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Un laboratorio artístico llamado Sajazarra

Madoz, Fontcuberta y Ballester llenan de arte el pueblo riojano durante un festival celebrado anualmente desde los ochenta

‘La campana de la mora’, obra de Joan Fontcuberta, hecha con fotos de los habitantes de Sajazarra. RAFAEL LAFUENTE
‘La campana de la mora’, obra de Joan Fontcuberta, hecha con fotos de los habitantes de Sajazarra. RAFAEL LAFUENTE

La cita anual de artistas contemporáneos en el pequeño pueblo de Sajazarra, municipio de la Rioja Alta cuyo censo no supera los 150 habitantes, resulta casi obligada para cierta elite de creadores españoles conocidos en el panorama nacional e internacional. De Mateo Maté a Perejaume, desde hace 23 años este pueblecito, que nada tiene de pretencioso más que una iglesia, un castillo, un bar y un centenar de casas de piedra, acoge durante una semana en verano obra de artistas con aspiraciones e inspiraciones rurales. Este año ha sido el turno de los fotógrafos Joan Fontcuberta, José Manuel Ballester y Chema Madoz, cuya llegada revolucionó ayer la tranquilidad a la que el pueblo tiene acostumbrados a sus habitantes.

La entrada de la iglesia y el campanario hacen las veces de sala de exposiciones de los proyectos. Unas 1.800 imágenes conforman los píxeles de La campana de la mora, una inmensa fotografía a base de retratos familiares, paisajes riojanos, reuniones en las bodegas o fiestas religiosas que han sido cuidadosamente impresas por el premio nacional de artesanía, Toni Cumella, con la delicada técnica de fotocerámica. La filosofía de Sajazarra consiste en la cohabitación y colaboración del pueblo con el artista, lo que, tras los dos años de trabajo empleado, aun sorprende a Fontcuberta: “Los vecinos se han volcado con mi proyecto, cada día venían con cajas de zapatos repletas de fotografías en sepia, con álbumes familiares enteros, otros se servían de dispositivos USB para hacérmelas llegar”. El artista llegó a reunir más de 13.000 capturas. Fontcuberta, especialmente interesado en los últimos años por las redes sociales —no solo como fenómeno de las relaciones personales, sino también por la revolución que representan en el intercambio de imágenes— homenajea con esta campana la fotografía “como objeto, como concepto y como instrumento para recordar los momentos felices del pasado”

‘La campana de la mora’ es una inmensa foto a base de retratos familiares

Más allá de las teorías, bajo este proyecto late la inspiración propia del boca-oreja, tan típico de los pueblos. La leyenda de la reina mora Zuleya de la Sajazarra data del siglo XI, cuando la Rioja Alta era territorio limítrofe entre la zona musulmana y la región reconquistada por los cristianos. Los dominios de la mora quedaron aislados, por lo que decidió convertirse al cristianismo. Frente a la negativa de todos los pueblos de la comarca a bautizarla, encontró en Sajazarra el único lugar donde sí le abrieron las puertas. Como agradecimiento, Zuleya hizo ofrenda al pueblo de una gran campana, la campana de la mora, que es para el artista “un símbolo de tolerancia y bienvenida, que en estos momentos de crispación y poco respeto en cuanto a los valores y religiones de la sociedad, hacen mucha falta”.

Frente al impresionante mosaico se contempla en la pared de piedra una puerta de hierro que tiene dibujada en un pentagrama la Sonata per clavicembalo, de Domenico Scarlatti. La obra es la segunda edición de la que se sirvió, en este mismo pueblo, Chema Madoz para tomar una de sus fotografías más emblemáticas. “La música en mi trabajo siempre ha sido muy importante, y el entorno, el efecto de marco que hace el arco alrededor de la partitura, y la idea de que estuviera colocada en un lugar de paso hacia la entrada de la iglesia me gustó”, explica el fotógrafo. Diez años después la única réplica de la escultura vuelve al lugar para donde fue pensada en un primer momento.

Los artistas interactúan con el paisaje y sus habitantes

Los artistas, cuando llegan a Sajazarra, trabajan con el paisaje de la zona, interactúan con él y con sus habitantes. Es como si su estudio se convirtiese en Sajazarra. José Manuel Ballester se interesó por el bosque, los terrenos de secano, las ramas secas que pueden propiciar incendios. Ballester contribuyó para animar a la gente del pueblo para que le ayudase a recoger las ramas, la madera seca, y luego trocearla.

La instalación, en el suelo de la torre del fabuloso campanario, es un conglomerado de las maderas emulando adoquines de colores que provoca el efecto de un suelo en tres dimensiones. Ese suelo ha servido, además como elemento artístico que se añadirá al patrimonio del Sajazarra, para rehabilitar la subida al viejo campanario. “Total, que Ballester limpió el bosque, rehabilitó la escalera y pavimentó el suelo”, explica Carlos Rosales, comisario de la muestra. “Hemos tratado de crear un contexto muy distinto para descubrir y para crear. Esto demuestra que se pueden hacer cosas modestas, pero auténticas, y que están a la altura. Es emocionante ver que hay otras cosas que mueven el arte contemporáneo, que no es el dinero”.