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OPINIÓN

Azcona tiene un hijo

Santiago Lorenzo firmó con Mamá es boba (1997) una de las mejores tragicomedias del cine español, en la que un ama de casa se convertía, para espanto de sus hijos, en fugaz estrella televisiva por su inocencia extrema y sus constantes malapropismos. Cuando la vi pensé: “A Azcona le encantaría”. La pasteurización creciente acabó alejando a Lorenzo de las pantallas. Le cortaron las piernas (ojo: figura retórica) pero no las manos, así que se puso a escribir novelas. En 2010 apareció su primer libro, Los millones (Mondo Brutto Ediciones), cuya suculenta premisa era la siguiente: un tipo gana un pastón en la lotería pero no lo puede cobrar porque es del Grapo. Pensé: “Azcona hubiera dado palmas con esta historia”. Acabo de devorar, con creciente entusiasmo, Los huerfanitos, su segunda novela, y ahora ya no tengo dudas: Santiago Lorenzo es hijo de Azcona (ojo: figura retórica). Hijo, sobrino, heredero, ectoplasma transustanciado, lo que quieran: juegan en la misma liga. Leía Los huerfanitos y se me antojaba que tenía portada de Mingote o de Goñi, y que había salido en la editorial Arión. No es el caso, pero como si: ha visto la luz, hará unos meses, en la no menos brava Blackie Books.

Santiago Lorenzo juega en la misma liga que el mítico guionista con su novela ‘Los huerfanitos’

El libro comienza con la muerte de Ausias Susmozas, empresario golfante y padre descastado (la versión castiza de Gene Hackman en Los Tennembaums, de Wes Anderson) que lega a sus tres hijos la inmensa deuda del Pigalle, el teatro donde pasó los mejores años de su vida. Argi, Barto y Crispo, que así se llaman los herederos, no pueden ni verse (de hecho, hace años que no se ven), y odian el teatro tanto como odiaban a su padre. Pero (otro pedazo de premisa) para poder sacar tajada del Pigalle y cobrar una subvención se ven abocados a montar una obra, cosa que no han hecho en su vida. Con los siguientes mimbres: a) la pieza elegida, La vida, es un texto abstruso de un autor alemán desconocido; b) los actores serán un puñado de alcohólicos en rehabilitación que actúan como terapia; c) los técnicos forman parte de la mítica Brigada Guajardo, que velaron sus armas con Ausias, o sea que su media de edad son los setenta años. Mimbre absoluto: no hay un duro (o euro, para el caso). Subcláusula: tanto los guajardistas como los alcohólicos como los tres hermanos se instalan a vivir en el Pigalle. Tragicomedia española, espanolísima. Tragi porque suceden cosas muy tristes y tremendas; comedia porque te ríes a cada párrafo; españolísima por picaresca y quijotesca, y porque en tu película mental (serie, mejor) les pones a los personajes los rostros de López Vázquez, Landa, Segura, Javivi, Pepón Nieto, Eduardo Antuña, la Machi, el ciento y la madre. Quijotesca, he dicho, porque Los huerfanitos tiene una moral y una épica, la épica del salir adelante con la cabeza bien alta cuando todo, pero es que todo, se pone en contra, y la moral del artesanado, que aquí encarna el portentoso Grupo salvaje de los Guajardistas. Iba leyendo el libro y pensaba: ¿habrá epifanía teatral? La hay, vaya si la hay. En (ojo, spoiler) el magistral capítulo 32, concretamente, y lo de magistral no es figura retórica: ahí se nos hace ver, y cómo, que todo lo que parecían parches, apaños e inmundicia, suma y monta y cobra vida y resplandece. Los huerfanitos es una celebración de la lucha, del empeño, de la risa salvadora, de esa risa, dice Lorenzo, que es “la carraca gozosa de quien tiene la certeza de estar haciendo lo que debe”. Santiago Lorenzo es un escritor de aúpa: la historia está portentosamente tramada, y su prosa es vivísima, ocurrente, llena de sorpresas. ¡Por fin, me dije, un novelista joven que no se disfraza de moderno, que no jura por Foster Wallace o por el último ignoto sino por Valle, por Jardiel, por García Pavón! ¡Por fin una novela que habla, sin poses ni sermones, de la España de ahora, es decir (me temo), de la España de siempre! Los huerfanitos es uno de los libros más brillantes, divertidos y hermosos que han aparecido últimamente. Que corra la voz (ya está corriendo).