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PURO TEATRO

Vuelo, podredumbre y mucha risa

'El Principito', con un purísimo José Luis Gómez, sigue girando con una idea central: no hay niñito mágico de rizos rubios y casaca celeste.

Y Emilio Gutiérrez Caba y Eduard Farelo bordan 'Poder absoluto', thriller político de Roger Peña

Emilio Gutiérrez Caba y Eduard Farelo, en una escena de 'Poder absoluto'.  Ampliar foto
Emilio Gutiérrez Caba y Eduard Farelo, en una escena de 'Poder absoluto'.

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Vuelo nocturno. Sigue volando alto José Luis Gómez (próximos aterrizajes: Gijón, Murcia, Granada, Málaga) en El Principito, espectáculo creado y dirigido por Roberto Ciulli a partir del texto de Saint-Exupéry, y estrenado en La Abadía. Poderosa idea central: no hay niñito mágico de rizos rubios y casaca celeste. Gómez es aquí un Peter Pan desharrapado y alcohólico que viaja hacia la muerte, un hombre que se aleja, el “ser de lejanías” que dijo el filósofo. En la maleta, su ropa y zapatos infantiles. En la cabeza un sombrero con muchas lluvias, en la mano un biberón de Anís del Mono. Hablando de monos y de lejanías: el simio de Informe para una academia miraba hacia un mundo extraño por recién descubierto; el príncipe caído de esta fábula mira hacia un mundo extraño porque se le va, porque ya empieza a no estar en él. Han pasado cuarenta años entre una y otra función, y José Luis Gómez sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos calambres de frío, con el brillo de metales alegres. Pureza en su mirada y pureza en su juego escénico, que tiene mucho de clown de cine mudo y del desvalimiento neorrealista de Antonio Vico en Mi tío Jacinto.

José Luis Gómez sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos calambres de frío

Sobre un viejo telón rojo, una bicicleta con alas, como la de Fifí la Plume: el aeroplano del aviador/narrador, caído en tierra incógnita. Una tiza para dibujar un cordero, el cordero ya en su ataúd, un ataúd en el que cabe un hombre. Juegos para espantar la muerte, pero que una y otra vez desembocan en ella. Circo íntimo, reconcentrado, esencial. En texto y duración: poco más de una hora. Quizás, puestos a ser minimalistas, todavía sobra algo, alguna pincelada que se demora, como el penacho de Casablanca, un tanto gastado por el uso; algún pequeño empantanamiento en los juegos de la pareja. La compañera de juegos de Gómez es Inma Nieto, que ya fue bufón de Lear y confidente de Berenguer, dos reyes caídos: muy adecuada, por tanto, para este viaje. Ella es el aviador, la rosa, el rey, el zorro, la serpiente. A veces recuerdan a Gelsomina y el Poeta; a veces concitan ecos de Lorca (“Esta guerra de los corderos con las flores ¿no es importante?”), y son, un poco, la Gata y el Niño muertos de Así que pasen cinco años. En otros momentos (subrayo: momentos) el registro infantil de ella está un poco forzado, y con esto quiero decir que el alcohol de su pureza tiene menor graduación que el de Gómez: tiene más elementos de composición, de artificio. Pero es muy bello su vuelo en el pasaje del zorro anhelando vínculos, y muy hermosa también la idea (y la resolución) del beso de la serpiente, el dulce veneno de la esfinge que liberará al príncipe de su vieja envoltura, su caparazón mortal, mientras el acordeón toca un alegre réquiem a modo de despedida.

