69º festival de cine de venecia
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Un retrato inquietante de la fama gratuita y sus miserias

Se presenta 'El hombre de hielo' con un prodigioso Michael Shannon como villano

El actor estadounidense Michael Shannon, en la presentación de 'El hombre de hielo' en la 69ª edición del festival de cine de Venecia
El actor estadounidense Michael Shannon, en la presentación de 'El hombre de hielo' en la 69ª edición del festival de cine de Veneciadaniel dal zennaro (EFE)

Kafka imaginó en La metamorfosis que un hombre aparentemente normal llamado Gregorio Samsa percibía al despertarse una mañana que le ocurría algo tan amenazante como insólito. Sin conocer las razones su cuerpo empezaba a transformarse. Ese calvario surrealista y progresivo terminaría convirtiéndole en un escarabajo. El protagonista de Superstar, dirigida por Xavier Giannoli, es un señor soltero y solitario refugiado en un trabajo rutinario en el que le acompaña mayoritariamente gente con síndrome de Down. Todo en su existencia tiende al anonimato y a lo grisáceo, pero parece estar razonablemente contento con su vida. Este hombre anodino, bueno e invisible para los demás no constatará que le han salido extremidades y se está transformando en un insecto, sino que al viajar en el metro, pasear por la calle, entrar en un supermercado su presencia levanta un grandioso e inexplicable alboroto. La gente quiere fotografiarse con él, le suplican autógrafos, le muestran su admiración y su amor. Estupefacto y aterrado, no puede entender los motivos de esa repentina fama. Se la debe a Internet. Alguien ha colgado su imagen en la Red ejemplificándole como el representante de tantos seres presuntamente banales. Sin que él haya realizado nada trascendente las redes sociales han creado un mito con su persona, hay millones de seres humanos que se sienten identificados con su personalidad y este sufre esa popularidad demencial como un enloquecido martirio. Los fotógrafos y las televisiones le persiguen. Hay una cadena especializada en realities que intentará explotarlo como si fuera una mina de oro, su celebridad atraerá a todo tipo de cuervos mediáticos, publicistas, abogados. Protagonizará debates en televisión tan dadaístas como crueles. También comprobará cómo esas multitudes que le idolatraban empiezan a odiarle y agredirle. Sin comerlo ni beberlo. El pobre desgraciado seguirá sin entender por qué le convirtieron en un fenómeno sociológico ni los motivos de su declive.

La idea de Xavier Giannoli es brillante. También logra que compartas la angustia del ídolo que surgió de la nada y que te inquieten las barbaridades que pueden crear las nuevas tecnologías. Pero a ratos la película no avanza, parece reiterativa. Es mejor el planteamiento que su desarrollo, pero con todas esas limitaciones, deja cierto poso en la memoria y un asco profundo hacia los bastardos mecanismos que utilizan los realities para pillar audiencias.

El actor Michael Shannon es una de las presencias más amenazantes y perturbadoras en el cine de los últimos años. Los espectadores que hayan observado su rostro y su pinta en Revolutionary road, Take shelter o en la magnífica serie de televisión Boardwalk Empire es difícil que olviden a este tipo. No se me ocurre un actor más idóneo para introducirse en la piel y en el cerebro de Richard Kuklinski, un personaje real que trabajó como sicario de la mafia y al que contabilizaron con pruebas más de 200 asesinatos. Sin utilizar bombas ni recurrir a los crímenes múltiples, sino de uno en uno, por encargo casi todos, sin motivos personales. El director israelí Ariel Vromen reconstruye esa personalidad tenebrosa en El hombre de hielo, resaltando la paradoja de que esa máquina de matar también era un padre y esposo ejemplar, alguien preocupado exclusivamente por el bienestar de su amada familia y que logró algo tan raro como mantenerla engañada durante 20 años sobre su verdadera actividad profesional, haciéndoles creer que la prosperidad económica que disfrutaban se debía a sus legítimos negocios. Sobran algunas explicaciones triviales sobre los traumas infantiles con su padre y con su hermano que sufrió el futuro killer, pero el tono realista y sombrío que logra el director te engancha. Y por supuesto, también es imposible distraerte de lo que ocurre en la pantalla cada vez que aparece en ella Michael Shannon, un malo a la altura de los grandes villanos de la historia del cine.

Un hombre que ha ido a hacerse un rutinario chequeo del corazón nota que la desconocida doctora que se lo está haciendo tiene expresión de funeral. Ella le confirma que se siente muy deprimida porque su marido la engaña. Él pone cara de circunstancias. Ella le aclara que la amante de su marido es su esposa. El comienzo de la rusa Izmena es impactante, pero el resto se desliza hacia el disparate, el psicologismo retorcido, la sensación de que no sabe qué hacer en la progresión de su tortuosa historia, un retrato que roza lo grotesco sobre las complicadas relaciones entre hombres y mujeres. Igualmente contiene algunos inconcebibles ataques a la lógica. Se supone que debido a las condiciones climatológicas: observando los guantes, bufandas y abrigos que llevan los personajes esta historia se desarrolla en el gélido invierno ruso. Por lo tanto, aunque al guion le convenga la muerte de los amantes, resulta inverosímil que los cuerpos desnudos de estos se precipiten al vacío porque han decidido no practicar su fogoso coito en la habitación del hotel sino en su terraza. Ni la desmedida audacia que crea la pasión sexual te puede hacer creer que andes haciendo piruetas eróticas sin ropa y a 20 grados bajo cero cuando dispones de techo y cama. No es el único y gratuito disparate que se le ocurre al director Kirill Serebrennikov.

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