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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Que TVE salve a la reina

Hará unas semanas comentaba The Hollow Crown, la serie de la BBC sobre la Henriada shakesperiana, producida por Sam Mendes, y me preguntaba cuándo se haría aquí algo parecido. Como es moneda corriente poner verde a TVE (y yo el primero), es de justicia cambiar de tercio y hablar hoy de Isabel, porque hacía tiempo que no veía una serie española que me gustara tanto: una ficción histórica bajo el evidente patronazgo del Bardo, con la meticulosidad narrativa y documental de las grandes producciones británicas, con la vivacidad y el sentido de la aventura de Dumas (pienso, por ejemplo, en La reina Margot), y que me devuelve también, hablando de TVE, a los lejanísimos y deliciosos días de las pioneras Diego de Acevedo y El conde de Montecristo.

Hemos visto un centón de series y películas sobre Isabel I de Inglaterra pero sabíamos muy poco sobre la reina española más allá de las evocaciones imperiales de posguerra, y apenas nada de sus primeros años: sorprende que nadie le hubiera hincado el diente a ese fascinante personaje, esa muchacha que en pleno siglo XV se niega a casarse con sucesivos pretendientes y llega al poder apenas cumplida la veintena.

Javier Olivares, director argumental y jefe de guion, y Jordi Frades, director de la serie para la productora Diagonal, están haciendo un trabajo más que notable, empezando por el reparto.

Tenemos aquí espléndidos actores y espléndidos perfiles. Para no convertir esto en un listado interminable, selecciono ocho favoritos: Michelle Jenner, que compone una Isabel pletórica de fuerza y atractivo; Pablo Derqui (Enrique IV), cuyo trabajo pide a gritos que alguien le monte un Ricardo II; Bárbara Lennie, una Juana de Portugal estelar, arrasadora, hollywoodiense; Ramon Madaula (Gonzalo Chacón), un portento de sobriedad y presencia; Ginés García Millán (Juan Pacheco), un villano complejo y matizadísimo; Pedro Casablanc, rotundo y vital como el arzobispo Carrillo de Acuña; William Miller, que imprime una melancólica nobleza al valido Beltrán de la Cueva, y Sergio Peris-Mencheta, un futuro Gran Capitán que parece imaginado por Pérez Reverte.

Hay desajustes, lógicos en un elenco tan extenso: tendencia, en algunos actores jóvenes, a subir algún tono o a desaforarse en las escenas de acción, y más de una mirada telegrafiante entre algunos veteranos.

A ratos se nota el bajo presupuesto, que hace abundar en trucajes digitales no siempre acertados, o escenas, muy aisladas, que quedan cortas de extras, como la de la famosa Farsa de Ávila, cuando los nobles depusieron en efigie a Enrique IV, pero predomina el buen gusto y se saca muchísimo partido a interiores y vestuario. Además de las interpretaciones y la puesta, lo que más me seduce de Isabel es el trabajo de guion, que parte, por lo que vemos, de una documentación exhaustiva y muy bien destilada. Varían las estructuras a cada capítulo, cosa nada frecuente, y el equipo autoral sorprende con ideas interesantísimas y arriesgadas, como la que convierte el tercer episodio en un thriller autoconclusivo y casi brechtiano: a partir de un hecho real (la muerte repentina e inexplicada de Pedro Girón), Pablo Olivares introduce a un personaje anónimo, un vengador que irrumpe en la Gran Historia para, sin saberlo, cambiar su rumbo.

Incomprensiblemente, una serie de esta calidad tardó en estrenarse. Según me dicen, su futuro parecía tan negro que se han destruido buena parte de sus decorados, lo cual condiciona el rodaje de una segunda temporada. Sin embargo, parece que las altas audiencias han sorprendido a la propia cadena y que esa segunda temporada podría ser factible, cosa de la que muchos nos alegraremos. No solo por el placer de seguir disfrutando con un gran relato, sino también porque el lado oscuro de la protagonista tras acceder al trono (la expulsión de judíos y musulmanes, el establecimiento de la Inquisición) incrementaría la tensión dramática y el eco shakesperiano de la serie.