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Peña escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una actualidad rotunda:

En las cloacas. Poder absoluto, recién estrenada en la Villarroel barcelonesa, es el primer texto dramático de Roger Peña Carulla (familia de abolengo teatral), que también firma la dirección. Peña escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una actualidad rotunda: financiación de partidos, comisiones de obras públicas (“nosotros firmamos contratos. Es más higiénico y deja mucho más margen”, dice su protagonista) y, en definitiva, la presunta razón de Estado como justificación de todas las vilezas. Más tarde veremos que la historia, ambientada en Viena en los años noventa, se inspira en el caso Waldheim. Arnold Eastman (Emilio Gutiérrez Caba), veterano conservador austriaco aspirante a la Presidencia, ha convocado en su mansión a Gerhard Bauer (Eduard Farelo), joven tecnócrata, idealista y ambicioso, para encomendarle una misión confidencial. Bauer venera al viejo líder, pero no tarda en comprobar que tras la máscara de líder incorruptible se oculta un cínico abismal, corrupto hasta la médula, y con un terrible secreto. Algunos pasajes del debate inicial se han quedado viejos por la velocidad de la rapiña (“el poder está en manos de los partidos y puede controlar a los mercados”), pero otros tienen una notable concisión conceptual, como la visión de Eastman de la guerra y el tercer mundo, cifrada en este aparente trabalenguas: “Necesitamos su sufrimiento para prosperar, y ellos necesitan nuestra prosperidad para que les ayudemos a aliviar su sufrimiento”. La trama sigue las pautas del duelo psicológico con giro final, entre La huella de Shaffer y Tomar partido, de Ronald Harwood. Muy bien construida y sostenida, atrapa y no suelta de principio a final (75 minutos sin intervalo), aunque con dos pegas: hay personas más adecuadas para cumplir el encargo central que un concejal de urbanismo, y las revelaciones del último tercio resultan un tanto apelotonadas.

Emilio Gutiérrez Caba está soberbio, segurísimo, arrasador, al fin con un papel a su altura, en la línea de su doctor Miranda en La muerte y la doncella, de Ariel Dorfmann: sirve con absoluta viveza y constantes matices un texto brillante, pero que en otras manos podría caer en lo discursivo. Eduard Farelo aguanta el envite (y contraataca) con su poderío habitual, aunque para mi gusto dota al personaje de un nerviosismo y una crispación un poco excesivos: no le hace falta. También hay que destacar la sobria pero atmosférica escenografía de Carles Pujol, esa singular combinación de despacho de madera oscura, añosa, con aires de club inglés, y el sepulcral invernadero con enredaderas y tulipanes.

Me gusta Poder absoluto porque su clasicismo formal, su control de los tempos y los efectos, es sorprendente en una primera obra, y porque tiene las hechuras, tanto en texto como en interpretaciones, de una función de Broadway. Cuenta con todos los mimbres para convertirse en un éxito.

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Sigue la racha. También he visto dos comedias estupendas: Aventura, la nueva obra (en formato standard, pero sin perder de vista el fulgor episódico) de Alfredo Sanzol y las T de Teatro, en el Lliure. El texto, la dirección, la escenografía y las interpretaciones son de orfebrería, destacando una Ágata Roca que se sale de gracia, de emoción y de encanto. Y Smiley, de Guillem Clua, en la Flyhard, un romance gay delicioso y divertidísimo, con dos soberbios actores (Ramon Pujol, Albert Triola) y una impecable dirección del propio autor: he ahí otro triunfo en puertas. Se lo cuento en breve. De momento, vayan reservando entradas.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Director: Roberto Ciulli. Intérpretes: José Luis Gómez e Inma Nieto. Gijón (26 de enero), Murcia (1 de febrero), Granada (2 y 3 de febrero), Málaga (9 y 10 de febrero), Sevilla (15 y 16 de marzo).

Poder absoluto. Guión y dirección de Roger Peña. Intérpretes: Eduard Farelo y Emilio Gutiérrez Caba. La Villarroel. Barcelona. Hasta el 16 de diciembre.Aventura. Texto y dirección de Alfredo Sanzol. Intérpretes: Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Àgata Roca. Teatre Lliure. Barcelona. Hasta el 30 de diciembre.

Smiley. Texto y dirección de Guillem Clua. Intérpretes: Ramon Pujol, Albert Trila. Flyhard, Barcelona. Hasta el 17 de diciembre.

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