parece evocar la triste fiesta en el hangar de Gene Hackman de La conversación, de Coppola. Por un lado pienso que a la función quizás le iría mejor un escenario más pequeño, pero éste condensa y expresa tan bien la idea central y es tan deslumbrante… Otro riesgo, otro riesgo asumido. Y de nuevo los sesenta, ecos de Mancini en la música que firma Fernando Velázquez, otro cómplice habitual, a caballo entre el lounge lujoso y la comedia de espías, la música de la aventura soñada, idealizada, cosmopolita, cascabelera y esquinada de peligros impalpables.

Es una historia de amor y es un adiós a todo eso; es una reafirmación y es un misterio.

Poco a poco parece instalarse un aire oriental. Llegamos al nudo: la cena. Ahí relumbra el talento de Sanzol para las mutaciones inesperadas. Comienza como un pasaje de Ayckbourn o Reza, un caos creciente, un nudo nervioso, montar y desmontar la mesa, casi slapstick, y ahí llegan el chino Lee y su intérprete, y los dos actores no fuerzan nada, no subrayan nada, esa es la clave del gag, y hasta que un accidente genera un estallido de deseo mudo: muy Kitano, muy Wong Kar Wai, y que me perdonen los que detestan lo que llaman citas (o, peor, “referencias”) y yo llamo y llamaré siempre ecos y puentes. O tradición.

Están eminentes todos los intérpretes, ligeros, graciosísimos, cada vez más maestros, Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Plá, Albert Ribalta, Jordi Rico, pero yo tengo una debilidad reiterada por Àgata Roca, que aquí se sale de gracia, de emoción y de encanto, con un personaje, el de Sandra, que parece escrito a su medida. Hay, vuelvo a lo mismo, algo profundamente sensentino en esa actriz, en esa alquimia constante de levedad y melancolía, algo entre Audrey Hepburn y Catherine Spaak, ese llevar invisibles zapatos de tacón como si caminara descalza por una playa: Mihura le hubiera escrito comedia tras comedia. En el nudo, en la cena, Sandra se convierte en la inesperada protagonista de Aventura!: ese es el regalo oculto de la función. Y mi problema, porque no puedo contar aquí los pormenores del desenlace: ya lo descubrirán. Puedo hablar del espléndido tono de comedia romántica (a Sanzol le bastan seis o siete frases) del diálogo en el aeropuerto. Y de la extraordinaria manera en que va a contarnos cómo los compañeros de Sandra pasan del rechazo a la aceptación de su propuesta, y los pestilentes argumentos que buscan para justificarse. Extrema mixtura de sensaciones: te ríes y te causa un asco indecible, el mismo que provocaba el último viaje de Crésida. Asco por ellos, por los hipócritas, porque el epílogo puede ser condena y puede ser liberación. Para mí es cínico y es romántico, es una historia de amor y es un adiós a todo eso; es una reafirmación y es un misterio. Hay que saber mucho para escribir así. Hay que saber mucho de la vida y de la escritura dramática. Y de la dirección. Solo un ejemplo, quintaesencial: la despedida de Sandra. La acotación del texto dice, simplemente: “Sandra, sola en el escenario. Coloca las sillas en su sitio y recoge un poco las cosas antes de marcharse”. No dice nada de lo que se construye con eso, nada del ritmo, del silencio que se adensa en el escenario y en la platea, de la desolación en la mirada de Àgata Roca, ni de cómo centellean sus ojos un minuto más tarde. Gran, múltiple trabajo.

Aventura! Texto y dirección de Alfredo Sanzol. Intérpretes: Àgata Roca, Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Plá, Albert Ribalta, Jordi Rico. Teatre Lliure. Barcelona. Hasta el 30 de diciembre.

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