Opinión
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Expresividad y melodrama

Lluís Pasqual y Ingo Metzmacher llevan al Teatro Real 'Il prigioniero' y 'Suor angelica' de Dallapiccola y Puccini

Un plano general del montaje de Suor Angelica en el Real
Un plano general del montaje de Suor Angelica en el RealJavier del Real

Tenía, visto a priori, cierto riesgo la asociación en una misma velada de Il prigioniero y Suor Angelica, óperas en un acto de Dallapiccola y Puccini estrenadas en 1949 y 1918 respectivamente. Los tratamientos lingüísticos y expresivos son muy diferentes, por mucho que los compositores sean del mismo país. En la obra de Dallapiccola el discurso musical está al servicio del grito por la libertad. Es una ópera testimonial, militante en cierto modo. Con Puccini el melodrama ilumina la historia sentimental que hay detrás. Los ecos de la tragedia tienen un fondo humanista. Los sentimientos laten a flor de piel. Lluís Pasqual, en los montajes del Teatro Real, utiliza la misma escenografía para ambas. Es un acierto. Las diferentes caras del sufrimiento, del dolor, se muestran en una estética común. Hay una mayor intencionalidad dramática ahora que en la puesta en escena del mismo director para Suor Angelica en 1993 en el teatro de la Zarzuela. Las paredes blancas, la luz elevada de entonces dejan paso a una belleza carcelaria de barrotes de hierro en laberínticos círculos. El cierre en luces de neón es una rúbrica apropiada para la culminación del proceso de desolación y muerte. Al verlas una detrás de otra las dos óperas realimentan sus juegos de sugerencias. Los estímulos se multiplican, especialmente desde el punto de vista reflexivo. Al enfocarse la representación en las antípodas de la cultura del espectáculo, la sobriedad invita a la meditación.

IL PRIGIONIERO / SUOR ANGELICA

De Dallapiccola y Puccini, respectivamente. Dirección musical: Ingo Metzmacher. Dirección escénica: Lluís Pasqual. Con Vito Priante, Donald Kaasch, Deborah Polaski y Veronika Dzhioeva, entre otros. Sinfónica de Madrid, Coro Intermezzo. Teatro Real, 2 de noviembre.

El alma de la representación viene, en cualquier caso, de la dirección musical. Ingo Metzmacher hace un trabajo excelente en Dallapiccola, lo que era de esperar dada su maestría sobradamente mostrada en el también italiano Luigi Nono (su versión de Al gran sole carico d’amore ha sido de lo mejor que se ha escuchado en el Festival de Salzburgo en lo que va de siglo), pero su habilidad dramática se extiende también a Puccini. Su enfoque es por momentos camerístico, incluso delicado, pero está aderezado con pinceladas dramáticas verdaderamente soberbias. Interioriza la partitura y la hace, no sé, más intimista. Es una lectura musical que unifica fuerza y sensibilidad. La Sinfónica de Madrid respondió con precisión, empuje y solvencia a las indicaciones del maestro alemán.

Vito Priante (Il prigionero)
Vito Priante (Il prigionero)Javier del Real

Lo más flojo de la noche fue el apartado vocal, especialmente en la ópera de Puccini. Ni Verónica Dzhioeva en el personaje protagonista, ni Deborah Polaski como la tía princesa, transmitieron una pizca de emoción. No es que sean malas cantantes, pero o no tuvieron su noche o no están en papeles adecuados para ellas. Limitadas tanto vocal como teatralmente no respondieron a las expectativas creadas. (La memoria de Raina Kabaivanska, última Suor Angélica en Madrid, se hizo alargada) El coro del teatro tuvo, por otra parte, una actuación más bien discreta. Afortunadamente, las direcciones musical y escénica salvaron los muebles. En la ópera de Dallapiccola las cosas fueron de otra manera. Deborah Polaski se encontró más a sus anchas, Vito Priante dio una gran solidez a su personaje y, el resto del reparto respondió con eficacia.

En líneas generales, y pese a las limitaciones apuntadas, el programa doble Dallapiccola-Puccini posee atractivo y coherencia. Está pensado con inteligencia, mantiene un sutil equilibrio entre corazón y cabeza en su desarrollo, tiene una dirección musical ejemplar y goza de una puesta en escena con profundidad e ideas, aunque no me atrevería a afirmar, como hace Lluís Pasqual, que “Il prigioniero es Puccini pasado por Ferrán Adriá”. En resumen, ¿es un espectáculo recomendable? Pues sí, sobre todo si se contempla con espíritu abierto y desde un punto de vista preferentemente global.

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