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CRITICA: SILENCIO DE HIELO

Pederastia y sociedad

Fotograma de la película 'Silencio de hielo'. Ampliar foto
Fotograma de la película 'Silencio de hielo'.

Lo vemos demasiadas veces en los periódicos. Simplemente porque ocurre. Una niña desaparecida. Unos padres rotos. Medios de comunicación al acecho. La investigación policial. El cuerpo que aparece (o no). Sin embargo, detrás de todas esas imágenes, convertidas con lamento casi en cliché, hay unos seres humanos. Y a eso aspira la notable película alemana Silencio de hielo, segundo largometraje del por aquí desconocido Baran Bo Odar: no sólo a contar un enigma criminal, un hecho atroz, sino también a entrar en unos personajes. Padres, policías, asesinos. En unas mentes, en unos cuerpos, en toda una sociedad, que huele a locura, que sabe a hedor.

SILENCIO DE HIELO

Dirección: Baran Bo Odar. Intérpretes: Ulrich Thomsen, Wotan Wilke Nohring, Katrin Saas, Burghart Klaussner. Género: drama. Alemania, 2010. Duración: 119 minutos.

Y a fe que lo consigue. Con ese tono de novela policiaca nórdica tan en boga (y de algunas de sus adaptaciones cinematográficas y televisivas), la película es áspera sin necesidad de ser sucia, siendo ambiciosa con un retrato de caracteres muy amplio durante, además, un arco de tiempo de más de 20 años, lo que siempre lleva al dilema de si cambiar de intérpretes o no para visualizar ambas épocas. Bo Odar no lo hace y, a pesar de que los peinados no consiguen rejuvenecer del todo a los dos asesinos, se mantiene la credibilidad por milímetros; es decir, el relato se sostiene simplemente porque la narración es poderosa.

Quizá le sobren unos cuantos ralentís y subrayados, además del incansable lugar común del policía recién jubilado que se empeña en seguir en la investigación, pero lo mejor de Silencio de hielo es una doble reflexión: la primera, sobre la culpa, la redención y la facultad de limpiar (o no) la mente de malos recuerdos; y la segunda, valiente y espantosa, sobre el hecho de que en la pedofilia no haya posibilidad de cierre, aunque el enfermo, convertido o no en criminal pederasta, se parapete entre elementos de normalidad y haga esfuerzos sobrehumanos por liberarse.