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Asesino con galones busca director

Michael Shannon brilla en 'The iceman', una película que respira gracias a su reparto

Michael Shannon, Winona Ryder y Ray Liotta en Venecia
Michael Shannon, Winona Ryder y Ray Liotta en Venecia Getty

Segundo día en Venecia y sensaciones contrapuestas: mientras en sección oficial podía verse Superstar, del director galo Xavier Gannoli, una película de acidez contrastada sobre el triste papel de la televisión en la cuesta abajo sin fin que afrontan los medios de comunicación, fuera de competición se proyectaba The iceman, del debutante Ariel Vromen. Esta ha sido la protagonista del día (con permiso del filme francés) por culpa de un reparto de impresión encabezado por el –últimamente- omnipresente Michael Shannon.

The iceman cuenta la historia (real, con los inconvenientes que siempre tiene que ponerle a una obra de ficción ese cartelito) de Richard Leonard Kuklinsky, un asesino de la mafia, sociópata por más señas, que se hizo celebre por congelar y descuartizar los cadáveres de sus víctimas (más de 100 según la policía) para posteriormente repartirlos por la ciudad y así desconcertar a sus perseguidores. Shannon (una bestia a la que los cinéfilos recordarán por sus papeles en Revolutionary road, Take shelter y la serie Boardwalk empire) clava su papel, como era de esperar: un tipo duro como el adamantio, implacable, un sociópata de manual que acaba dedicándose al oficio de liquidador casi por casualidad. Un actor que es una fuerza de la naturaleza tiene la mitad del trabajo hecho, y Shannon, radioactivo como es acaba contagiando a sus compañeros de reparto, Chris Evans, James Franco, David Schwimmer o un inmenso Ray Liotta, rememorando su época más canalla.

El problema, que es gordo, es la desidia del realizador, Ariel Vromen, que empieza manipulando al espectador con cierto descaro (un flashback vergonzante sobre la infancia del protagonista y la muerte de un vagabundo, ambos pasados por un extraño filtro hiperexplicativo: si el loco es así por algo será) y luego reduce la historia a un común denominador simple que parece más una sucesión de asesinatos grotescos que una película al uso. Es cierto que el filme tiene momentos poderosos (tan largos como el corpachón de Shannon) pero estos residen más en la química entre los actores que en la dirección, reduccionista hasta decir basta. Tanto es así que a uno se le dispara la imaginación al reflexionar sobre lo que hubiera generado tal material en manos de un director con galones y afición al lado oscuro, sea David Fincher, Darren Aronofsky o el propio David Cronenberg.

En manos de un director más bien novato (o no-intervencionista, cada uno puede escoger la definición que mejor le pegue) las peripecias de este sicario imperturbable y la (imposible) dualidad de su condición de marido y esposo con la de asesino despiadado queda diluida en un mar de planos sin alma. La esforzada Winona Ryder hace todo lo que puede para darle a su personaje (la mujer del villano) una entidad propia pero a veces da la impresión de que la trama no la necesita tanto como ella necesita a la trama. Sólo hay un par de escenas (la explosión de furia de Kuklinsky en la cocina; la persecución con las hijas del matrimonio dentro del coche) donde se intuye lo mañosa que puede ser la actriz.

Sin embargo, de la misma manera que un buen guion puede con cualquier cosa, un grupo de actores como los citados es capaz de sobreponerse a los baches de una dirección plana (paradojas del séptimo arte) y convertir un barquichuelo de papel en una lancha a motor. Cierto, The iceman hubiera podido ser un yate de lujo, tenía todas las papeletas para ser redonda y –lo que es más importante- rotunda, pero le falta gasolina y el atrevimiento necesario para no tratar, con insultante insistencia, que el respetable se identifique con el asesino (como si se tratara de un Dexter sin el tono jocoso). El realizador presumía hoy de que uno de sus méritos era haber reducido el grado de oscuridad que Shannon aportaba a la película para hacerla más llevable, más “ligera”: a lo mejor no debería haberlo hecho. Seguramente hablaríamos de un resultado totalmente distinto.

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