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CRÍTICA: 'SHANGHAI'

La ciudad polvorín

John Cusack y Gong Li, en un fotograma de 'Shanghai'.
John Cusack y Gong Li, en un fotograma de 'Shanghai'.

El convulso Shanghai que, con las cicatrices aún abiertas de la guerra chinojaponesa, se convirtió en caótico polvorín para la comunidad internacional allí instalada tras el ataque a Pearl Harbour ya tuvo una modélica aproximación cinematográfica en la ambiciosa El imperio del sol, de Steven Spielberg, adaptación de la novela autobiográfica de J. G. Ballard. El cineasta de origen sueco Mikael Håfström, que había bañado de sofisticación visual sus aproximaciones al género de terror —con 1408 como joya de su particular corona—, apuesta en Shanghai por mirar algo más atrás: concretamente, en dirección a Casablanca, el clásico que estableció un patrón que se ha reiterado bajo todo tipo de claves genéricas —entre ellas, la ciencia-ficción en la serie Babylon 5 —.

Shanghai

Dirección: Mikael Håfström.
Intérpretes: John Cusack, Gong Li, Franka Potente, David Morse, Chow Yun Fat, Ken Watanabe.
Género: melodrama. EE UU, 2010.
Duración: 101 minutos.

Håfström describe ese Shanghai como cóctel de acción y melodrama poblado de espías, mujeres fatales, amores trágicos y figuras en tránsito, a la búsqueda de un glamour que se le escapa de las manos en su opción estética por el esperanto expresivo de película que se sueña gran producción y no lo es. Hay, no obstante, cierto poder de seducción en la trama articulada por Hossein Amini, guionista de la celebrada Drive, y en el palpable placer de un reparto encantado de enfundarse la piel de unos arquetipos aún eficaces.